EL COLOR: viajes de ida y vuelta

by • 11 septiembre, 2017 • Sin categoría • Comments (0)699


Dieciocho colores para un ensayo de Paloma Gámez en el Centro Guerrero (Granada)

José Guerrero es, por excelencia, el pintor de las masas de color. Series como Cerillas o Fosforescencias, aunque especialmente los lienzos que pintó en los años ochenta, suponen un genial ejemplo de lo que es la pintura aérea, una pintura que parece flotar sobre la tela y el espacio, dominada cada vez más por la experiencia del color emancipándose de la forma. Quizá por ello el diálogo con la artista jiennense Paloma Gámez (1964) resultaba pertinente y necesario. Dieciocho colores para un ensayo es el proyecto expositivo que Gámez ha presentado en el Centro Guerrero dentro del ciclo de exposiciones La Colección del Centro vista por los artistas, que pone a dialogar a autores en activo con las obras del mítico pintor granadino.

El trabajo de Paloma siempre se ha caracterizado por ser una investigación constante sobre el color a través de distintas técnicas y formatos. Esta exposición es una buena muestra de ello, un viaje de ida y vuelta constante que parte de la pintura para adentrarse en la escultura, de la escultura nos conduce a la instalación, de la instalación vuelve a la pintura… La artista se ha adueñado por completo del Centro Guerrero para generar un relato de múltiples facetas experimentales que se  referencian unas a otras con un leitmotiv omnipresente: el color.

Paloma Gámez

La exposición abre con 84.084 MILILITROS DE COLOR, una instalación conformada por dieciocho bloques de pintura solidificada y cuyas mezclas se corresponden, no solo con los dieciocho colores que Guerrero utilizó en los cuadros seleccionados para esta exposición, sino también con el volumen de pintura proporcional a la superficie que ocupan los colores en estas obras. La artista establece, por un lado, un análisis de la cantidad y las medidas del material pictórico, un ejercicio de precisión numérica más cercano a las matemáticas, y por otro, un juego narrativo que hace referencia a lo que encontraremos en la siguiente sala. Ese planteamiento artístico que se sitúa entre lo puramente científico y la potencia evocadora de la duda, la expectativa e incluso el azar, es un rasgo característico de la obra de Paloma Gámez. De hecho, la instalación genera una imagen irreal muy poética: parece como si la pintura de la primera planta se hubiera derretido y condensado en el suelo de la misma, cayendo gota a gota en la planta baja y generando esta sencilla pero interesante instalación.

Cuando subimos las escaleras hacia la primera planta descubrimos ese espíritu totalizador narrativo del proyecto. Incluso en los lugares de paso (las escaleras, los rellanos, los espacios de lectura, etc.), la artista ha introducido pequeñas intervenciones geométricas, cuadrados de color, que funcionan como puentes o piezas de paso entre una sala y otra, y que mantienen la tensión del relato expositivo haciendo alusión a esos dieciocho colores que Guerrero empleó en las pinturas seleccionadas. En la primera sala descubrimos, precisamente, la clave de la exposición: la selección de obras de Guerrero, compuesta por 10 pinturas del granadino, 5 de gran formato y 5 de formato pequeño, que la artista, gran conocedora del centro y la colección, ha elegido por ser magníficos estudios de color. Debemos tener en cuenta que aunque Guerrero formó parte del movimiento artístico norteamericano por excelencia, el expresionismo abstracto, y en sus primeras obras existía una preocupación evidente por lo gestual, en su última etapa como pintor desplegó con especial brillantez su capacidad para trabajar con las masas de color, y en esta exposición tenemos algunos ejemplos de ello, Oferta con rojo (1988) o Verde de sapén (1990), entre otras. Pintura, pintura, pintura. Paloma ha rescatado aquí el espíritu más colorista de Guerrero, llevando a cabo un trabajo curatorial que construye la sala expositiva como un espacio para el diálogo entre los colores de las obras.

De la labor pictórica más clásica, a la instalación; del protagonismo del pintor al del espectador. Esta es la transición que se establece entre la primera y la segunda planta. En 420.367 segundos de color la artista se apropia de la sala expositiva para generar un enviroment lumínico, una atmósfera colorista creada por dos proyectores que nos vuelven a remitir a los colores de Guerrero. La experimentación del color adquiere aquí connotaciones sensoriales, de experiencia y relación con el ambiente, invitándonos a transitar el espacio y a dejarnos llevar por la sensaciones que cada color nos transmite, pero también es, como apuntaba anteriormente, un estudio apegado a lo científico, pues los vídeos consisten en una sucesión de planos de color cuya duración es la magnitud proporcional a las dimensiones que ocupan los colores en las obras de Guerrero, es decir, Paloma ha transformado esos dieciocho colores en rayos lumínicos emitidos por el proyector, y lo que antes eran centímetros cuadrados, ahora son segundos. Como podemos observar, esos dieciocho colores de Guerrero, motivo absoluto de la exposición, son una especie de número áureo que la artista reformula desde distintos lenguajes y ámbitos.

Paloma Gámez

El último “cara a cara” que se establece en esta exposición se produce en la planta mirador, y es un juego entre el paisaje exterior y el interior. Paloma genera una instalación de planchas translúcidas coloreadas, de aspecto vítreo que están suspendidas del techo. Siguiendo con la dinámica formal establecida, también la superficie de éstas tiene una relación proporcional con la superficie que ocupa cada color en los lienzos de Guerrero, aunque quizá lo más interesante aquí sea el modo en que éstas interaccionan con el paisaje patrimonial de la Capilla Real, pues a través de las planchas coloreadas el espectador percibe las cresterías isabelinas del citado conjunto patrimonial desde una perspectiva insólita. Esta especie de vidriera contemporánea conecta no solo lo de fuera con lo de dentro, sino también el pasado gótico de la Capilla Real con la contemporaneidad de Guerrero y, por supuesto, con la arquitectura sobria y mínimal de Antonio Jiménez Torrecillas.

¿Por qué deberían visitar esta exposición? Porque la capacidad de Paloma Gámez para generar conversaciones, conexiones y paralelismos es excepcional, superando con creces la propuesta que el Centro le había lanzado en un principio. Esta exposición no es solo un diálogo entre Gámez y Guerrero, sino un coloquio sorprendente entre la abstracción y el arte concreto, entre los diversos formatos del arte (la pintura, la escultura, la instalación…), e incluso, las diferentes etapas histórico artísticas que dejaron su huella en nuestra ciudad. Los numerosos puentes que Paloma despliega ante nosotros no tienen meta ni finalidad, no conducen a ningún lugar concreto, simplemente son una vía de comunicación entre distintos agentes, un viaje de ida y vuelta infinito.

Artista: Paloma Gámez
Fechas: Hasta 17 de septiembre de 2017
Lugar: Centro José Guerrero, Granada



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