Ana Maya. Huellas-Herencias

by • 14 marzo, 2011 • Alicante, Centros de arte, Elche, ExposicionesComments (0)2257

Del 10 de marzo al 17 de abril de 2011. Antigua Capilla de la Orden Tercera Franciscana. Elche (Alicante)

Ana Maya (Sevilla, 1980) es licenciada en Bellas Artes por la Universidad Miguel Hernández de Elche y Técnico Superior de Artes Aplicadas a la Escultura por la Escuela Superior de Arte y Diseño de Sevilla. Realiza su primera exposición en una Muestra de Arte Joven, realizada en la Sala de Exposiciones Gran Capitán de Granada. Y la última, Sin conservantes añadidos en la Fundación Frax de Alfàs del Pi.

Ana Maya nos presenta en Huellas-Herencias un proyecto en el que expone, a través de un trabajo gráfico y escultórico, un análisis personal sobre la herencia emocional y cultural del entramado familiar. En la escultura, utiliza el alabastro, el mármol y la cerámica blanca sin esmaltar para realizar piezas que reproducen, a escala real, un microcosmos de objetos ligados al mundo del cuidado, de lo maternal, de lo infantil. Objetos cotidianos como un carrete de hilo, una labor de ganchillo sin terminar, un peine, unos zapatitos de niña…, son despojados de su función para reclamar su esencia.

Este trabajo es un ejercicio en el que se analiza y se hace un archivo de algunos de los objetos que conforman parte del imaginario cultural de la artista. Las huellas, copias o reproducciones de estos objetos, constituyen una manera de paralizar los recuerdos, detener la memoria y hacerlos perdurar en el tiempo, con un sentido testimonial y de documento social.

Las huellas aparecen ante nuestros ojos con la delicadeza de una minuciosidad que permanece en la retina, en la memoria. Es también un análisis de los pequeños e importantes detalles, de cómo nada pasa o debe pasar desapercibido ante los ojos de su autora y, por lo tanto, ante nuestra mirada. La herencia que tenemos en nuestras manos en la edad adulta, ésa es la que reclama toda la atención. Nos obliga a reconocer ciertas influencias. La vida actual es consecuencia de un camino ya recorrido.

El proceso escultórico se convierte en un acto litúrgico, en un proceso parecido al desempolvado meticuloso de las piezas y fósiles de un yacimiento arqueológico, fuera pues de su contexto cotidiano. En este sentido, Giorgio De Chirico, en 1927, describe como el simple cambio de contexto es susceptible de provocar una violencia inesperada en la sensibilidad estética. Los objetos cotidianos se ven como extraños, ajenos, distanciados: están allí, pero nos recuerdan lo que no está allí, los objetos “se nos aparecen entonces bajo una nueva luz; están revestidos de una extraña soledad; una gran intimidad nace entre ellos…un inmenso y extraño gozo se desprende de este bendito y silencioso islote contra el que en vano arremeterían las rugientes olas de un océano desatado”.

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