Entrevista a Rafael Hernández

by • 16 octubre, 2017 • Artist Interviews, EntrevistasComments (0)530


Rafael Hernández (Aubervilliers (París), Francia, 1962). Vive y trabaja en Campo de Mirra. Licenciado en Bellas Artes (1991) y Máster en Producción artística (2012) por la Universidad Politécnica de Valencia. Tres décadas de práctica artística contemporánea sirviéndose de la pintura, el dibujo, la intervención gráfico plástica. Coherencia iconográfica y formal. Pintura expandida.

 Rafael Hernández -


PAC – Tu obra invita al público al análisis y al sentimiento. Es el espectador quien debe construir la obra. Eres más partidario de la libre interpretación. Al servirte de tu reflexión, de lo esquemático, de lo simbólico, la retórica, lo onírico, lo biográfico, ¿no crees necesaria una cierta orientación?

Rafael Hernández – Incluso en la literatura -la más descriptiva de las artes-, un avezado lector es un colaborador del escritor, que acompaña el trascurrir de la narración, se detiene en los tiempos y lugares, siente las emociones de los personajes, lo interpreta todo y construye imágenes de la novela a través de las palabras del autor… haciendo de esta vivencia su propia narración.

En general, mi trabajo es ambiguo y en ocasiones polisémico. Está abierto a la interpretación. Más cuando este se desarrolla en el espacio de la sala de exposiciones, como una intervención que se expande por las paredes rodeando al visitante, incluyéndolo en la obra. Y es él, el espectador, el que decide enfocar y fragmentar su mirada para observar, uniendo después las partes para construir una totalidad mucho mayor.

La única guía posible para el espectador -en mi caso- es el título, que propongo como un juego de palabras e intenciones. Como posible camino de ambigüedades e ironías, que desea vivir al amparo de alguna pequeña verdad, pero que finalmente se retrae para que nos concentremos en la contemplación de la obra, que se abre al espectador después de un tiempo -nada que ver con la aceleración y el consumo de imágenes actual- hablamos de un territorio lento; el del dibujo y la pintura.

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PAC – ¿No crees que esa libertad sea también, un poco, lo que da miedo al espectador no avezado en el arte actual? Al deber proyectarse y definirse en su interpretación. A tener que participar más explícitamente.

Rafael Hernández – Estoy completamente de acuerdo contigo, aunque entiendo la parálisis que provoca en el espectador la libertad interpretativa, porque cuesta mucho gestionar una libertad sin límites, incluso para los autores. Imagino el sentimiento de pérdida y desamparo momentáneo que sufriría Kandinsky hace ya más de un siglo, cuando se dio cuenta de que a su pintura le sobraba el tema, su siguiente pregunta sería: ¿cómo, de qué manera puedo sustituir el tema? Y el vértigo se apoderaría de él, para después de sus investigaciones abrir una puerta liberadora para la pintura. Ahora le entregamos esa maravillosa conquista abstracta al espectador para que abra la puerta y penetre en la obra, como bien dices: “debe proyectarse y participar” ser valiente y construir su obra.

PAC – Hablas de la dificultad de interpretar tu propia obra, incluso llegas a planificar estrategias para liberar lo que se esconde.

Rafael Hernández – Verdaderamrente descubro de qué trata la obra en su totalidad, meses e incluso años después de realizar el trabajo, porque los proyectos no acaban sino que se transforman y amplían con nuevas obras e ideas.

«Estrategias para liberar algo que se esconde» fue mi primera intervención en Alicante, en la sala de exposiciones del Club Información en 2007. Las razones en las que se basa el enunciado de la propuesta consistían en una búsqueda a partir de dibujos automáticos que, sumergidos en mi inconsciente como una red de pesca, atrapan algo que se esconde. Todo este material era rigurosamente analizado, para después componer la obra. Se trataba de ordenar el caos, o darle carta de naturaleza, o encontrar algo que antes no estaba allí. Luego llegaban los cuadros de gran formato     -comodines-. Esta intervención me llevó varias semanas de trabajo. Durante ese tiempo de convivencia en, y con el espacio -jornadas completas hasta altas horas de la madrugada-, las paredes decidían que estrategias eran las adecuadas para cada lugar de la sala. Los directivos del periódico pasaban por allí para llegar a las oficinas, no sabían nada, y vieron sorprendidos la evolución del trabajo sintiéndose parte del proceso de la obra, y José María Perea que apoyo mi trabajo desde el principio, acabó ilusionándose con este proyecto, creo que fue una experiencia transformadora para todos, comenzando por el espacio.

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PAC – U
t pictura poesis, que dijo Horacio, es decir, “la pintura como la poesía”, o “la poesía como la pintura” que probablemente se inspirara en “la poesía es pintura que habla y la pintura poesía muda” de Simónides de Ceos. Siempre intentado equiparar la pintura a las grandes artes, al considerarla una artesanía. ¿Crees necesaria esta defensa hoy día?

Rafael Hernández – Fue admirable y decisivo el trabajo de equiparación que estos hombres realizaron para colocar la pintura y la escultura dentro de las grandes artes inmateriales alejadas de la mímesis, separando lo ideal de lo real, una división que desde el neoplatonismo renacentista llega hasta nuestros días revistiendo al artista de intelectual y filósofo, alejando su arte de la manufactura y acercándolo a la idea.

El arte del siglo XX-XXI no pertenece a los oficios artísticos. No existen los gremios sino el mercado del arte. El artista actual no es un artesano que destaca realizando un trabajo manual con más acierto que otro, sino que ni siquiera tiene que realizar él la obra, la puede encargar a un tercero -este podría ser el sentido artesanal actual-.

Ahora, el antiguo taller del maestro se ha transformado, a través de -la factoría- de Andy Warhol, en un ejemplo para Jeff Koons. Un lugar de producción artística organizado, como los talleres de pintores gremiales, en donde cada operario es un especialista que cumple su función utilizando la tecnología informática para después pintar a mano y reproducir en gran tamaño la imagen creada por el artista, o reproducir mecánicamente esculturas que después se pintan y pulen para reflejar un mundo luminoso, el del consumo. Este prototipo de artista realiza un arte útil, diseñado para ser consumido por el mercado.

Realmente, de lo único que necesitaría defenderse la pintura, en la actualidad, es del gran mercado de la especulación, que la ha convertido en un valor de cambio destinado a cotizar en bolsa. Una nueva función que ha devorado a todas las demás. Digo esto, aún a sabiendas de que si la pintura no asumiese esta función, quizá ya habría desaparecido.

Aunque sigo pensando que el arte tiene la gran responsabilidad de ser inútil. Prefiero el taller situado arriba de mi vida familiar, alejado del mundo y cercano a la naturaleza, de la que ya no formamos parte, en donde escribir, dibujar y pintar, por ejemplo: sobre mi padre.

 Rafael Hernández -


PAC – Suele definirse tu trabajo como oscilante entre el dibujo y la pintura. La historia de la pintura está plagada de esa tensión ¿Ves esa divisoria? ¿O es una cuestión retórica?

Rafael Hernández – Yo llegué hasta el dibujo por reducción desde la pintura. Fue un camino en el que me despoje de todos los agentes plásticos, excepto de la línea, para alejarme del mundo sensible. Estaba buscando un espacio mental. Años después el color hizo su aparición, rellenando los planos delimitados por el dibujo y comencé a establecer diálogos entre unos y otros. Posteriormente todo aumento de tamaño y fue a parar a los muros. El resto ya es de dominio público.

PAC – Has afirmado que el arte debe ser terapéutico.

Rafael Hernández – Exactamente yo no he afirmado que el arte debe ser, sino que creo que puede ser terapéutico y en muchos casos se obtienen grandes resultados, a mí me ayuda a vivir, aunque me plantea preguntas que no necesariamente debo de responder, pero que tengo que transitar…esta es la realidad que deseo.

PAC – Planteas tu pintura como una investigación lingüística y terapéutica.

Rafael Hernández – Este es el enunciado de la exposición que realicé en la Casa Bardín en 2013, en donde la comisaria, Isabel Tejeda, unió mis investigaciones sobre el lenguaje (poesía visual) con el -y resumo sus palabras- vacío producido por la desmemoria de la figura materna y la necesidad de una contextualización literaria que cerrara heridas con mi padre.

Mis primeras investigaciones lingüísticas datan de 1993, año en el que expuse en el nacional de grabado convocado por la Calcografía Nacional y la Academia de San Fernando, en Madrid, la obra fue un gofrado titulado “la palabra fosilizada”, una escritura en un braille desfuncionalizado, que años más tarde daría lugar a trabajos de poesía visual. Un trabajo que todavía mantengo, en paralelo, con toda mi actividad artística y que curiosamente enlaza con la idea de escritura incluida en mi obra actual.

 Rafael Hernández

PAC – En esa línea, homenajeaste la ausencia de tus padres. Oscar Wilde afirmaba que donde hay dolor es sagrado. ¿Fue más bien una liberación personal o establecer ese espacio personal para lo sacro?

Rafael Hernández – Regresar, desde la ausencia de mis padres a su retrato, supuso hacer visible mi infancia, un iceberg que mostraba sus rostros sobre el agua, y un enorme resto hundido en mi desmemoria, desentrañarlo fue mi trabajo. Durante un tiempo, ni siquiera conseguía dibujar. Me paré como un reloj biológico encallado. Pasaba los días columpiándome en un aterciopelado vaivén emocional que estaba acabando conmigo. Pero ahora, la cuerda floja está en otro lugar. El problema se ha transformado, y aunque sigue siendo muy complejo, he aprendido a tocarlo desde el presente.

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PAC – Llevas tiempo sin exponer ¿Qué proyectos llevas entre manos ahora?

Rafael Hernández – El proyecto en el que estoy trabajando desde hace algunos años consistirá en una intervención grafico-plástica, una pintura expandida. Desde el enunciado deseo mencionar a mi amigo Pablo Lau, que vivió en la oscuridad sus últimos años y del que he tomado prestada esta terrible circunstancia. Este proyecto plantea desde el título «El pintor ciego» una negación, una imposibilidad, una sinrazón, estamos contrariando las capacidades de una actividad, el pintor debe arrojar luz a nuestras despistadas miradas, pero cómo podrá conseguirlo si es incapaz de ver. El problema ya no consiste en iluminar bien, con grandes y potentes focos el objeto de su deseo, sino que deseo y objeto carecen ya de sentido alguno, y permanecen desenfocados obligando al pintor a vagar perdido en una densa oscuridad; la ceguera. Quizá esté ciego de tanto mirar. Este es un posicionamiento entre lo privado y lo público, entre el interior y el exterior, entre el inconsciente y la conciencia, un trabajo, el del PINTOR CIEGO, que nos muestra: sus incapacidades, sus obsesiones, sus miedos, su desmemoria y, el desasosiego que hallamos ante lo que observamos. Porque vivimos instalados en el vacío que nos provoca el mirar y no ser capaces de ver, y medimos la calidad de las obras artísticas según la intensidad y cualidad de los diferentes conflictos que nos provocan.



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