Carlos Tárdez y las guerrilas de resina (2ªParte)

by • 12 junio, 2012 • EsculturaComments (0)2893

[ … ] Y clásico no consiste en responder versallescamente a composiciones triangulares, sino más bien en tratar con los objetos que nos van a circundar según la imberbe relación de pregunta y respuesta: un diálogo en toda regla. El discurso se levanta convirtiendo a aquel que hace caso al mito en un taumaturgo, sobre la lógica deconstrucción del mismo, artista que imaginando levanta la mansión de “su mundo”, sea por juego, y/o la mansión de sus creencias de arenisca, como las tormentas, sea entonces religión.

El devenir, entonces, de estas esculturas, convertidas las apariencias en el recurso comunicativo del chamán por excelencia, desemboca en la mera intelectualidad, rosa en medio del desierto que florece con una sola gota de lluvia. No desemboca, como prescribían consecuentemente la programática de las galerías del Soho, en el ensimismamiento propio del “boom inmobiliario” del minimalista, tan de moda enajenador de voluntades plásticas hasta los salones del mundo moderno, sino más bien en una poética de la narración las extrañas asociaciones de esta materia oracular.

Este es Carlos Tárdez a través del espejo, traídas de tan cerca sus esculturas. Juego, como me gusta decir, en estado puro más allá de todo dedo acusador; dadaísmo con el cierto hálito de la lejanía en que lo enmarca este pasado estampado en el presente. Sólo le echaríamos en falta el penitencial sombrero frustrado de un zuriqués. Superación de todo ensimismamiento de la visión y la narración absorta de un bes-seller contemporáneo en una revancha reflexiva.

El lenguaje de las esculturas de Tárdez se estrella literalmente de cabeza con el acrílico, vuelca el mundo para indagar curioso en él. Todo un rapto de la actualidad. El lenguaje es un mítico guerrillero entonces (terrorista sería más acertado si no fuera por el dedo acusador). Hace añicos el presente con el sencillo retrato de lo objetivo presente. Arremete con sus dedos indagadores de una mano y con la nostalgia señalada, de otra, como si se tratara de un santo indeciso ante la juerga ubuesca del existir. Se enreda con ella, aunque, por el bien de su acto de presencia, le cuelgue el culo al aire.

Es por eso que la mayoría de sus obras son fósiles. Porque el sí de Tárdez es una transición, básicamente la acción pura de mirar y reflexionar.

En Tárdez, como en otros, el hecho del arte se convierte en una futura situación inesperada que está por venir; un retrato, por lo tanto, más fidedigno de lo que está por venir que los propios objetos “consumo” sobre los que diserta la resina “enchaquetada”. La vocación de esta reflexión no es otra que el momento decisivo, la fotografía del punto álgido en el que la figura, nosotros telespectadores, decidimos basta ya, basta de tanta resina roja inundando de lágrimas, decidimos volcar la escalera para construir una continuación al camino. O, sencillamente, nos volvemos a ser niños, arrepentidos de cuán lejos hemos llegado de nuestro corazón.

Cada camino, en Tárdez, como en la vida retratada, tiene un discurso novísimo que se presenta con el mismo acto de caminar. Hagamos mundo entonces.

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