HENRI CARTIER-BRESSON en la Fundación Mapfre

by • 28 junio, 2014 • Exposiciones, Fotografía, Fundación, MadridComments (0)1739


Del 28 de junio al 7 de septiembre de 2014. Sala Recoletos – Fundación Mapfre, Madrid

No todo es Pop Art este verano en Madrid, la Sala Recoletos de la Fundación Mapfre se convierte en espacio de visita imprescindible gracias a su exposición dedicada al fotógrafo Henri Cartier-Bresson, testigo clave de lo ocurrido en la historia del siglo XX. Primera retrospectiva que se le dedica en Europa desde el fallecimiento del artista.

Martine Franck, París, Francia, 1967 Gelatina de plata, copia de época Colección Eric et Louise Franck, Londres © Henri Cartier-Bresson/Magnum Photos, cortesía Fundación Henri Cartier-Bresson Foto : Philippe Migeat/ Centre Pompidou

La exposición hace un recorrido por más de los sesenta años de trayectoria del artista, a través de 500 piezas entre las que encontramos fotografías, dibujos, cuadros, películas y documentos. La exposición se articula en tres ejes principales: el periodo comprendido entre 1926 y 1935, marcado por su relación con el movimiento surrealista, sus inicios fotográficos y sus grandes viajes por el mundo. Un segundo eje que está dedicado al compromiso político de Henri Cartier-Bresson desde su regreso de los Estados Unidos en 1936 hasta que volvió a Nueva York en 1946. La tercera secuencia arranca con la creación de la agencia Magnum Photos en 1947, y se extiende hasta principios de la década de 1970, momento en que el autor dejó de realizar fotorreportajes.

A continuación os adjuntamos una descripción del recorrido por las salas de la muestra:

Preámbulo:
Cartier-Bresson escribe: «Siempre he sentido pasión por la pintura. Cuando era niño, pintaba los jueves y los domingos, y el resto de los días soñaba con pintar». Empieza a dibujar a una edad temprana, adornando sus cartas con pequeños dibujos y llenando cuadernos de bocetos. También en esa época le toma afición a la fotografía. Desde mediados de la década de 1920 pinta con regularidad junto a Jacques Émile Blanche o Jean Cottenet, antes de incorporarse a la academia de André Lhote. Sus cuadros más antiguos conservados datan de 1924 y muestran una evidente influencia de Paul Cézanne. En el taller de André Lhote, el joven Cartier-Bresson adquiere conocimientos de geometría: los lienzos que pinta entre 1926 y 1928 poseen una esmerada composición, con arreglo a los principios del número áureo. Al mismo tiempo empieza a relacionarse con los surrealistas y a realizar collages al estilo de su amigo Max Ernst.

Signos ascendentes
La obra fotográfica de Henri Cartier-Bresson es el resultado de la combinación de múltiples factores: cierta predisposición artística, la tenacidad en el aprendizaje, el ambiente de la época, sus aspiraciones personales y sus magníficas relaciones. La producción del autor se inicia en la década de 1920, caracterizada por esa doble vertiente de pintura y fotografía practicadas como afición; luego se va desarrollando y asentando en algunos hitos a lo largo del tiempo, como su viaje a África de 1930-1931. En todos sus trabajos se refleja su amor por el arte, las horas empleadas en leer o en contemplar cuadros en los museos, la marca profunda de las enseñanzas de André Lhote y la relación con sus amistades norteamericanas: Julien Levy, Caresse y Harry Crosby, Gretchen y Peter Powel. Junto al primero de ellos, Cartier-Bresson se inicia en las artes de la composición, y en compañía de los segundos descubre las fotografías de Eugène Atget y las de la corriente de la Nueva Visión. El primer Cartier-Bresson aglutina en su obra estas influencias tan diversas.

La atracción del surrealismo
En casa de Jacques-Émile Blanche, Cartier-Bresson conoce a René Crevel, por él que empieza a frecuentar los círculos surrealistas, alrededor de 1926. «Demasiado tímido y joven para tomar la palabra», como contará más tarde, asiste «desde el último rincón de la mesa» a algunas reuniones organizadas en torno a André Breton en los cafés de la place Blanche. De esos contactos conservará algunos motivos emblemáticos del imaginario surrealista: objetos empaquetados, cuerpos deformes, personajes durmiendo con los ojos cerrados, etc. Pero lo que de verdad le dejará marcado es la actitud surrealista: el espíritu subversivo, el gusto por el juego, el espacio cedido al subconsciente, el placer del deambular urbano, y una cierta predisposición a abrazar el azar. Cartier-Bresson será especialmente sensible a los principios de la belleza convulsiva enunciados por Breton, y no dejará de llevarlos a la práctica a lo largo de la década de 1930. Desde ese punto de vista, no cabe duda de que es uno de los fotógrafos más genuinamente surrealistas de su generación.


El compromiso de la militancia política
Al igual que la mayoría de sus amigos surrealistas, Cartier-Bresson comparte muchas de las posturas comunistas en política: el anticolonialismo, el compromiso con los republicanos españoles y la profunda convicción de que es necesario «cambiar la vida». Tras los violentos tumultos organizados en París por las ligas de extrema derecha en 1934, que en aquel momento se percibieron como un riesgo de extensión a Francia del auge del fascismo europeo, su compromiso se hace más tangible, y firma muchas octavillas en pro de la «llamada a la lucha» y la «unidad de acción» de las fuerzas de izquierdas. Durante sus viajes a México y Estados Unidos, en 1934-1935, la mayoría de las personas con las que se relaciona asiduamente están muy involucradas en la lucha revolucionaria. A su regreso a París en 1936, Cartier-Bresson se ha radicalizado: participa con regularidad en las actividades de la Asociación de Escritores y Artistas Revolucionarios (AEAR), y empieza a trabajar para la prensa comunista.

El cine y la guerra
Cartier-Bresson decía que el cine le había «enseñado a ver». En el transcurso de su viaje por México, en 1934, surgen los primeros indicios de su deseo de realizar películas él mismo. El cine le interesa en el contexto de su propio compromiso político, ya que resulta ser un medio capaz de llegar a una audiencia mucho más amplia que la fotografía y que, por su estructura narrativa, le permitiría transmitir mejor su mensaje. En 1935 aprende en los Estados Unidos los rudimentos de la cámara en una cooperativa de documentalistas muy influidos por las ideas, tanto políticas como estéticas, soviéticas y reunidos en torno a Paul Strand bajo la denominación de «Nykino», contracción de las iniciales de «Nueva York» y de la palabra «cine» en ruso. Con ellos realiza su primer cortometraje. Cuando regresa a París en 1936, tras haber intentado sin éxito que lo contrataran como asistente –primero probó con Georg Wilhelm Pabst y luego con Luis Buñuel-, establece una colaboración con Jean Renoir que durará hasta el inicio de la Segunda Guerra Mundial.

La elección del reportaje gráfico
En febrero de 1947 Cartier-Bresson inaugura su primera gran retrospectiva institucional en el Museo de Arte Moderno (MOMA) de Nueva York. Meses más tarde, junto con Robert Capa, David Seymour, George Rodger y William Vandivert, funda la agencia Magnum, que se convertirá rápidamente en una de las referencias mundiales en materia de reportajes gráficos de calidad. Tras su exposición en el MOMA, Cartier- Bresson pudo decidirse por ser únicamente artista, pero prefirió convertirse plenamente en reportero al comprometerse con la aventura que representaba Magnum. Desde 1947, y hasta principios de la década de 1970, se multiplicaron sus viajes y reportajes por todos los rincones del mundo, trabajando para la práctica totalidad de las grandes revistas ilustradas internacionales. A pesar de las obligaciones del mundo periodístico, la estrechez de los plazos del sistema mediático y las contingencias inherentes a los encargos de prensa, Cartier-Bresson conseguirá mantener un altísimo grado de calidad en su producción fotográfica durante su etapa como reportero.

Antropología visual
Cartier-Bresson no dejó de simultanear la realización de sus reportajes con la fotografía de ciertos temas recurrentes a lo largo de los años y en todos los países que visitó. Realizadas al margen de sus reportajes, o de una manera completamente autónoma, estas series de imágenes que plantean interrogantes sobre algunas de las grandes cuestiones de la sociedad de la segunda mitad del siglo XX tienen el valor de auténticas investigaciones. No están hechas por encargo, ni subordinadas a la urgencia que impone la prensa, pero sí son mucho más ambiciosas que gran parte de los reportajes. Estas investigaciones temáticas y transversales que el propio autor describe como «una combinación de reportaje, filosofía y análisis (social, psicológico y de otras índoles)» se asemejan a la antropología visual, esa forma de conocimiento de lo humano en la que las herramientas de grabación analógica desempeñan un papel esencial. Al respecto, Cartier-Bresson decía: «Soy visual […] Observo, observo y observo. Yo comprendo con los ojos».

Después de la fotografía
Desde la década de 1970, Cartier-Bresson, que ya supera los sesenta años, va dejando paulatinamente de aceptar encargos de reportajes, es decir, de fotografiar respondiendo a unas indicaciones marcadas. Además, considera que Magnum se está alejando cada día más del espíritu que motivó su creación, por lo que se retira de los asuntos de la agencia. Su fama internacional no ha dejado de aumentar, lo que lo ha convertido en una leyenda viva. Pasa mucho tiempo supervisando la organización de sus archivos, la venta de sus revelados y la realización de libros y exposiciones. Aunque oficialmente ha dejado de fotografiar, siempre tiene su Leica al alcance de la mano y, ocasionalmente, realiza imágenes más contemplativas. Pero sobre todo acude mucho a museos y exposiciones y pasa la mayor parte del tiempo dibujando.

La muestra está realizada por el Centre Pompidou de París en colaboración con la Fundación Mapfre y con la participación de la Fondation Henri Cartier-Bresson.

* Créditos de las fotografías: © Henri Cartier-Bresson / Magnum Photos, cortesía Fundación Henri Cartier-Bresson.



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