Isidoro Valcárcel Medina: ni sí ni no sino todo lo contrario

by • 16 octubre, 2015 • PremiosComments (0)2695

Me entero por los medios que han concedido al Premio Velázquez a Isidoro Valcárcel Medina. Pionero del arte conceptual español, glosar aquí un parrafito para describir la importancia mayúscula de su trabajo es poco menos que inútil. Decir que es no solo merecido sino de justicia es más que suficiente. Decir más, ¿para qué? Y bien que podríamos porque, principalmente, uno siempre tiene algo que decir ya que la otra opción es poco menos que inconfesable: callar.

LA CHULETA, 1991

Y de esto quería hablar: del (no) poder callar. Se me dirá, y quizá con razón, que no toca. Pero, quien sabe si con lo que a continuación exponemos no hemos desvelado la más invisible –e imposible– de las obras conceptuales del gran Valcárcel Medina.

Me ha llamado la atención, e imagino que no soy el único, la celeridad y simpatía con la que Valcárcel ha aceptado el galardón: “Claro que sí. Me viene muy bien. No lo he pedido, pero si me lo dan, lo acepto. Cuando me lo den, daré las gracias. No es algo que afecte a mis principios”. Aun partiendo de lo impecable de estas declaraciones, sí que cabe señalar que, vista la nebulosa negacionista en que se está convirtiendo la entrega de premios a escala nacional, comprobar cómo a Valcárcel Medina no le tiemblan las canillas en aceptar y agradecer el premio tiene algo de extraño y desconcertante.

Más extraño aun cuando un negacionista de tomo y lomo como Santiago Sierra –todavía resuenan, para bien o para mal, a favor o en contra, los ecos de su rotundo “no” cuando le fue concedido el Premio Nacional de Artes Plásticas– siempre ha tenido al bueno de Isidoro como un maestro a quien solo poder imitar. En este sentido, en una entrevista con Graziela Speranza, el artista comenta de Valcárcel que “debe haber vendido cinco obras en su vida y tiene una postura moral muy interesante, muy de negarse a colaborar”. O, más claro aun, “Isidoro es un gran artista del “No”. Lo han invitado a exposiciones internacionales y ha dicho que no. Lo han invitado a miles de cosas y ha dicho que no. Siempre dice que no”.

En suma, comprobar cómo el gran artista del no, el gran ejemplo a seguir en esto como en muchas otras cosas, acepta con entusiasmo un premio nacional en un lugar (¿país?) donde parece que el oponerse es la única opción intelectualmente valida, ha de tener alguna explicación. Porque, ¿cómo es posible tanta diferencia –ni más ni menos que la que va entre un “sí” y un “no”– entre uno y otro?, ¿exageró Sierra su negativa para convertirla –según algunos– en espectáculo y mercancía?, ¿o es que Valcárcel ha visto la hora de recoger los frutos de varias décadas de desierto y anonimato?

Quizá esta interpretación, la nuestra, diga más que lo que el artista ha dicho. Pero en un arte del concepto donde también “menos es más”, siempre se ha necesitado leer –y escribir y hablar– entre líneas.

La explicación –sutil y paradójica– no es que para Valcárcel decir “no” a un premio sea confundir el culo con las témporas debido a que se trata solo de una menudencia que poco o nada tiene que ver con el arte. Tampoco va en la onda de descubrir como la inteligencia de Valcárcel es mayor que la de Sierra (¿alguien tenía alguna duda?) al saberse al dedillo cómo funciona el entramado ideológico-capitalista y como éste hace ya tiempo que saca réditos sobretodo de las poses de oposición permitidas bajo la máscara de un enfado simulado. No, no creemos que se trate de esto ni, mucho menos, de aceptar lisa y llanamente el premio y a otra cosa mariposa.

Se trata, pensamos, de mostrar –nunca demostrar– que el arte habita en un épsilon infinitesimal al que no hay acceso sino solo trazas, caminos susceptibles de ser recorridos una y otra vez pero que divergen apenas se ha empezado a andar. No es decir “sí” ni decir “no”: es justo en el intervalo donde no habría nada que decir donde se asentaría el arte. Pero, ¿cómo mostrar ese lugar si se ha de guardar silencio? Si nos atrevemos a decir que esta afirmación casi obscena –viendo los antecedentes– de Valcárcel supone una obra de arte en sí misma es porque la antinomia donde hace situar a la respuesta dada es precisamente la que atraviesa la historia reciente del arte: ¿basta con el concepto?, ¿hasta dónde continuar la serie “art as idea as idea”? Valcárcel sabe que la serie no es infinita, que al final siempre hay que mojarse, darle forma al concepto, al espíritu objetivo. Es decir, que al final siempre hay que decir algo.

De este modo, con su “sí”, Valcárcel nos dice dos cosas: uno, que no se trata sin más de decir que no; y dos, que en cualquier caso siempre se ha de terminar por decir algo. Ese “sí” festivo suyo además de, repetimos, éticamente irreprochable, se asienta en la intersección antinómica de ambos axiomas: el arte es el ámbito de excepción que te permite guardar silencio pero que, en su mostrarse, siempre ha de decir algo. Dicho de otra forma: el arte está llamado a fracasar… y eso es lo que muchos no saben.

Así las cosas, Valcárcel, afirmando, aceptando, dice más de lo que calla: nos muestra, quizá, que hay más campo abierto, más posibilidad para que emerja lo imposible dando cancha, haciendo el épsilon más amplio, que no cerrándose en banda, dando la callada por respuesta y, creyéndonos los más malos del instituto, decir que no a todo.

Pero para complicar más las cosas, y aquí y no en otra parte radica el potencial disruptivo del arte, eso que termina por decirse y que hace fracasar al arte no puede ser lo que se tenía pensado decir: no es la simple subjetividad del artista –sus ganas de sacar a la palestra un escándalo, una injustica, etc– lo que dota de contenido crítico a la idea de arte. Por el contrario, es un no-saber, una disyunción para la que no debe haber a priori alguno, hacia donde debe dirigirse el decir que dice el arte. Como diría la escolástica aristotélica, el efecto no debe estar contenido en la causa.

En este sentido, si el arte es crítico es porque opera desmembrando la urdimbre que teje la comunidad, es porque no afirma ni niega nada de antemano sino que se juega todo a una carta: a una carta que no sabe cuál es. Es decir, el arte es el juego en el que siempre se pierde. Y es que si se gana ya se ha perdido. Con su “sí” mayúsculo Valcárcel Medina nos dice –queremos pensar que nos dice en este ejercicio de ficción estética que proponemos– que la única forma de ser artista actualmente es siendo un jugador nato que no le tiene miedo a órdago alguno.

Pero, más aún: los medios de comunicación se equivocan: Valcárcel Medina no ha dicho “sí”. Decía Derrida que todo el Ulises de Joyce es el preámbulo a ese “sí” que se dice cuando se descuelga el teléfono y con el que, precisamente, acaba la obra del irlandés. “¿Sí?, ¿hay alguien del otro lado?”. Y es que el arte es justamente eso: una pregunta sostenida y mantenida en el tiempo a un otro cuya presencia es solo prometida. “¿Sí?, ¿estás ya ahí?” No, todavía no hay nadie: el arte es un pasarse la pregunta de uno a otro y, pese a que no se puede por menos que contestarla, mantenerla sin respuesta.

Valcárcel Medina descolgó el teléfono y contestó “¿Sí?”. Cuando le comunicaron que se le había concedido el premio repitió: “¿Sí?, ¿hay alguien?” Lo que sucede es que los señores del premio, creyendo que había contestado “sí” en lugar de “¿sí?”, zanjaron el asunto. Pero no: Valcárcel Medina, maestro en esto como en todo, había continuado el juego…dando la callada por respuesta.

Créditos de la imagen:

1- Isidoro Valcárcel Medina. LA CHULETA, 1991

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