Gramática de Resistencia: La voluntad de un crítico que deja huella

by • 22 febrero, 2022 • Crítica de arte, Libro, PresentaciónComments (0)594

Gramática de Resistencia se presenta como un acto de fe en el ejercicio crítico. Nace de la voluntad de decir y de escribir más allá del contrato social de conveniencia, del espíritu acorralado por la desidia y del teatro de la cordialidad. Se estructura en base a dos extensos capítulos, marcados por la recuperación y el reciclaje textual. El primero, bajo el título Interpretaciones, escarceos y lances amatorios, reúne un grupo de textos escritos en el rigor de la pandemia y durante los meses de encierro que resultaron de ella; el segundo, precedido del enunciado Retrato de un crítico, es una suerte de gesto confesional de sus intimidades y escarceos. Se trata de una selección de apuntes críticos y notas delirantes del autor publicados en su cuenta de Instagram. Lo que supone, sin duda alguna, otra forma de ejercitar y de entender la crítica de arte alejada del asentamiento en sus soportes tradicionales y desligada de los principios de jerarquía a los que siempre ha estado sometida. Gramática de Resistencia, señala su autor, disfruta en otorgar naturaleza a la palabra, en cincelar sus perfiles y en ajustar sus advocaciones. Desde sus primeros textos, hasta los que orquestan este nuevo mapa, no ha cambiado en nada su actitud crítica ni su voluntad estilística. Su gramática debe ser entendida, tal cual señala él mismo, como un “acto y un gesto de resistencia”. 

La presentación de Gramática de resistencia, el nuevo libro del crítico, ensayista y curador cubano Andrés Isaac Santana, tendrá lugar el próximo sábado 26 de febrero a las 18:00 horas en La Fábrica. En la presentación, el autor estará acompañado por Taiyana Pimentel (Directora del MARCO / Monterrey / México), Cuauhtémoc Medina (Catedrático de la UNAM Universidad Autónoma de México) y Pablo León de la Barra (Curador adjunto Museo Guggenheim NY).

Sobre la escritura y los libros de Andrés Isaac Santana se ha dicho:

“Andrés Isaac Santana no es, en sentido estricto, un novelista, aunque su escritura ensayística es, en buena medida, un extraordinario cuaderno de bitácora. La clave del desarraigo y de la distancia con respecto al país natal, la lúcida disidencia y la defensa de lo diferente han sido el rasgo constante de un escritor profundamente honesto y con un compromiso expresivo incuestionable. Su obra crítica es un ejemplo de transversalidad y diálogo radical con acontecimientos artísticos complejos y, en muchos casos, institucionalmente marginados. La prosa ensayística asume aquí el derrotero más que la derrota, el pensador cobra conciencia en la metáfora del “barco a la deriva” o en el citado “cascarón al viento”, lo que no supone, ni mucho menos, una entrega a la desazón ni la reinstauración de la ceniza nihilista. El drama y la precariedad son el contexto, socio-histórico y también personal, de la crítica desplegada por Andrés Isaac Santana que se niega a claudicar en su vocación, sabedor de que, como postulara María Zambrano, hay extraños “dones del exilio”. Andrés Isaac Santana despliega su pensamiento con plena conciencia de su dimensión tropológica, defendiendo la experiencia estética como desmantelamiento de lo estereotipado y, por supuesto, como ámbito de placer tanto cuanto de indignación. Su escritura compone una poética de frontera, un ensayismo, en todos los sentidos, que revela el exilio a la par que da manifiesta la rebeldía del sujeto. El ensayo será convulso o no será” Fernando Castro Flórez

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“Andrés Isaac Santana no vive en la Isla hace más de dos décadas y, sin embargo, no ha dejado de vivir en Cuba. Su ausencia física se complementa con su presencia escrita. Su nombre y su voz han fluido, con una identidad poderosa, entre las generaciones de críticos que lo hemos sucedido dentro o fuera del patio. Nosotros, los más infieles, la monumental antología sobre crítica de arte que Isaac Santana pergeñara hace ya varios años, aún mantiene intacto el aura y su indiscutible valor editorial. Como si no bastara con aquella, el crítico firmó poco antes de la pandemia una prodigiosa segunda parte, en la que expande su zapa intelectual hasta lo más emergente del oficio crítico en Cuba.  Por entonces, ya no sucedía nada interesante en materia editorial dentro de Cuba, puesto que todo se concentraba en la profusa circulación de las redes. Andrés, que como ya dije no para de trabajar un segundo, seguía confiando en el valor de las publicaciones digitales, pero no dejaba de deslizar sus impresiones críticas a través de Facebook e Instagram. Esta última, más diva que el resto de las social media, pese a su inconveniente restricción de caracteres, comenzó a hacerse blanco de conjeturas, apuntes al paso y breves reseñas que el crítico iba produciendo en su día a día. Ya sea por el inesperado descubrimiento de un perfil de artista o el mero acercamiento a una poética visual, Andrés ha venido dejando cuenta, escritura mediante, de aquello que le interesa resaltar dentro del panorama contemporáneo de las artes visuales. Y no han sido, únicamente, el arte y los artistas cubanos la excusa para deliberar y extender sus criterios y juicios estéticos. De modo que, tras un dilatado período de escritura sistemática, de haber conciliado una cartografía heterogénea donde todo parece tener espacio, donde no hay sitio para exclusiones ni dudosos privilegios, se impone hacer una debida curaduría de textos, un inventario que resuma cuanto se ha dicho, aquello que ha sido la nota al pie de un argumento mayor, la cita o el guiño a otras escrituras o el rizoma para un ensayo de largo aliento. La letra de Andrés invita. Por medio de estos retratos ocasionales se desliza la sensibilidad y la pasión de un escriba compulsivo, un crítico irremediablemente obsesionado con la lectura de imágenes y gestos relativos a la cultura visual. Andrés ha sostenido una ética del criterio que bien sirve de cátedra e inspiración para quienes intentamos apuntalar el oficio y hacerlo rentable, en tiempos donde casi todo deja la impresión de venirse abajo. En ese sentido, considero que en ningún otro momento de este volumen alcanza su definición mejor eso que debemos entender como la «gramática de resistencia». Ese espacio en el que, Andrés Isaac Santana, el dandy de la crítica de arte, dispensa su erotismo intelectual. Jorge Peré.

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“Andrés Isaac Santana se ha atrevido a mostrar su vulnerabilidad y debilidad como pocos, insistiendo sobre un oficio que oscila entre el escarnio y el poder. Una práctica que se va volviendo obsoleta en una época en la que todo análisis exige medida de sastre, produce ronchas y uno debe encorsetar cualquier pasión. Una época en la que la misma palabra crítica tiene puestos sobre la nuca los ojos del cancel culture. Dave Hickey, el legendario crítico de arte estadounidense que murió el pasado mes de noviembre, en uno de los ensayos reunidos en ese clásico que es Air Guitar: Essays on Art & Democracy (Art Issues Press, 1997), decía que “la gente desprecia a los críticos porque la gente desprecia la debilidad, y la crítica es lo más débil que se puede hacer en términos de escritura”. Según este argumento apasionado, bello y rotundo de Hickey, como cualquiera de los de Andrés Isaac Santana, la crítica “no produce conocimiento, no declara hechos y nunca se sostiene por sí misma. No salva las cosas que amamos (como desearíamos que se salvasen) ni arruina las cosas que odiamos». Andrés escribe desde la pasión o simplemente se seca. Y eso no está mal, la suya es una suerte de hierofanía escrituraria que pulsa el trance, intenta atrapar el mysterium tremendum et fascinans del arte, ese frente al que la humanidad tiembla y se fascina, y esto no se logra desde ninguna tibieza académica. Los textos reunidos en Gramática de resistencia —título que a mí me abate cartografías, llamando a dialogar a Aloïs Riegl con Marta Traba con solo una preposición de por medio, aunque no haga alusión a ninguno de ellos— abren atinadamente con un credo digno de resaltar, en el que el autor explica —algo con lo que me alineo— que la crítica de arte es también un ejercicio creativo, una “arquitectura cómplice” y no una “subsidiaria” de la obra artística, pugnado por una crítica como “facultad interpretativa” y “hecho estético en sí mismo”, y avisando del peligro de quedar atrapados en un “universo autorreferencial”. Con esa advertencia se debe navegar entre estos textos lúcidos y sus escarceos a veces desmesurados, autobiográficos, desfachatados, provocadores siempre, mapeando más que cartografiando, extendiendo una compleja red de nodos con esa voracidad de alcanzar e incluir arácnida, casi enciclopédica, que le ha asistido a la hora de preparar valiosas antologías temáticas y propias.  En el cajón de sastre del crítico hay ensayos extensos y apuntes breves, epístolas y recados, impulso teórico y crítica al paso, guerrillera, hipermediática, gratitud y escándalo. Por eso es natural que las redes sociales, particularmente Instagram, la red visual por antonomasia, se haya convertido en su bitácora o cuaderno de apuntes auxiliar. Pero no solo eso, el laberinto instagramático —y aquí valdría aclarar que, aunque en el idioma español la gramática ha quedado reducida a la lingüística, en otros mantiene aún su visualidad, pudiendo aludir a cualquier sistematización o compendio dentro de un tópico determinado—, ha sido tribuna, laboratorio y trinchera desde donde ha trazado muchas de sus estrategias de resistencia. Abandonado a la dictadura de los algoritmos como si noctambulara por Corfú o Madrid, desde la urgencia peripatética o la anónima comodidad de “la barra de un bar, más bebido que cuerdo, sin suponer, ni por asomo, que ello afecta mi voluntad crítica”, revisa perfiles, ciber(c)husmea, visita estudios virtuales o físicos, para luego sorprender a los artistas —con los que se topa por el azar de la ventana sinfín y los hiperenlaces, o por ese vicio o voluntad de abarcamiento que lo desborda— con sus atendibles valoraciones. En el centenar de cápsulas en Instagram aquí reunidas, que varían desde brevísimas —dos o tres sentencias— hasta varios párrafos, usando un estilo conversacional que se aviene bien a esta práctica no por informal menos rigurosa, su ejercicio crítico se expande. Uno pudiera pensar que las publicaciones en las redes sociales, por su naturaleza volátil y estilo perentorio, cumplen una misión efímera, destinada a disolverse en el éter, mutar quizás, como un semillero de ideas, en textos más ambiciosos, pero este es un medio cuya dinámica favorece al estilo de Andrés Isaac Santana, que puede permitirse flirteos y gravedades sentenciosas desde la comodidad de la primera persona, la voz que predomina incluso en sus ensayos y artículos más extensos, sin que provoque ninguna extrañeza”. Joaquín Badajoz 

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«Andrés Isaac Santana constituye un caso único, excepcional, dentro de la crítica de arte en castellano. La clave de su escritura la ofrece el propio título de este libro: el “exceso”. Según Bataille, lo excedentario es aquello que desborda el sistema, que lo compromete mediante la inserción de una energía que compromete su exigencia de eficiencia. En la actualidad, la literatura artística ha caído fatalmente en el conformismo de la productividad: el crítico se amolda cómodamente al perímetro de un análisis que transita por senderos previsibles y económicamente rentables. Pero, en el caso de Andrés, el “exceso” incorpora un generoso margen de compromiso con el objeto de estudio que amplía vertiginosamente las consecuencias del análisis. La interpretación se realiza fuera de los márgenes del estándar del “juicio eficaz”, ligando conceptos inauditos, no calculados, inyectando estados de ánimos que llevan al escritor a abrasarse con las obras que ha de elucidar. En su caso, la clarividencia no implica una distancia, un rigor, una desafección; la lucidez de sus textos surge, antes bien, de la pérdida de toda precaución y confort vital, para transformarse en parte indiferenciada de la urdimbre de aquello que explora. Andrés escribe desde la propia textura, mediante una escritura háptica que absorbe toda la dimensión conceptual de la obra estudiada en forma de “emociones cognitivas”. Solo el erotismo permite al sujeto conocer la realidad en sus 360 º, logrando la utopía cubista de la imagen total. Y, huelga decirlo, si hay un aspecto que define la escritura excesiva de Andrés Isaac Santana, éste es su capacidad erótica para multiplicar los puntos de vista de su análisis y ofrecer una imagen íntima de su realidad.» Pedro A. Cruz Sánchez

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«Una devoción común me une con Andrés Isaac Santana: Lezama Lima. Como en el autor de Paradiso, veo en la escritura exigente y barroca de Andrés la lucha contra el falso ideal de los instintos, o de aquello que Lezama definió como “lo primario en absoluta pureza: caos de caos, maldición inexpresiva, autodestrucción”. Nada peor para un creador, por tanto, que tratar de mantenerse en ese estad de pensamiento indeciso y caprichoso, allí donde sólo se extiende una tupida red de signos o palabras fáciles, seductores y enfáticos, como monstruos que se despliegan sin pausa en el pentagrama borroso de la subconsciencia. Pero tampoco sería la solución el intelecto puro, una especie de desarrollo del conocimiento dialéctico que busca tan sólo el espejo sin respiro de la identidad. Frente a ello, aprecio en Andrés Isaac Santana la humildad precisa y exigente de la imagen, la fijeza de un ajuste o una forma que permita el desarrollo de una vida despierta. “¿Nos contentaremos – escribe Lezama en “Del aprovechamiento poético”- con hundir las manos en las aguas de la poesía y mostrar el primer pececillo, o ir despertando al separar rumores de nieblas y dominio de impresiones fugaces?” Sin duda, es en este despertar que se sitúa el espíritu, la palabra de Andrés Isaac Santana.” Alberto Ruiz de Samaniego

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«Andrés me pide que escriba unas líneas de preámbulo para su nuevo libro y me pone en un gran aprieto. Y no por falta de ganas de responder a su pedido, ni por falta de amor, que es mucho el que siento por él, sino por cuenta del formidable escollo que representa el hecho de que si los escritores de lengua castellana solo podemos ser quevedianos o gongorinos – como sentenció Borges- ¿cómo puede un quevediano como yo escribir sobre un gongorino como es él? Yo, que me sentí de antemano descalificado para hacerlo cuando leí en el apasionado ensayo que dedicó a África Aycart y a su pintura, que “la mesura, virtud recomendada a los críticos asalariados de la gramática cartesiana, no es un valor que la artista y yo compartimos. En su defecto, nos puede la exageración, la hipérbole barroca, el ademán reactivo frente a la pose organizada y estéril”. Si, lo confieso con todas las letras: soy un asalariado de la gramática cartesiana, un convencido, junto con Borges de que Quevedo no es un escritor sino “una vasta literatura” y que para más vejamen padece cada vez y ante cada frase inconclusa la tortura inerrable de rebuscar en el fondo de mi memoria la mot juste, la palabra justa flaubertiana, que demanda, que exige, el redondeo de la frase. Y mira que he escrito, con desigual fortuna, miles y miles de frases. 

Pero si a pesar de tamaña dificultad me he puesto a escribir lo que estoy escribiendo es no solo por el amor que siento por Andrés Isaac sino porque su prosa lezamiana me deslumbra sin paliativos y porque pienso que es uno de los críticos más agudos e inteligentes entre todos que ahora mismo ejercemos la crítica de arte en España y en América Latina. Y porque ha sido capaz de demostrar su prosa -que a un quevediano le pueda resultar excesiva- en un medio absolutamente privilegiado para el despliegue de las intuiciones más felices y un instrumento muy apropiado para auscultar el corazón palpitante de la obra de arte. Ese cuyo tono y cuyo ritmo les resulta tan esquivo a la gramática cartesiana.» Carlos Jiménez.

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«Creo no había nacido cuando la firma de Andrés Isaac Santana comenzaba a ser un soporte notorio dentro del arte contemporáneo cubano, para poco después — sin yo tener aún autonomía motora ni fluidez en el habla — ostentar fuera del horno textos de peso y vital importancia para la escena. Poesía crítica brota de sus dedos, los que, percutiendo el teclado, logran una suerte de metamorfosis estética en su labor, más romántica, íntima, descarada, acosadora, insinuante; pero sincera y exacta. 

Andrés posee un aura de misterio lleno de acucias pecaminosas y deleites, a su vez que un alma de alusiones le regala la mayor sensibilidad, una que se ha amoldado a fuetazos de la vida. Él se sabe acreedor de la palabra, de la exégesis que reclama este tiempo, asume una misión de retos y sucesiones donde va imantada la algarabía del goce a la responsabilidad histórica de un arte rico pero volátil, por eso carga un ojo fino, una educación del criterio que desglosa las narrativas pictóricas con desbordamientos y sensualidad, pero, sobre todo, con responsabilidad.  Cada texto suyo regala una prosa tectónica, capaz de mover las placas más rígidas de los criterios, autorizada a desestimar o encumbrar, avalada por la trayectoria y la acumulación de experiencias, estudios, construida desde la magnificencia de un saber crítico audaz y comprometido. Andrés es un obrero, un hacedor de una parte importante de la historia futura del arte cubano, un paradigma, para los que, como yo, nos formamos y formaremos bebiendo de la savia nacida de su genio. Andrés se halla engalanado por las cicatrices del exilio, de la lejanía del panorama que ausculta diariamente, de su gente, del sitio que lo bautizó como crítico. Careciendo esto de la inflexión en su obra, que ondea enhiesta, sagaz, previendo constantemente por lo consonante de la espiritualidad, sabiendo su postura y su actuar crítico como un honrado acto de total resistencia.

Andrés Isaac Santana “El Dandy”, como le nombra el también crítico cubano Jorge Peré, no cabe en otra época más que en esta, la cual conoce y saborea llena de zarabandas, colores, parafernalias, carnavales, yoísmo excesivo, falacias existencialistas y negaciones ontológicas, donde la retórica del selfie y el doble espejo consume y sustrae la esencia propia de las definiciones. Andrés sabe ser camaleón y crítico, sabe tener lo mismo la «fusta y la sonda», la materia de integración, así como la más dialéctica de las negaciones. Él, sabe bogar por las aguas que lo bañan, por eso reconoce a cuanto militante de carroza, ególatra sustraído e hipócrita resentido intenta plantar en tierra azoica la semilla del más banal de los discursos. Andrés, como Juan Preciado en Pedro Páramo, transita por un valle repleto de espectros e historias que lo intimidan a la vez que no existen. Pero es valiente, y esa condición lo ha logrado definir, autenticar, en tanto que llorar y padecer. Así él vive mientras boga y nada en el “copioso mar de los delirios”, tanteando cada paso, escapando de todo como el Wang-Fô de Yourcenar: a través de la vida en el arte; siendo Gramática de Resistencia, su último libro, otra prueba fehaciente de esto.» Raymar Aguado Hernández

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