Fiero Marte y sus formas plásticas: imágenes del poder a través de la obra de Simon Norfolk

by • 14 enero, 2012 • Almería, Centros de arte, Exposiciones, FotografíaComments (0)1652

En cierto modo, la inflada soledad de los paisajes barrocos, húmedos y tempestuosos las más de las veces, con ese fabuloso y exitoso cielo tan poco mediterráneo, del flamenco Jacob van Ruysdael o las naturalezas muertas, no menos inflamadas por la abundancia del alimento en la naciente sociedad del mercadeo, de su vecino Franz Snyders, con los venados y ocas desparramados como en desordenadas vitrinas, tiene cierto parecido que se convierte en familiaridad con la obra que se expone en el Centro Andaluz de la Fotografía, en Almería, al mismo tiempo y junto con la lección magistral de Robert Frank, de la colección del IVAM este último, perteneciente al fotodocumentalista británico Simon Norfolk, hasta el próximo día 12 de febrero.

Y es que, a parte de que los museos de hoy parezcan catálogos de ansiedad culinaria por el general producto de la cultura de la abundancia obsesiva, momentos distantes como lo son las últimas fábulas de los “burgueses andantes” de la época moderna occidental y la actual contemporaneidad y sus guerras proto-totales, emergen ambas de una misma y carnavalesca entidad social, no por su función en el ámbito social sino por su reacción desenfrenada y tan natural, en su correspondiente entorno de restricción ortodoxa, sea cual sea esta última.

Familiaridad que podemos encontrar en suficientes aspectos de la plástica barroca del área mercantil, que no el de la estricta vanguardia católica para con las clásicas bellas artes de la contemporaneidad. Un cierto “horror vacui” que ya no es estrictamente semántico sino matérico, en cuanto a la composición detallada de cada una de las áreas del espacio plástico. Lo que viene a convertirse en un mapa de relaciones físicas de los elementos línea y color. Un cierto “horror vacui” que supera con su entera descripción la esfera del hombre y lo somete a un circo de variables relaciones semánticas sin querer percatar al espectador de más que de la aislada existencia de ese ser descarriado en la basta composición de la creación. La de Dios y la del aprendiz de taumaturgo. Un cierto “horror vacui” que hace gala de la más ontológica noción de la tragedia, más allá de la herramienta descriptiva de fenómenos culturales o psicológicos; noción de tragedia en la representación de la existencia como historia que se hereda y que se recrea o como pantomima, como teatro con normas sobre los que la percepción construye su mundo. Y tragedia ese mundo que a veces, según los presentes, se impone a sus más humildes actores, por más que estos sean héroes de leyenda el día de mañana.

Todo ello estaba presente en las obras de muchos y variados pintores del barroco europeo y está presente en la obra expuesta de Simon Norfolk en el centro almeriense. Todo un placer a la vista. Su trabajo de placas consigue un cierto pictorialismo en el resultado de su trabajo que podría ser contraindicado para el contenido de su oficio, el de, como ya hemos dicho, fotodocumentalista para muy reputadas publicaciones. Un claro trabajo cromático de la superficie que incita a olvidar en cierto modo ese oficio y lo absorbe para el abstracto de las bellas artes de este siglo XXI. Pero el título de la muestra, tan indispensable y necesariamente redundante en el corto recorrido de la misma, GENOCIDE, LANDSCAPE, MEMORY, con mayúsculas, late a cada vistazo en su favor.

Desparramados por estas vitrinas de la comunicación también, están las víctimas de este eterno genocidio en que se está convirtiendo la Historia reciente, paradoja, de la Humanidad. Y es que los imperios, cada uno en sus trono y época, reclaman para sí, más que el fervor de los fieles, que tampoco es indispensable, la observación detenida y temida de los espectadores coetáneos.

Esta vez el imperio es la aplicación práctica de un perverso humanismo, no el de la interacción con el mundo que nos rodea y del que participamos en la “creación” sino el de la acción sobre el mundo ya creado y en el que nos manifestamos como conscientemente limitados taumaturgos. Andrenio y Critilo se podrían pasear perfectamente por cualquiera de las imágenes de arte fotográficas con la certeza de estar paseando por el desbordado imperio de los Austrias españoles y sus necesarios enemigos. Baltasar Gracián, pues, sentiría cierta cercanía al observar el rastro dejado por Atila en su camino.

Este imperio, en el presente, no está lejos de esa praxis consuetudinaria del Barroco del nacimiento de los grandes estados, hoy tan frágiles, de Europa. El imperio, en el presente, presenta como entonces las armas de la guerra y el botín capturado para ella en forma de tributo, atributo de su naturaleza. Puede resultar una paradoja el que el tributo que en su monólogo el imperio se concede a sí mismo sea bajo la forma de fotodocumentalismo, todo un alarde de prepotencia en el ejercicio de la construcción de la memoria colectiva. Marte tiene su tributo entonces en forma de narcótico; y además, al igual que entonces, tiene desparramados por el campo de guerra la representación de la llamada “acción bélica del hombre”, la otra actividad propia de los dioses con que el hombre lleva siglos retratando su propia historia.

El trauma se convierte en belleza, y la belleza se construye en la contradicción de la representación de cierta miseria. Toda miseria, si cabe, para quien es o ha sido, y sin lugar a dudas será, el actor vivo de este reallity show, el Big Brother que cuida de la exactitud de nuestros actos, prediciéndonos en el interior de nuestra adivinación, con todo lujo en el dibujo de los detalles, los ejercicios de nuestra sumisión. Así pues, el romanticismo era el final lógico.

¿Pero, qué es el imperio en el retrato de la fotografía, tan social ella? ¿Cómo es que hablamos de imperio en la era del documentalismo obsesivo? Imperio, en la imagen, en esa magia que nos revelamos, es la consciente construcción para sí de la recolecta y el disfrute del botín de guerra, en cualquiera de sus formas plásticas: bodegón, pintura de historia, costumbrismo, mito, e incluso mutada pintura de devoción (publicidad hoy día). En este caso, la de la memoria retratada de los campos de batalla sobre los que se levantara el sacrificio para el futuro del gran Napoleón, entre el bodegón de las presas de caza y el paisaje desolado por la valentía del hombre poderoso.

Y no hablemos de alienación.

Simon Norfolk, entonces, en su serie GENOCIDE, LANDSCAPE, MEMORY, en mayúsculas, ha realizado un gran ejercicio de inmersión, de retrato absorvente, en la vida total del imperio. Un imperio que ejercita a través de la imagen el placer de las paradojas de vivir de sus actores, para sí. Es, en fin, la victoria sobre su tiempo, el dominio sobre su mundo: raro es que el imperio no tenga cuerpo alguno que agredir, uvas algunas con las que estrujar la ira de nuestro sufrimiento.

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