Ten paciencia, mujer, que eres oscura: el mito patriarcal de las mujeres enfermas

by • 27 abril, 2021 • Asturias, ExposicionesComments (0)1224

El día 30 de abril a las 12:00 h se inaugura la exposición Ten paciencia, mujer, que eres oscura: el mito patriarcal de las mujeres enfermas en la sala de exposiciones de la Casa de la Cultura Teodoro Cuesta (Mieres, Asturias). La muestra se enmarca en la programación de la Concejalía de Igualdad y Feminismo del Ayuntamiento de Mieres. Es todo un placer presentar por primera vez Ten paciencia, mujer, que eres oscura: el mito patriarcal de las mujeres enfermas en este concejo.

Es posible visitar la exposición del 30 de abril al 13 de mayo, de lunes a viernes en horario de 12:00-14:00 h y de 17:00-21:00 h.

El proyecto expositivo gira en torno a la idea de la enfermedad como una calamidad que proviene de las mujeres. Este es el relato del patriarcado para afianzar la subyugación femenina, desprestigiando nuestra fisiología y que pretende verificar una serie de tesis para violar los derechos de las mujeres. Igualmente, son teorías incongruentes, evidentemente misóginas que deben ser desmontadas. El feminismo permite darnos cuenta de esta problemática y nos otorga jactancia para condenarla.

La nómina de artistas ha decidido, por una parte, aportar obras de arte creadas expresamente para la exposición, alternándose con otros trabajos previos al proyecto que encuentran sentido en Ten paciencia, mujer, que eres oscura: el mito patriarcal de las mujeres enfermas.

Las/os artistas que participan son Alberto de las Heras, Blanca Costales Obaya, Cristina Burns, Daniel Acuña Álvarez, David Benítez Godoy, Isabel Gil Sánchez, Laura Llera Aylagas, Myriam Moral Rato y Natalia Carracedo Álvarez.

Desafiando al pasado – Myriam Moral Rato

A continuación, el texto comisarial redactado por Andrea García Casal:

Ten paciencia, mujer, que eres oscura: el mito patriarcal de las mujeres enfermas.

Ten paciencia, mujer, que eres oscura. Con este verso, la poeta Alfonsina Storni recuerda la faceta lóbrega que el patriarcado ha construido para definir a las mujeres. Basta decir que muchos mitos cosmogónicos y antropogénicos —aquellos que explican el origen del universo y de la humanidad, respectivamente— relacionan a las mujeres con el mal, la enfermedad y la muerte. Además, lo maligno siempre va enmascarado con un halo de confusión.

Así fue como Pandora, creada por Hefesto bajo las órdenes de Zeus, penó a la humanidad. Portando la vasija que contenía todos los males, decidió destaparla por su dañina curiosidad. A partir de este momento, toda persona estaba condenada a sobrellevar una vida afligida que inevitablemente llevaba a perecer. Hay distintas versiones del mito. Por un lado, dicen que Pandora fue la primera mujer en un planeta poblado únicamente por hombres. En otras explicaciones, Pandora nació para destruir una Tierra habitada por mujeres y hombres. Con todo, su carácter tentador e impertinente llevó a la desgracia, a la mortalidad y sus consecuencias.

Sin título – Laura Llera Aylagas

En las religiones abrahámicas destaca la figura genésica de Eva. Engañada por la serpiente, o tal vez por el Diablo que logró convencer al animal —los relatos divergen—, la primera mujer mordisqueó el fruto del conocimiento y se lo ofreció a Adán. Esta traición hizo que el Creador castigara a la humanidad con la enfermedad y la muerte; la eternidad se había terminado. En particular, la mujer fue condenada a sufrir preñeces difíciles y dolorosas, lo que dificultaba todavía más su existencia perecedera. Ni qué decir de determinados razonamientos judeocristianos e islámicos sobre Eva, en los que la menstruación y la escasa inteligencia son unos añadidos más al tormento femenino iniciado por la primera mujer.

La religión sintoísta defiende que la diosa de la creación Izanami murió en uno de sus partos divinos y pasó a gobernar el Yomi o tierra de la muerte. De nuevo, no solo el vínculo entre las mujeres y la mortalidad es evidente, sino que además destaca el talante perverso. Cuando el dios Izanagi intentó rescatar a la deidad, que era su esposa, descubrió su temible cuerpo corrompido. Izanami, al sentirse despreciada, se volvió vengativa y lanzó una maldición a la humanidad: la condena a fallecer. Se había coronado diosa de la muerte, entretanto el ciclo vital se estableció.

Asfixia – Blanca Costales Obaya

Todos estos ejemplos hablan de que la enfermedad está estrechamente ligada a las mujeres, encarnando al jinete apocalíptico de la muerte y sembrando lo mórbido. El sistema patriarcal arranca estigmatizando a las mujeres por traer la enfermedad al mundo, según sus preceptos y, seguidamente, utiliza esta farsa para subordinarlas.

Principalmente, esta teoría androcéntrica se sostiene contemplando a la propia fisicidad de las mujeres como una enfermedad. Es una manera de asegurar su marginación. Los procesos fisiológicos son considerados problemas de salud, a los que se suman otras falsas teorías científicas que refuerzan la denigración hacia las mujeres.

Por una parte, la mujer menstruante es considerada inmunda, tal y como lo registra el Levítico dentro del Antiguo Testamento. No se trata de una creencia arcaica, pues determinadas culturas y religiones, fundamentalmente africanas y asiáticas mantienen el tabú sobre la menstruación. Incluso, en Occidente la sangre menstrual todavía se aprecia, en muchas ocasiones, como algo sucio. Parece una enfermedad >de la que no se puede escapar.

Maternidad – David Benítez Godoy

Tanto en la Antigüedad como en la Edad Media, la menstruación transmitía una serie de problemas. Las mujeres que no habían mantenido relaciones coitales sufrían el mal de retener el flujo menstrual hasta alcanzar la enajenación y el fallecimiento; mal que se curaba al casarse, decían. Las viudas, llamativamente, padecían lo mismo. Cuántas mujeres jóvenes, pero también senectas se quedaban viudas y tenían el mismo problema. Lo peor es que esta sangre se convertía en un veneno mortal para ellas y para quien entrara en contacto con este.

Por otro lado, la mujer embarazada está obligada a descansar y a mantenerse pasiva; se convierte en paciente, no en gestante. Aparte, es una paciente débil física y emocionalmente, a veces irracional. Esta es la sobrenaturalidad de los supuestos androcéntricos. Se produjo una clara medicalización del embarazo y del parto que se agravó con el paso de los siglos. Los progresos médicos en la Ilustración desplazaron a las matronas (femenino) y las sustituyeron por los cirujanos (masculino). Los cirujanos cambiaron la forma de gestar el parto. De manera generalizada desde el siglo XIX, las mujeres parieron tumbadas en mesas de parto. Estar sentada o en cuclillas fueron posiciones tildadas de incorrectas por parte de los cirujanos, todavía cuando el feto puede deslizarse más fácilmente. Resulta llamativo que el conocimiento de las matronas, al fin y al cabo, mujeres que se sentían identificadas con las futuras madres, se reemplazara por la medicina masculinizante; el ego del varón.

Stop Playing – Cristina Burns

Empero, no ser madre parecía todo un riesgo. Se evitaba con el embarazo temprano. Las férreas tradiciones han tratado a las mujeres como seres procreadores, por lo que surgía la histeria en el útero que no concebía pronto. Platón sentenció que el útero encarnaba a un animal dentro de las mujeres, cuyo deseo de fecundarse se frustraría si no acontecía la preñez lo antes posible. Hipócrates y Galeno confluyen en esta idea absurda que se mantuvo a lo largo de la historia.

De hecho, en la centuria decimonónica, el médico y antropólogo Julien-Joseph Virey dijo de las mujeres adultas que ‘’la cohabitación con el hombre y la impregnación del esperma’’ les permitía gozar de buena salud. Creyó que las mujeres rurales estaban bien provistas de las relaciones sexuales, por lo que su salud sería estupenda. Pese a esto, las tachó de volverse masculinas en la ancianidad. A partir del siglo XX, la histeria fue abandonada y sustituida por el amplio espectro de los trastornos de conversión, no asignados a ningún género en concreto.

Como es posible observar, la mente de las mujeres sufre una clara patologización desde la óptica patriarcal. Se produce una desviación respecto a la vinculación de la enfermedad con los procesos fisiológicos de las mujeres. A colación de esto, se manifiesta la represión hacia las mujeres estudiosas o duchas en alguna disciplina. Las mujeres debían dedicarse a las labores domésticas y a los cuidados de la familia, olvidarse del trabajo y la vida pública o, por lo menos, no destacar. Las mujeres independientes y los genios femeninos no tenían que existir. Estas genialidades desataban gran recelo.

Tejedora de sueños – Isabel Gil Sánchez

No están lejos las tesis abrahámicas que denigraban la inteligencia femenina de los progresos científicos acaecidos en los últimos siglos. A las mujeres se les negó la inteligencia, por curso divino, luego por invención médica y antropológica. En el campo del arte, el filósofo Immanuel Kant afirmó que las mujeres talentosas eran tanto repulsivas como enfermas. Se trata de pura misoginia e ignorancia cubierta por un velo de raciocinio.

Relacionada con la psique y el soma, la sexualidad es otro tema usado en contra de las mujeres. La castidad y pasividad obligadas se trastocaron con la idea del deseo carnal desmedido, el cual obvia el objetivo reproductor, convirtiendo a las mujeres en ninfómanas —‘’mujeres locas’’—; desviadas morales. Son las ménades que criaron al dios del vino, la fertilidad y la liberación, llamado Dionisos. Las ménades son ninfas, también son ninfómanas y, por extensión, ménade, bacante, meretriz y prostituta son sinónimos de una misma condición lasciva. Asimismo, las mujeres homosexuales se encontraban dentro de la desviación sexual; eran enfermas. Ni qué decir de las mujeres trans en esta horripilante narración. El mundo queer es completamente impensable.

Ménade – Alberto de las Heras

Es imprescindible hacer un inciso estrechamente relacionado con la sexualidad femenina: las mujeres se convirtieron en el reservorio de afecciones que adolecían a la masa social de forma global. La lepra o la sífilis son algunas de las infecciones achacadas a las mujeres, concretamente a las prostitutas. La sífilis se consideró una enfermedad femenina por excelencia; situación que se complicó en el siglo XIX. Venida de la propia mujer por su vicio e inmoralidad, la sífilis aquejaba a las prostitutas según la teoría de la época. Surgía en las mujeres muy activas a nivel sexual. No se podían imaginar que esta enfermedad aparece por el contagio con la clientela. Más fácil aún, resultaba más práctico achacar este problema a las mujeres más mortificadas de la sociedad.

A pesar de que ya se han superado la mayoría de las tesis expuestas aquí, >es imposible olvidar que todavía hay muchas culturas y religiones reacias a cumplir los derechos de las mujeres. Tampoco quieren respetar los progresos científicos y médicos actuales, que no dejan de ser occidentales. De igual modo, no podemos considerar a la perspectiva occidental exenta de prejuicios hacia las mujeres, aunque los cambios dependiendo del país son abismales. Lo trascendental es percatarse de que esta problemática existe para actuar frente a esta.

En femenino – Natalia Carracedo Álvarez

En nuestra sociedad son innumerables las ocasiones en las que se dice que la menstruación o el embarazo enferman o enloquecen a las mujeres. Hablar en estos términos sí que mina la salud de las mujeres. Lo mismo, ninfómana es un insulto severo dirigido a aquellas que deciden vivir su sexualidad con libertad. Histérica vuelve a ser una palabra empleada para vejar, aún perdiendo su primitiva validez médica.

Según Wollstonecraft, ‘’confinadas en jaulas, […] a cambio entregan salud, libertad y virtud’’. Así quiere el patriarcado a las mujeres. De lo contrario, proliferan las prohibiciones, los abusos e insultos. La casa es un factor morboso para la salud física y psicológica femenina, tal y como afirman Wollstonecraft y Friedan. No resulta el salus infirmorum, sino la dominación sexista. Al androcentrismo siempre le conviene impedir que las mujeres salgan de la esfera doméstica, que no despunten.

El yo que decide por mí – Daniel Acuña Álvarez

Las mujeres no son oscuras, aludiendo al verso de Storni. No han traído la enfermedad ni la muerte a la especie humana; no son criaturas ctónicas. Sus cuerpos y mentes no están corrompidos, ni son proclives a ciertas patologías. Su ciclo vital no está revestido de enfermedad. Esta exposición exhibe la historia, pero también la práctica de ligar a las mujeres con lo morboso. Hay que deconstruir la tradición para encontrar la verdadera afección, intrínseca a la humanidad: el patriarcado. Se trata de la única vía para enfrentarse a esta cruda realidad y poder desarmarla.

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