Música y acción (2ªParte)

by • 8 noviembre, 2012 • Centros de arte, Exposiciones, GranadaComments (0)2895

Del 19 de octubre 2012 al 13 de enero de 2013. Centro de Arte José Guerrero, Granada.

[…] La exposición, si es que así vamos a llamarle, presenta el escenario propio de la posteridad conceptualizada del arte contemporáneo con un cierto escrúpulo, el de edificarse sobre la inmaterialidad viscosa del fluido. Expliquémoslo. Pues en el fondo cualquier arte no sea sino un fluido extremo y externo que vaya de la comunicación al yo sanguíneo en un acto de guerra es mejor, ya que hemos de ver lo que hay delante de nuestra vida diaria, empaparnos con el más fluido de los fluidos todos, el que más se entromete en la vivencia del ser humano, con perjuicio del acto de comprensión de todo lo que le rodea, sea materia o sea acción, el que más insufla sus pulmones cuando acaece un acto de negación, afirmación o sumisión (no dejamos de estar emparentados con lo que nos rodea por más que ello se presente ya estratificado), y, por otro lado, el que más susurra a los ojos el final último de su señuelo, de su cabecear dormido, de su claridad abrumada, en la sustancialidad de su pensamiento y la alteridad de su existencia (por más que esta otra sólo pudiera ser programada por sí mismo), es todo ella la música: ruido, melodía o silencio. Fluido que nos «matrimonia», que nos vincula al resto de nuestra coetaneidad. Toma ya.

Si históricamente es una de estas dos posibilidades, el más de los más artes que se han emparentado con lo sacro, en la vivencia del presente la música es junto con un zapato el más terrenal de los terrenales artes, con su pulsación y su vomitar indigestión de humanidad. Y sin ánimo de deconstruir la fortaleza formal del zapato y su zapateidad, es normal que, tarde o temprano, un centro de arte le rindiera correcta pleitesía. Y qué mejor que hacerlo en la época en que tanto el misticismo se emparenta viscosamente con la sociedad que lo parió, como el espectador, ya convertido en sí mismo, se reconoce asquerosamente con su propia naturaleza hasta el punto de desear odiarse. ¡Qué inoportuna derivación sádica tan a tono con la orquesta!

Aquí es el arte vivo, el de la música convertida en maestro de anti-ceremonias. Aquí es el espacio demostrando al tiempo su perplejidad burlona como la estupidez de un bufón ante la dentadura postiza de su monarca. Chaplin no es el arte muerto, no es la música fallecida de la oratoria (o sí, si quisiéramos la resurrección en arcángeles de la clase dirigente) como una escena de Stockhausen no es el purgatorio (ya me gustaría saber entonces quién de los oficiales hace de Caronte y qué banco español grabaría su insignia en las monedas). El arte vivo es al arte de traerle el fresco a la viuda de Duchamp. Si el ser humano deviene minúsculo, minúsculo ejercicio del denominar entre tantos semejantes objetos que el hombre y no dios alguno denominó para tranquilidad de su trágica existencia, dejemos entonces que su minúscula existencia se haga dueña de su propio circo. Con su miedo y en guerra levantó su propio verbo para momificar el tiempo y la existencia de su propio el ser humano cargado caracol de su equipaje y su dolencia. Al dios lo situó allí para que otro pudiera jugarle la última faena. Dejémosnos «dadear», a un tiempo jugar y balbucear el espacio que nos rodea, dejémosnos darle el ritmo deseado con la juglaresca vitalidad de una anti-divinidad perpleja ante el encumbramiento de su existir. Permitámosnos sobornar la buena manera de socializar con un quebrado desorden fonético.

Así pues acudir a este homenaje a John Cage, a Fluxus, e, incluso más allá en el tiempo, al «Entre-acte» de Picabia (Satie al mando de la batuta), es rendir debido homenaje también al sí mismo que «viscosea» pero a placer, que palpita con el rumor de un ruido simpático a su propia actualidad, frente al delgado esperpento de la valla publicitaria, espécimen de un otro mundo que se desea.

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