Adrián Socorro, entre lefa y solfa

by • 3 octubre, 2022 • Crítica de arteComments (0)589

A Leyla, con el permiso de Carpentier, y porque me la saca…la letra.

Un día le propuse sexo a mi novia luego de excitarme con la idea a la que me llevó una provocación pictórica de Adrián Socorro. Era el relato de una masturbación, más bien su final, donde una persona lamía los senos a su amante mientras le inducía un squirt. La imagen era idílica, inquieta, demasiado atrevida. Tanto, que mi erección no esperó y el desenfreno obligaba a intentar recrear la obra. El resto debería ser contado por las sábanas empapadas y los vecinos.

Adrián Socorro. Las damas decentes no abusan del rojo. Pastel y acrílico sobre lienzo.

Antes, solo había experimentado tal impulso con obras cinematográficas como LOVE (2015) de Gaspar Noé y THE DREAMERS (2003) de Bernardo Bertolucci, por todos sus episodios desbordados; como también con FAKE, novela de Alberto Garrandés, la que me soltaba — y no salía — en el mítico y lezamiano «cuadrado de las delicias». No existen límites para la hermosura al consumar el placer. Como no hay censura que manche el alborozo de un gemido o la fricción de pieles incendiando el deseo. No hay forma de sustraerle la poesía al sexo y su pulsión de vida. Así, luego de mi encuentro con narrativas de deleite, no hago más que humedecer mis labios, relamiéndome la imaginación.

Adrián Socorro. DANCE. Óleo, pastel, acrílico y carboncillo sobre lienzo.

Por su parte, Adrián Socorro es un pervertido. Léase no desde el sentido peyorativo y vulgar de la palabra, sino desde la osadía con que representa las humedades, la lascivia y el morbo. Halla en la contemplación su acción de hondura, en tanto explora del cuerpo sus deleites y descontrola lo libidinoso con manchas de óleo en las telas.

Adrián Socorro. El negocio del amor. Óleo, pastel, acrílico y carboncillo sobre lienzo

Diestra es la mano que sepa asumir el libertinaje al que se somete el deseo, sea ya para desdoblarlo o representarlo. La de Adrián, conjuga la permanencia de la imagen con lo efímero de los procesos y desata de frivolidades su semiótica, entrelazada por significaciones de la vida, con Eros y Tánatos subyugando esencialmente en lo carnal. Adrián se sabe un hedonista, pero su trazo a la brutalidad de la imagen descoloca ese marco reductor, así comparte la constante erótica con lo grotesco, donde varias de sus escenas horrorizan la mirada. El sexo entre los desmembramientos, los cuerpos inertes, la sangre o las decapitaciones, se ejecuta desde una narrativa sádica; aunque el adjetivo queda aquí, escueto e ingenuo. La pulsión histérica que obliga a estas representaciones va empapada de la fenomenología contextual que abraza a Socorro. Un artista cubano, embriagado en deseos, existiendo entre la hostilidad de la Isla y el deslumbramiento de su carne, no puede exponer otros demonios que no sean sexualmente espeluznantes toda vez apetecibles.

Adrián Socorro. B52, El trago más caliente. Pastel, óleo y acrílico sobre lienzo.

Su estética patológica sitúa la narrativa como una suerte de interpelación morbosa, incitadora al escape a través del placer. La ruptura de arquetipos sexuales presupone un rejuego de experimentos con los que somete al espectador, donde ninguna escena, por más distante que se halle de su realidad, le es indiferente; todas estimulan las pulsiones genitales, como lo puede hacer una caricia tentadora o el roce de pelvis y pechos. No hay desidia en su trabajo, solo una maquinaria adictiva y sensual, desinteresada de cualquier testimonio estático que afee su propuesta de profundidad oceánica que comienza en lienzo para concluir en eyaculaciones y orgasmos, o en la contemplación de estos, como un tercer ojo que cuaja su deslumbre viendo como otros se entrelazan y gimen.

Adrián Socorro. Selfie para Bad Bunny. Óleo, pastel, acrílico y carboncillo sobre lienzo.

Particularmente lo entiendo. Me encanta saber del goce ajeno, lo asumo como mío, me realza. Me enciende la intención voyeur de palpar con la vista las intimidades que vienen como mías pero no lo son a la vez. En esa incidencia contemplativa crece el caudal estilístico de Socorro, donde ser espectador es la mayor propuesta de deleite y la mirada hace más que el hambre genital. Así presenta lo rojo, como la vulva y las aréolas de una mujer que con las extremidades desparramas reclama la penetración de un falo de glande también rojo y henchido. O el blanco que dejó de ser pintura para nacer linfa y orgasmos en el discurrir de las telas. O el negro, como el vello de las amantes que frotan sus sexos mientras se chupan los dedos y las tetas en una orgía inefable. O el timbre matizado de una persona a quien le gotea semen del pene mientras lo unta en sus senos.

Adrián Socorro. Algo no me queda claro. Óleo, pastel, acrílico y carboncillo sobre lienzo.

Socorro no sabe de estigmas ni límites, por eso su obra explora el homoerotismo, la sexualidad trans, las orgías, la masturbación, el sexo escatológico, el sadomasoquismo, ningún tema le es ajeno ni extraño, él sabe el deseo como el punto en común de cada ser, y lo presenta en su obra sin tabúes, simplemente deja que brote, que fluya, que estimule. Coqueteando tales estímulos con el desmembramiento de intenciones, donde se resignifica el sexo. ¿Qué harían dos amantes hirviendo si no tuvieran condón, por ejemplo? ¿Resignarse? Hay más variantes que la penetración, incluso algunas que la trascienden. Donde se lucen los dedos y la boca estimulando cada arista corpórea, cada zona erógena, cada milímetro. Y entre nalgadas, chupones, apretones y espasmos lograr que broten los fluidos que luego recogerá la lengua. ¿O qué sería de la actividad sexual de un cuerpo menstruante durante su ciclo? ¿Nula? Sería una lástima. En estas fechas se adquiere doble sensibilidad, se hinchan lugares harto apetecibles, mientras crece la atracción por ver las pieles embelesadas en linfa y sangre. Adrián sabe lo que pinta, lo que comunica. Su deber es hacer tiritar cualquier sesgo redundante y arcaico, cualquier tabú sobre el humano y sus placeres carnales.

Adrián Socorro. Lo mejor está por venir. Óleo, pastel, acrílico y carboncillo sobre lienzo.

Asimismo, la volátil paleta de Socorro, desarticula cualquier estatismo pictórico que le contamine, como la potencia en los tránsitos del color al no-color mimetizan las dinámicas propias de nuestra especie como entes en constante fluctuación. De ahí parte su desenfadado discursivo, donde discurre polisémico entre flores y deidades, espejos o cuerpos desnudos que se devoran. Trastoca jardines en bestiarios y estos en escenas del porno gore más exquisito. Socorro es un osado, quien masturbándose la mirada con sus escenas, intenta fundir el sello de su arte con un lenguaje universal, donde el sexo, experiencia cotidiana de la gente, seduce desde la imagen.

Adrián Socorro. Dúo dinámico a pistón. Carboncillo y acrílico sobre lienzo.

La máxima de este ciclo radica esencialmente en desmontar cada lectura cerrada que empañe la plenitud de las personas. El reto de moralidad que imponen los rancios preceptos sociales que aún persisten, laceran y rasgan ciertas libertades. Por ello, las contradicciones existenciales y morales son una plaza recurrente en Adrián, quien las brinda a través de situaciones y fetiches que tientan sus necesidades más urgentes toda vez padecen en sí y en su entorno. La desatanización de lo adictivamente placentero es quizás la mayor pretensión de este artista, que solo crea a imagen y semejanza de su ethos personal y contextual.

Adrián Socorro. Pensar en ti. Pastel, óleo y acrílico sobre lienzo.

Estamos en tiempos de desbordes, tiempos histriónicos en los cuales se descree lo dogmático. Adrián Socorro los eterniza; y entre felaciones volcánicas que erizan lo descriptible, tentaciones sodomitas de correa y arnés, discursos epitélicos pronunciados entre besos y derrames blanquecinos y orgásmicos, se nos presenta su obra como una apoteosis hedonista/sexual, como un medio de transgresión y disenso, como una manera atrevida y bella de sustentarnos.

<<Singa, que la vida es pinga>>, dice un dicharacho cubano.

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