El Yo ante la pureza y el símbolo (🙂). Los emoticonos de Irving M. Rodríguez Pérez

by • 20 marzo, 2023 • Crítica de arteComments (0)745

La Habana, algún día de mi vida; aunque perfectamente pudieran ser todos.

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Mediante la presente comunico la desconexión entre lo humano y lo puro. No hay engaño más fatuo que la pureza, ni descaro más vulgar que pretenderla (😒). Si algo genuino tenemos, al menos los pobres, los de abajo, los que no sabemos sobre la decencia, es nuestra imperfección, nuestras manchas, nuestra sociedad intrínseca —quise decir suciedad, perdón—, nuestra propia mierda (💩). La saboreada frente al espejo en tanto frotamos los ojos contra el asco que nos provocamos. La pureza no significa más que la vida, por eso estamos vivos y sin deseos de ser puros (🙄).

© Irving M. Rodríguez Pérez

Esto puede ser poesía, pero no hablaré de poetas. De los poetas no se habla, por los poetas se sufre y cuando más al medio apuntas más se estremecen las lágrimas (😩). Los poetas no tienen las virtudes de la vida, entonces ¿seremos nosotros poetas? La virtud de la pureza, amasó el silencio, tanto la carne que hizo tiritar el látigo, dejándonos aquí, con el cuero ardiendo, desnudos, llenos de mugre y sangre, asqueados de la pureza (🤢). 

La reivindicación del artista a su imagen es un leitmotiv desesperado dentro de la historia de las artes. Son emblemáticos los autorretratos de El Greco, Goya, Van Gogh, Rembrandt, Picasso o Freud. Incluso los desafiantes y pseudo-indecentes que se conjuró Basquiat, y los patológicos y viscerales de Schiele son reflejo de esa impresión narcisista o de autocomplacencia y sufrimiento que tantos propusieron en sus narrativas (🥺). Lo traigo a colación ya que este es un texto sobre expresiones y autorretratos, lecturas personales de un artista impuro. ¿Un poeta (🤔)?

© Irving M. Rodríguez Pérez

El culto a lo hallado frente al espejo o las nociones de asimilación propia son figurativamente un método de reacción ante las estandarizaciones de la imagen, o simplemente un regodeo de formas prestas a involucrarse entre sí y para el mundo, como un escindido símbolo de resistencia estética.

Hay símbolos rituales que trasiegan al verso del ardid a lo marchito, otros que consagran la soltura de un momento y la maña de la excusa que también es un símbolo. Hay tantos, que se pudiera escrutar en cada imagen que se llevan los ojos y encontrar la algarabía, el llanto, el todo, la revelación, los matices de una realidad interpretada a través de símbolos (🧐). 

Símbolo son las palabras, los gestos, las grietas de una pared. Símbolo es la lluvia fina y cerrada que anuncia el advenimiento del breve invierno en el trópico. Símbolo es la ceniza en el piso y lo amarillo en las hojas. Símbolo es el ser, o la idea del ser, al que imitamos y ofrendamos devoción, y símbolo es también ese cualquier elemento al que atribuyamos lo alusivo a cierta condición: nuestra imagen, nuestra esencia.

Vivimos en la extraña omnipresencia de la simbolización, la que nos construye y arraiga a los estigmas (😕). Todos trotamos al filo del símbolo, cada quien con los suyos reinterpreta el ajeno, demostrando la apertura interpeladora con que condicionamos nuestro entender del entorno y de nosotros mismos (😉). 

© Irving M. Rodríguez Pérez

Venerar, adorar o reverenciar, son infinitivos que autentican la labor jerarquizadora a la que estamos expuestos. Innumerables maneras de pretender un culto redefinen la conciencia del individuo y la sociedad. Fórmulas dispares en el modo en que se asume la existencia o la vida. 

Por mi parte, creía de niño que ética y estética convergían en el punto manso donde el mármol que abriga las sienes afinaba su canto (🤧). Pero sé ahora que el puro mármol no sirve de alabastro a la idea del creador en la noción de su tríada perfecta, sino condiciona la marcha de su acción creativa (😱). Ya reconozco dónde el punto que aviva los ojos, deja de ser el mismo que sube el pálpito del beso que define al artista; y sé también que el mármol común perece ante el doliente ensayo del bardo, quien altanero en su porfía, impone su mutismo (😑). Entre estética y bardos mudos se resumen nuestras pretensiones, tanta pureza nos empaña el espejo y nos cristaliza el aliento (🥶).

De esta forma un amplísimo porcentaje de la historia la matiza nuestro afán por establecer estructuras simbólicas y construcciones, semejanzas entre nosotros y algo que solo hallamos en la persistencia de imágenes producto de nuestro hacer (😶). Así el intento por recrear las reinterpretaciones de nuestra cotidiana simbología, describe la pretensión por restructurar cauces de percepción, una alegoría a ese símbolo que pretendemos ser: uno de cambio y deconstrucción propia, nacido desde intentos por (des)hacer al símbolo (🤡).

© Irving M. Rodríguez Pérez

Desde su serie Emoticonos, Irving Michel Rodríguez Pérez insinúa el nexo entre la acción creadora y la superestructura del símbolo, o la necesidad humana de consagrar su fe a deidades hechas a su imagen y semejanza que emergen como una suerte de reclamo entre corazonadas internas y reflejos en las ventanillas de los carros (😲). Entona y desafía con su rostro, desde el selfie, desde la expresión sostenida (🤨). Brinda su ánima, su espíritu y su condición a través de la mirada, ingenua y sin prejuicios, en tanto adoniza y sabe como significante al trabajo del hacer sentencioso e individualmente coherente (😌). Hay quien se debe a lo infinito y hay quien se debe a sí mismo, y en ese acto de devoción se estructura la imagen: de ahí surge el discurso que pretende esta serie, la que sangra su paradoja estableciendo nuevas jerarquías y símbolos (🤐). 

Irving avanza entre sectores expresivos circunscritos a la sed de tránsitos emocionales (😵). En tanto pendulan significantes que magnifican su sello. Así se mancha de óleo las telas y el rostro, toda vez construye un corpus estético servil a sus escarceos internos, ya que él trabaja de sí para sí, mediante códigos persecutores de una impronta inenarrable, ungida desde un imaginario que solo logra relatar en arte (🥵) .

© Irving M. Rodríguez Pérez

La traducción de ideogramas al lienzo, luego de ser totalmente humanizados, representa el mayor atrevimiento de esta serie (😎). Decenas de rostros miran, juzgan, se burlan, se deshilan. Todos producto del jugueteo emocional de su hacedor frente al selfie (😗). Estos narran las diferentes facetas anímicas de un sujeto creativo en pleno proceso de catarsis, donde la reelaboración conceptual que pudieran brindar los emojis del teclado del móvil cobran una dimensión diferente en tanto a modo figurativo como a estructuración formal (🤯). Así logra Irving contener un repositorio de expresiones propias, irrepetibles e irreductiblemente suyas.

Esta simbología, harto contemporánea, resuelta en códigos muy recientes — más aún analizado desde la situación cubana — sintetiza un lenguaje asequible desde la virtualidad, toda vez logra potabilizar la comunicación de cuestiones inefables como el orden emocional (😃). En tanto, al ser extrapolada y escrita desde lo fáctico/tangible, se redimensiona, situándose en un plano de asimilación pragmática, más explícita, donde el diálogo no se establece desde la situación de lejanía que ofrece la virtualidad y la universalidad de los emojis, sino desde el intercambio con un sujeto físico — aunque abiótico — individual (🤓).

© Irving M. Rodríguez Pérez

Así el símbolo varía su concepto, ya que involucra, en este caso, las especificidades de un sujeto creativo, quien plasma en su obra los estados emocionales que es capaz de autopercibirse e inmortalizar, para posteriormente representar en lienzo (🤩). Aquí tenemos una triple representación de la emoción y todo un proceso: percibirla, exteriorizarla a través de la expresión facial, capturarla en foto, poetizarla y pintarla. 

Irving es alguien de sueño y futuro, solo concreta las determinantes que lo inquietan y hostigan (😊). Por tanto nunca falseará algún elemento que forme parte de su identidad creativa y artística, pues estaría flagelando su propia concepción de sí, desdibujando sus sentidos y esencia, desconociendo al tipo frente al espejo (😖). De esta forma, deconstruye el dogma del símbolo como elemento de culto, situándolo completamente suyo, moldeable y exclusivo. 

© Irving M. Rodríguez Pérez

Emoticonos es de las provocaciones más interesantes que haya notado en el hacer creativo de la Cuba pospandémica (😷). Sus pretensiones dialogan y cuestionan no solo saberes estéticos, artísticos o creativos, sino también, generacionales, tecnológicos y comunicacionales, con pie en el ardid de saborear, una nueva fórmula en el discurso de sus emociones (🥰).

Dicho lo anterior, ofrece sus cordialidades, (😁)

Raymar Aguado Hernández (😝).

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