El rostro y el resto: el retrato en torno a la experiencia de ver la obra de Luis Gordillo (2ªParte)

by • 28 agosto, 2012 • Exposiciones, Málaga, Museos, PinturaComments (0)1750

Y el resto no es más que uso con su condición de posible documento con su carga literaria, monumento con su carga religiosa, pero, por encima de todo y causa del celo, elemento sólo potencialmente hábil y, por lo tanto, un tesoro por guardar con sumo cuidado por su apariencia (las urracas anclan sus imágenes de arriba, aunque sea sólo puntualizar autónomamente un resto en la panoplia pendiente por organizar). El resto es, por naturaleza, fraccionado. Pocas veces nos abalanzamos sobre él con la convicción de que sea un monumento.

La paradoja es tal que sólo en la condición de mero resto podemos conformar nuestro puzzle, construcción a base de elementos similares y distinguidos a posteriori. Ir más allá es sortear la mar océana del sentido histórico. A diferencia del documento y la magia del monumento, el resto es una muestra evidente de existencia a la vez que elemento básico e idéntico a otros en su apariencia, con la sola distinción del sello de su cantero; a esto se limita la distinción (no más allá). En su ir no más allá permite su utilización como material de construcción, permitiendo a la composición la soberbia alegación de su verdad histórica.

Es en base a los restos que se construye la relación con el espejo; el nuestro, pues no otro es real.

Qué es lo que hace que la construcción tenga un cierto sentido se basa en el matiz y lo mismo de que hablábamos al principio y que hace de las obras de Luis Gordillo un algo simpático, psicológicamente hablando. El matiz refiere la carga geográfica (acordémonos del mapa) y temporal (ordenada) del resto. Así pues el matiz toma una ligera variación similar a la variación a que la moda somete nuestra apariencia cada temporada (ordenada, claro está). El matiz es una nota tímida de color, una exposición relativa del color de base, así como un temblor determinante en un trazo de una superficie anecdótica para con todo el espacio del retrato.

Porque el retrato es concéntrico, porque la obsesión mira hacia sí misma, es una forma estrictamente lógica, es que hablamos a la vez de lo mismo. No le permitimos al matiz ser más allá. Porque el matiz es sólo la apariencia ordenada en el tiempo, la constatación científica de su pasado por el mundo. Lo mismo a mí en lo que todo mi ser expuesto será y fue (pues no es posible que el presente sea sino su acción limitada a lo transitivo del acumular), y lo mismo a otros en todo lo que de ellos he acumulado en cada momento. Pues es posible que los rostros no sean más que yo en crisis (cuestionado a la hora de la nominación del documento, a la hora de desear concederle una máscara). Y lo mismo conlleva, por fin, no ir más allá de una carta cromática de temporada. De modo que también es sensacionalmente concéntrico, en tanto que los colores recuerdan con evidencia su filiación con el otro de al lado.

A fin de cuentas, la existencia del retrato, la existencia de yo mismo, y, por extensión, de mi ejercicio artístico, es un rizo, no es más que la representación de un vuelo de distintos encontrados que tiende a volar al mismo destino.

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