Carlos Tárdez y las guerrilas de resina (1ªParte)

by • 11 junio, 2012 • EsculturaComments (0)3397

Que el pasado es un conocimiento vivo que se hace en y para el presente es todo un hecho consumado. En caso de representarlo de forma ilustrativa no tendríamos más que recuperar una iconografía tan asentada como la de la serpiente y la manzana que tanto recuerda al mundo cristiano su culpa primera, dada, como el pasado, a cada paso que da un fiel en el mundo acumulado del presente. Pero en nuestro caso la manzana sería, personificadísima, el propio sujeto que vive y vive estrangulado con eléctrica simpatía a la altura del córtex visual.

Imagínense la manzana con su gusano en el film de Tim Burton, hecha mundo en sí, señora entregada de una pequeña familia de personajes. El árbol, puestos a mutar su reflexión primera y realista, del que penden serpiente y manzana y que no nos debe faltar, más bien sea un árbol de la sabiduría, para seguir reproduciendo recursos tradicionales. Lo que nos intriga a los espectadores siempre es la forma, esa serpiente hermosa y falsaria que nos seduce y nos acompaña siempre que salimos de la cueva o nos quitamos la venda de la justicia (nunca la llevó). La broma, como la serpiente, es una broma pesada que se pone en escena, hace presente en esta era tragicómica, toda vez que hemos sucumbido a su seducción y hemos interpretado como nuestro su discurso.

Porque la forma es la base de la propaganda hecha pública, pero propaganda en tanto que chisme que se propaga, la serpiente no es más que el mayor objeto de deseo en el “homo visus”. O el discurso que hay detrás y que se maquilla, porque es coqueto, con el traicionero color con que enmascara su eventual payasada, menoscabando la integridad y verdad del mismo, poniendo sus pies en la tierra empolvada de caliza, rozando con la yema de los dedos el frío territorio que representa la más visceral y escondida, la anti-virtud por antonomasia.

Al contrario que en aquella edad de oro o de plata en que se ha convertido la antigüedad clásica, esta puesta en escena desde el ser humano, este que hemos descrito como “visus”, la puesta en escena se fragua como un traicionero “logoi spermatikoi”, discurso de la verdad que se pretende seminal a toda la masa poblacional, o demonio, en el sentido de la tradición cristianizada, en tanto que nos aterra, nos asusta o nos seduce engañoso con la sorpresa de una satisfactoria volición que se va a consumar. Daimon en el que permanece su propia historia etimológica. A toda vista, hoy, moral, le saldrían a este demonio alas de murciélago en contraposición a la más buena y elitista de las alas del imperio, de la monarquía o la oligarquía, cuernos retorcidos de arriesgada cabra montesa, con el pánico que hay que tenerle al riesgo, y el rabo de un toro que preña.

Edulcorado, sólo nos faltarían Alicia y un espejo. Aunque preferiríamos insertar en la narración un inocente mono que juega con las tazas y los platos, haya o no haya café.

Pero aquí el daimon es una estructura semántica maleable, íntimamente ligado como está al logos, tan “devorador de muertos” como el tiempo y la conciencia, pues insufla de verbo a todo lo callado. Y a la vez que semántica, plástica. Lenguajes hay muchos y variados.

En este desorden de cosas, jardín de las Delicias, con la susurrada presencia de simpatizantes tantos, la obra de un autor de entre la multitud del mercado artístico nos llena los pulmones de aire fresco o perfume, tan atractivo el uno como el otro, dada la escasa presencia de ambos, si acaso no por la luminosidad de su sorpresa (en absoluto) sea por las evidentes muestras de vida que permeabilidad un vistazo a su trabajo y el recuerdo consiguiente. Todo un triunfo en el mercado. Y, encima, las más de las veces, ignorando la evidente presencia de Goliat menoscabando la astucia de la tímida masa, reducidas al tamaño habitual al que el gran público, convertido en grande por su gran capacidad de engullir, por su gran actitud de “gallinear” su existencia, consume menos efímeramente los datos del presente. Pequeñas, tanto como una anécdota sedimentando en la memoria. Paradójica, tanto como la absurda sencillez de un hecho que se consuma sin el sentido previsible. Tan barroca como antes.

Carlos Tárdez es un clásico, lo cual, hoy, tanto como ayer, es un rasgo original y un alto grado de calidad artística [ … ]

Post Relacionado

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *