Sobre el arte sin aura de “EL ROTO”

by • 27 marzo, 2012 • DibujoComments (1)3096

Más allá de las fronteras de los reinos, insinuando que no existieran porque su linealidad en nada guarda relación con las medidas reales de la geografía en que se dispersan las comunidades de personas, las historias de “El Roto” como flashes de cámaras disparados vienen a ser acaso comunidades de vecinos, ya que no pueblo, antes hoy una sólida nación con una vasta propaganda de su república, quebradas todas ellas a pesar de la multitud en la cotidiana diferencia entre decir un sí y decir un no.

Toda una tragedia clásica.
Ante todo, en estos tiempos de los mercados, también rotos, por naturaleza, El Roto es, como tantos otros, no arte en tanto que no mercado, pues en tanto que mensaje a secas hace tiritar la senda correcta por la que mana en el final de su recorrido el maná impresionista (por burgués que es) y minimalista (por la sólida estructura sintáctica – tanto que no da lugar al gran discurso moral – en que se presenta) en que se ha presentado ante nosotros el arte contemporáneo. Nada más lejos de los usos distintos de que la historia de una imagen se debe construir en el corto presente de su vida útil. Los mensajes de El Roto constriñen al propio lenguaje de la plástica hasta someterlo a un ejercicio de impresiones, tal y como en su momento edificara sus “noticias” Daumier. Muy distintas de la mera sensibilidad. Es más: el propio lenguaje de la plástica en El Roto es un sencillo, y complicado por su bizarro recurso en la actualidad, retrato de la comunicación, con su emisor y su excitado receptor; dentro de la viñeta, esa comunidad de vecinos alterada por el presente que “se están viviendo” responde casi hasta llegar a la indiferencia con una paradójica mirada y una absorta respuesta (la cordura suele quedarse atónita cuando el presente se le presenta absurdo).

Pero, a diferencia de Daumier, aquí el retratado es casi homogéneo. Como una tragedia clásica. En Daumier teníamos a una sociedad de los oficios; en El Roto los rostros son los de todos aún a pesar de ser tan pocos los diferenciados en esta historia: son todos los de la multitud, privilegiada y no privilegiada, con sus señoríos y dominios, su mendigar y sus caldos de nabo, razón consuetudinaria, silenciosamente construida con el pasar de los días, como todas las tradiciones sólidamente arraigadas. Y todos ellos casi enajenados, al borde la ausencia de su voz, de su “heme aquí” o de su ejercer “sí” o “no”, alienados por ese exceso de vida otra en que consumimos nuestra conciencia de finitud.

Aún o a pesar de que se le podría denominar un acto realista de retrato de individualidades inmersas en la multitud (aunque sea la multitud ese átomo de la sociedad contemporánea, que vierte de soledad los espacios), al igual que los “esperpentos” en que la sociedad realmente “se está maquillando” su propia naturaleza, se podría decir que realiza un acto más allá del realismo. Al hilo de las exigencias pan-cientifistas de la era en que vivimos y a diferencia de ellas, sin ignorar la base moral que sirve al “juego” de vivir occidental. Es así, entonces, que tras de las voces individuales que narran las hazañas del ver contemporáneo se recrea, se dibuja, una especie de selección natural por la que se derivará una raza dominante de otra, con los homínidos “francos”, obreros y espectadores con, a veces, restos de cromatismo en su presencia, reunión o voces, de los que mana todo discurso. Discurso que luego servirá de fundamento para la representación con que los homínidos “armados”, hormigas soldados con un exceso de poder, tan mecanizados con sus recios cascos, sus grandes narices y sus grandes mandíbulas – la multitud de lobos ante caperucita muestra sus grandes dientes avisado de cómo se las gasta la pequeña rubia de ojos azules -. Y por encima de todo, las reinas de la colmena vestidas reordenan sabiamente eldiscurso con la sobria rectitud de un retrato de la corte filipina y la mirada oscura, tras de las gafas de sol, nostalgia quizá de aquellos tiempos en que el poder no tenía pudor, propias de un militar golpista o de un escurridizo jugador de póker.

Esto es sin lugar a dudas una sociedad estamentalizada. Es un proceso de involución. En qué modo nos seleccione el futuro es otro cantar. Arriba, la comunidad privilegiada ejerce su derecho a morder. Valiosa verdad. Toda una sociedad esta, abocetada y segregada, encasillada en viñetas, sometida al blanco y al negro las más de las veces.

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One Response to Sobre el arte sin aura de “EL ROTO”

  1. […] retoma uno de los primeros seudónimos del artista (Madrid, 1947), OPS (actualmente conocido como El Roto), y una recopilación de sus trabajos para revistas nacionales como Cuadernos para el diálogo, […]

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