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by • 28 febrero, 2018 • Granada, Millennial Artists, PinturaComments (0)1264

Roland Barthes explicaba lo que era el «Punctum» en su libro La cámara lúcida (1980) de la siguiente manera: «No soy yo quien va a buscarlo (…), es él quien sale a escena como una flecha y viene a punzarme. “Punctum” es pinchazo, agujerito, pequeña mancha (…); es ese azar que en la fotografía me “despunta” (pero que también me lastima, me punza)». Aunque la obra de María Dávila (Málaga, 1990) no es fotografía, sino pintura, cada una de sus piezas son como un pequeño aguijón que viaja directo a nuestro subconsciente, generando en el espectador una pequeña herida de origen incierto. Post Scriptum, su nueva exposición individual en la sala Ático de los Condes de Gabia (Granada), reúne 10 óleos sobre tabla de mediano formato en los que la artista recrea 10 escenas capaces de remover nuestra sensibilidad.

María Dávila

No es un desacierto hablar de teoría de la fotografía cuando nos enfrentamos a la obra de Dávila, ya que cada una de sus piezas nace de un fotograma cinematográfico que posteriormente es trasladado a lo pictórico. El trabajo de la artista comienza, por tanto, encontrando en el filme o entre sus propias instantáneas la escena adecuada, aquella que, aunque sea descontextualizada posee una potencia excepcional. Después se produce el movimiento de la fotografía a la pintura, el cual ha definido su trabajo casi desde el inicio y que además, supone una reafirmación plenamente contemporánea: si la fotografía nació acomplejada frente a la pintura y persiguió en su nacimiento aspectos propiamente pictóricos, actualmente es una técnica autónoma con sus especificidades que puede servir como punto de partida a la pintura, entre otras manifestaciones.

María Dávila

Resulta curioso observar como la mayoría de escenas que conforman la exposición son protagonizadas por figuras femeninas, y es que la riqueza emocional que se le ha atribuido a la mujer en las diversas tramas cinematográficas, los múltiples matices sensibles de su personalidad, la convierten en lo que, siguiendo el hilo de la idea expuesta anteriormente, podríamos denominar “sujeto de Punctum”. Las miradas meditativas e incluso tristes de Marionnette (2016) y Marionnette II (2016) nos hablan de una aceptación forzada que ha provocado en sus protagonistas una frustración contenida, un silencio femenino que vocifera en la sala. Algo parecido ocurre en Conscience de double (2016), cuya protagonista repentinamente toma consciencia de algo importante que la marca definitivamente. Cabe destacar, por tanto, el trabajo pictórico de traducción de esas emociones encerradas en individuos que prefieren callar, una implosión de sentimientos que alcanza al espectador.

María Dávila

Pero, parte de la fuerza de estas escenas no solo reside en la intensidad emocional que experimentan sus personajes, sino también en la inclusión del espectador como testigo privilegiado de las mismas. Los puntos de vista desde los que la artista plantea su pintura nos convierten en una especie de espectadores voyeur que no buscan la excitación sexual precisamente, sino otro tipo de emoción, la generada por la tensión de la escena. En La frontera (2017), por ejemplo, Dávila nos sitúa a las espaldas de dos personajes, un hombre y una mujer parecen dialogar mientras ella observa atentamente por la ventana. Frente a esta pieza, el espectador se convierte en un tercero que, sin ser visto, observa y “escucha” su diálogo: “(Ausente) Si no lo dices, no existe”. Menos meditativa es Evidement (2017), la cual describe un inminente e inquietante hallazgo, una mano masculina se abalanza para destapar un cuerpo oculto bajo una manta… ¿Qué ocurrirá entonces? Este tipo de preguntas nos asaltan continuamente cuando nos enfrentamos a la obra de la malagueña.

Pero, ¿tienen conciencia estos personajes de ser observados? Casi podríamos afirmarlo. La intromisión del espectador en estas escenas es tan profunda, que algunos de ellos parecen interpelarnos directamente con su mirada (La muerte en la conversación, 2017) o incluso, esconderse de nuestra presencia furtiva (Antinomia, 2016). En cualquier caso, nos encontramos en su dimensión. La doble distancia (2017) preside la sala expositiva con un magnetismo extraordinario. Estamos dentro. Nuestra visión se focaliza en una elegante espalda femenina, emborronando todo lo que hay más allá de ésta. ¿Por qué la miramos a ella? ¿Se girará para decirnos algo? La distancia como espectador se ha desvanecido, ahora somos uno de ellos.

Artista: María Dávila
Fechas: Hasta el 4 de marzo de 2018
Lugar: Sala Ático del Palacio de los Condes de Gabia (Granada)

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