TodAs en unA: La mujer total

by • 17 noviembre, 2021 • Artistas, Crítica de arte, La ComarcaComments (0)516

Aprovecho esta nueva entrada en PAC para presentar a la artista argentina Marisa Caichiolo quien, además de construir su propio discurso dentro del mundo del arte, tiende puentes para el funcionamiento de ese mismo mundo. Es artista, curadora, gestora, madre y amiga. Marisa desarrolla una labor enorme como directora y fundadora de Building Bridges Art Exchange. Desde este, su espacio, busca generar diálogos entre el arte, la política y lo social.

Marisa Caichiolo. THE SKIN. A land of discoveries. Cortesía de la artista.

“Entiendo la práctica curatorial -afirma Marisa- como una práctica social donde la gama de enfoques artísticos puede ser muy variada, que siempre busca tener un impacto determinado, transmitir algo al público. En los últimos años, ha existido también una tendencia hacia proyectos curatoriales donde el curador ejerce la práctica como forma de comunicación de la investigación en las artes y no tanto como exposición. Por supuesto, hablamos todo el tiempo de diferentes estrategias que utilizan los curadores para acercarse a distintas manifestaciones culturales y usar el concepto de característica histórica y la especificidad cultural para comprender su manifestación en otras partes del mundo, y de esa forma, generar el diálogo (…)”

Al referirse a los índices de participación de mujer y de lo femenino en los horizontes de la cultura contemporánea, precisa Caichiolo que, “es muy difícil hablar de los espacios de reflexión en torno a la participación de la mujer en la escena sociocultural contemporánea. En el caso específico de la presencia de la mujer en la historia de arte latinoamericano, lo primero que visualizamos es que existe una escasa representación dentro de la narrativa histórica y una marcada ausencia en museos e instituciones. Desde la perspectiva de reivindicación de género (género como artificio cultural), es un continente machista. Como artista, curadora e inmigrante en los Estados Unidos, donde el papel de la mujer en el ámbito económico y político crece a diario, creo que mis curadurías se enfocan hacia las prácticas artísticas contemporáneas, donde se generan acciones que se convierten en espacios de reflexión, análisis y exploración de la mujer artista en sus diferentes disciplinas. En términos discursivos y conceptuales, la mujer es quien aporta desde la América Latina del siglo XX, que fue donde se produjeron la conquista de género a nivel político y social, los grandes avances del movimiento femenino y la lucha por los derechos de la mujer. Pero todavía en la primera mitad del siglo las mujeres artistas siguen siendo la sombra de los hombres: Lo vimos con Georgia O’Keeffe y Alfred Stieglitz, con Gabrielle Münter como pareja de Kandinsky o con Dora Maar y Picasso. Las mujeres se acercaban a las vanguardias y eran las que sumergían en estas a sus compañeros. La obra feminista ha sido un instrumento eficaz para construir y denunciar los mecanismos represivos del sistema cultural dominante. El arte feminista, que no es lo mismo que arte hecho por mujeres, es un arte que se compromete con la búsqueda de la identidad plástica/visual femenina (…)”

Marisa Caichiolo. THE SKIN. A land of discoveries. Cortesía de la artista.

I

Por muy íntima, introspectiva y ensimismada que sea la poética de una artista, esta siempre incluirá un comentario político; será dinamita pura. Desde la perspectiva de la mujer, toda acción creativa, supone otorgar visibilidad a un discurso que nunca ha sido parte de la historia oficial. En consecuencia, sus empeños artísticos estarán esbozados desde un cierto tipo de exilio, desde la exclusión. Cada gesto, por minúsculo que este sea, es un intento por salirse de la Matrix, del rol tradicional que le han diseñado y otorgado. La narrativa (y entiéndase por esto, la realidad) que ha confinado a la mujer a una perpetua cuarentena está siendo alterada y reconfigurada en cada una de sus empresas, artísticas en este caso. En este escenario desterritorializado emerge la obra de Marisa Caichiolo, la viva estampa de la mujer entreprenour contemporánea. Esta imagen no es gratuita. La mujer que emprende no se está quieta, sale de su órbita, emigra, deambula. Abandona su casa y a ratos ocupa el espacio simbólico que la historia ha reservado al hombre, o a su arquetipo Ulises. En el caso de Marisa, un Ulises recargado: menos advertido, de varios núcleos y ejes, inclusivo, lleno de redes colaborativas. La mujer entreprenour no ha invertido su rol, sino que lo ha enriquecido y es capaz de proveer. En este sentido la vida y obra de Marisa Caichiolo han entrado en un contubernio orgánico y coherente capaz de articular su propio micro relato.

Cada obra de Marisa Caichiolo, como sucede con las poéticas de Aimée García y Priscilla Monge, (las tres latinoamericanas/las tres han realizado exquisitas vajillas/las tres recurren al bordado/las tres recurren al textil), es un manifiesto de género repleto de señales sobre la violencia. Señales que ella proyecta desde un entramado visual de aparente fragilidad. Son trazados de una nueva territorialidad, nunca estable ni única; por tanto, no totalitaria. En estas fictas o “mapas cognitivos” dibujados bajo los efectos de otro orden mental –el femenino-, la vejación siempre es un a priori ideológico, él núcleo de una historia de vida que termina en una conmovedora experiencia estética. En un hedonismo inquieto, en el nerviosismo de “masaje visual”. Su obra es, desde todo punto de vista, una plataforma de denuncia que abandona el ego. No existe el alarde falocéntrico-monopolista en ella. El argumento, su as bajo la manga está en ser portadora de la conciencia de lo femenino: la naturaleza de un género que genera generosamente. (Extraído de “El nerviosismo de un mensaje”, de Elvia Rosa Castro).

Marisa Caichiolo. How else can I serve you. Cortesía de la artista.

II

“¿En qué más puedo servirle?” resulta una puesta en escena, una declaración de principios, una instalación de objetos de énfasis discursivo eminentemente feminista que sustenta un comentario crítico advirtiendo así su propia pertinencia y audacia. En ella, y guiada por una suerte de re-significación del utensilio en su doble condición semántico-lingüística, la artista despliega un tejido, a modo de extraña enredadera con su propio cabello, sobre “el cuerpo” que define este repertorio de cubiertos de plata.

La pieza es hermosa en sí misma, en su más radical autonomía, pero el título es lo que viene a cerrar (lo mismo que amplificar) el contexto discursivo de la interpretación y los posibles sentidos. Aun en su frontalidad enunciativa, esta pieza remite al contrato social conflictivo que sustantiva la desigualdad entre hombres y mujeres, subrayando el vasallaje de las relaciones de poder y de sus estructuras regentes. La pieza en sí misma es una suerte de apunte para una geografía de la furia. Sin embargo, su propuesta trasciende la mera interpretación feminista para alcanzar otros elementos discursivos de amplia implicación simbólica y narrativa.

Marisa Caichiolo. How else can I serve you. Cortesía de la artista.

En efecto, el enunciado de la pieza remite de facto a la sustantivación de ese rol servil al que “el signo mujer” ha estado reducido en la trama de vejaciones y silenciamientos del relato falocentrista y de sus amplios mecanismos de dominación y de control. Sin embargo, ese mismo enunciado y esos mismos objetos, replican discursivamente sobre esa constante condición de alteridad y de estratificación del sujeto contemporáneo. No afirmo con ello que sea errática la lectura de la dimensión feminista de la pieza (de hecho, resulta bastante obvio ese engranaje semiológico), pero creo que, en virtud de una ampliación del sentido real o figurado, debería atenderse al principio de que estos objetos son por fuerza mayor, de la retórica, el espejo de muchas realidades subalternas y de muchas subjetividades laterales. La propia artista ha experimentado en carne propia, como yo y muchos, esta situación de repliegue y violenta (arbitraria) distribución del derecho. Hace relativamente poco, luego de suficientes años en suelo estadounidense, vino, por fin, a detentar el “poder” de la tenencia de un pasaporte americano. Lo que supone hasta donde sé, la conquista de una nacionalidad a condición de perder otra. Una vez los mecanismos de control nos sirven de una ventaja que implica, a larga, una pérdida y desarraigo. Creo, con mucho, que esta pieza remueve en su núcleo duro un comentario crítico hacia todas esas operatorias de autoridad, segregación y pérdida. (Extraído de ¿En qué más puedo servirle?, de Andrés Isaac Santana).

Marisa Caichiolo. How else can I serve you. Cortesía de la artista.

III

Es fácil pensar y escribir sobre Marisa Caichiolo porque es una mujer llana, natural, que extiende su mano para que podamos estar cerca. Extender su mano es una metáfora sobre su trabajo, porque como artista que trabaja con vídeo, instalaciones y performances, siempre buscó equilibrar la inteligencia y la sensibilidad. Nunca olvidó que, viviendo desde hace casi veinticinco años en los Estados Unidos, sigue siendo latina, inmigrante, artista y mujer.

Tuve la oportunidad de ver su concepto curatorial en la muestra “Colección Al Límite, Sin Límites” en septiembre 2017, en Santiago, Chile. Allí vi una mujer que acariciaba las obras al diseñar el montaje, para que nada altere su contemplación. En las obras bidimensionales encontraba el punto justo de ubicación, en consonancia con la línea de horizonte visual. En ningún momento la mirada saltaba o perdía su orientación. En las Instalaciones, ayudaba a comprender que no solo se componen de diferentes elementos y/o materiales, sino que también, una instalación es un proceso de interpretación y análisis tanto para el creador, como para el espectador/interlocutor del hecho estético que busca siempre y encuentra a ratos nuevas conexiones de sentido. Marisa daba así la oportunidad para destacar, sin límites, el potencial creativo del artista y al mismo tiempo promover comprensión y sentimiento en la mirada del contemplador. (Extraído de “La artista curadora”, de Julio Sapollnik).

Marisa Caichiolo. No more blood in your clothes. Performance en Los Ángeles. Cortesía de la artista.

IV

Luego de haber realizado la restauración de la Catedral Santa Vibiana ubicada en el centro de Los Ángeles, la artista encontró y sintió fuertes conexiones con la espiritualidad del entorno en el que se encontraba inserta. Entonces inició su interés por trabajar una temática muy compleja y cargada de misticismo, todo vinculado a la creación de vestidos que funcionan como alegorías del atuendo que nos cubre y nos protege (cercano, en términos simbólicos, a la función de la piel). Así, nace la instalación Vestidos Sagrados (2006-2012), título de una serie de obras que consisten en grandes lienzos sostenidos por soportes de bronce de féretros originales que invitan a reflexionar sobre la naturaleza y signo de las diferentes creencias y prácticas religiosas. En cada vestido encontramos representaciones figurativas y abstractas que narran una historia relacionada con la cosmogonía de cada religión y la influencia que tienen en el contexto actual: Texturas, colores y tonalidades nos posibilita la lectura de la pieza, las que actúan como puertas que trasladan al paraíso y que logran comunicarnos con nuestros más íntimos deseos”. (Extraído de “Sacred Dresses” de Daniel G. Alfonso).

Marisa Caichiolo. No more blood in your clothes. Performance en Los Ángeles. Cortesía de la artista.

V

El conflicto de la historia no reside en la historia en sí, sino, por el contrario, en los sujetos que la escribimos, que damos cuenta de ella en cada acto, en cada gesto, en cada obra. El nuevo trabajo de la artista argentina Marisa Caichiolo, bajo el sugestivo título La casa/ The house, se aproxima, con declarada sensibilidad, a un acontecimiento reciente ocurrido en la ciudad Thousand Oaks, ubicada en el sureste del condado de Ventura, California, en los Estados Unidos.

Como es habitual, y respondiendo a la operatoria discursiva de su trabajo, esta hermosa instalación vuelve sobre temas que resultan de máxima preocupación para ella. De tal suerte, el incendio devastador que ocurriera en la ciudad y que sirve de pretexto argumental para muestra, se convierte, al mismo tiempo, en otra razón de peso para que Marisa decida reflexionar sobre los roles de la mujer a través de la historia dentro del ámbito doméstico. Qué duda cabe acerca del hecho irrefutable de que cada hogar, cada casa, cada espacio familiar está marcado por la existencia de mujeres que son madres, esposas, hermanas, amigas. Es la mujer ese centro gravitacional desde que se escriben las verdaderas historias de sobrevivencia, de amor, de perpetuación afectiva, de reproducción, de legados que se conservan y se multiplican.

Marisa Caichiolo. The House. Cortesía de la artista.

Estas casas, por tanto, devienen en un homenaje a todas esas víctimas, una metáfora congruente y precisa del valor de la mujer y un gesto de amor/ reconciliación frente al dolor y la pérdida. Lejos de hacer énfasis en el carácter dramático o de postular elaboraciones emergentes y oportunistas de estrategias de empatía más o menos forzadas con la realidad del otro; la artista se involucra en la trama desde la misma autorreferencialidad que su condición impone. De ahí, precisamente, que la pieza se dispone como la fina alegoría de un gran cuerpo femenino en el que la casa quemada y los vestidos refieren –por medio de la recreación ficcional y de la elipsis– a la identidad, la memoria y el legado de las mujeres que habitaron esos espacios arrebatados por el incendio y la insensatez.

La gama cromática y las derivaciones formales que orquestan esta puesta en escena, resultan fundamentales para intentar comprender la cadena de sentidos que se involucran en la instalación y que afectan, por completo, distintos órdenes de la memoria colectiva local. Escribir la historia es un afán que se escabulle, un gesto que peregrina en los frondosos bosques de la mentira cuando sus textos narrativos se construyen solo desde unos centros que focalizan la virtud de los héroes o de los vencedores. Su fijación como tejido, como relato de verdad y de honestidad consumada, ocurre solo y únicamente, cuando su escritura responde a la pertinencia de esos micro relatos y accidentes que dibujan un todo.

Marisa sabe de esto, y tanto que lo sabe, cuando ella misma es artista, es madre, es desplazada, es inmigrante, es sujeto narrador y narrativo a un tiempo. Frente a la invención de la verdad en manos de fabuladores y diestros narradores, Marisa lanza una mirada de advertencia que, como es ella misma, se convierte en un reclamo de amor y de perdón. Estas casas y estos vestidos dejan de ser entonces un ejercicio de representación para traducirse en poética de la interpelación. (Extraído de “La casa”, de Andrés Isaac Santana)

Marisa Caichiolo. The House. Cortesía de la artista.

VI

En esta relación de elementos que expone Marisa Caichiolo –la platería de banquete, la mujer (en la imagen de Rachel Loba Robles) y la redacción roja, en la acción de tejer la historia y resignificarla en su cabellera–, evidencia el nuevo juego de poder: no es el simbolismo de la bota que aplasta, sino la sutileza artística que emancipa. La gramática del escenario, el encono visual de la sala –en el Ateneo de Madrid–, se convierte entonces en la muestra donde la relación de sometimiento y rebelión guardan la debida escala inestable del enfrentamiento en una evidente disputa cultural: “¿En qué más puedo servirle?”, superior en voz y altura, es la interrogante que determina la relación inmersa donde no existe más la servidumbre ni el mito antropológico del gozo dominante.

La relación de poder que hay en las piezas anula la coacción entre quien se ampara en la beligerancia de una ideología, dando paso a la reflexión psíquica que, en su armonía y pulcritud –en un feminismo hermoso y natural, como ya se ha visto en otros discursos de la artista–, persuade al espectador que no haga nada en contra de su voluntad. Los regímenes dictatoriales y represores, producto del desequilibrio entre sabiduría y compasión humana, sólo fortalecen la complicidad en su versión moderna de seducción, consentimiento y exclusión… Y es ahí donde Marisa Caichiolo dice “no” y, a partir de cada caligrafía capilar, su profundo análisis de ¿En qué más puedo servirle? Precisamente sirve para desmontar operaciones de represión, maltrato y dominación. (Extraído de ¿En qué más puedo servirle?, de Rael Salvador).

Marisa Caichiolo. Sacred Seed. Cortesía de la artista.

VII

En «Bajo la piel: vacío», una muestra que explora de manera experta medios de expresión tan diversos como la instalación de videos artísticos, la pintura y la escultura, Caichiolo construye un mundo simbólico: un reino en el que el cuerpo femenino y las prendas que habitualmente lo cubren, se convierten en una metáfora de unidad espiritual y universal. Caichiolo enuncia este reino espiritual a través de una combinación de motivos y símbolos tomados de las religiones y los sistemas de creencias más prominentes (a las que se rinde mayor culto) de la actualidad. Utilizando la ropa como medio de trabajo, elabora y reinventa el legado del vestido para producir un híbrido complejo, un vestido único para una mujer igualmente distinguida: una envoltura para una antigua sacerdotisa que simultáneamente representa a la Madre Universal. Más allá de las diferentes formas con las que el símbolo mujer ha sido configurado por diversas religiones y culturas, su lugar arquetípico es indiscutible. Ella es la creadora de la vida, el útero a partir del cual la humanidad nace y renace perpetuamente cumpliendo así la dialéctica cíclica de la vida. Sin embargo, en todas las culturas del mundo, las mujeres existen como capullos vacíos, como adornos que deben ser adornados por otra piel. Un capullo, una piel, un vestido, todos ellos cubren para intentar enmascarar el vacío y la ausencia generados luego de que los hijos nacen y son liberados a un mundo alejado de las mujeres, las cuales permanecen en vigilia. En este nuevo espacio, la ausencia del cuerpo femenino es reemplazada y cubierta nuevamente por el lenguaje.

En medio de este proceso de cobertura y eliminación, el propio cuerpo femenino encuentra una expresión, experimenta con signos visuales y sonidos, santifica la ropa que cubre el vacío debajo de la piel. Sin embargo, este vacío no es la declaración de un vacío sin sentido. Por el contrario, este vacío se erige como una capacidad y un potencial, refleja lo universal, ya que se encuentra más allá de cualquier parámetro religioso o terrenal. En la búsqueda del principio universal, la artista ha logrado una comprensión al ver en este una realidad paralela a la de su investigación de la condición femenina. La práctica budista de Caichiolo, artista argentina radicada en Los Ángeles, impregna su mirada de arte. El título de la exposición sugiere un proceso de desencarnación y descubrimiento de posibles relaciones entre lo interno y lo externo, y de lo que los distingue durante el movimiento del cubrir y descubrir lo que está bajo la piel. Sus viajes al Golfo Pérsico, donde ha presentado su trabajo, han alterado su percepción del cuerpo femenino. Los colores intensos de sus antiguos vestidos los ha reemplazado el negro, la ausencia de color. En este proceso de expansión espiritual y artística, Caichiolo no niega ni duda del hecho de que es en la ausencia donde reside el potencial. El vacío, entonces, tal vez contenga la amplitud y capacidad suficiente para dar la respuesta que Marisa ha estado buscando. (Extraído de “Bajo la piel: vacío”, de Dermis León).

Marisa Caichiolo. Sacred Seed. Cortesía de la artista.

VIII

En tanto que ecosistemas cosmogónicos, las religiones sólo poseen diferencias sutiles, velos delicados, menguantes axiomas que, como teoremas etéreos, exiliándonos del conocimiento total, disimulan tanto la ascesis como la revelación, la transitoriedad como la iluminación. Basada en la experiencia de la realidad, la visión mística acaricia la conciencia y nos revela —en el ritual, el sacramento, la festividad, el acto de devoción o la física cuántica— las bondades inherentes a lo Universal (samadhi, kenscho, fana, epifanía…); posteriormente, desembelesada del regocijo, la percepción divina trasmuta su miríada a reglas de oro y códigos morales: los diez mandamientos, los preceptos budistas, las tradiciones de Mahoma y las obras de misericordia cristiana. Conversiones siempre de lo celeste a lo terrenal: cartografías de lo inefable.

En su propuesta Sacred Dresses (Vestidos Sagrados), Marisa Caichiolo nos advierte del vacío unívoco que ocupa o deja un cuerpo, de la recíproca aseveración noticiosa del mito, del imborrable caudal del símbolo. Nos acerca, de esa forma, a la armonía cósmica de la ancestralidad religiosa. Holoplástica de lo sagrado, su convocatoria devela, unifica, reintegra. Vestidos o vestigios para recuperar la danza eterna de la sílaba, para hacer del salmo carne melodiosa, para sobreexcitarnos en la plegaria y sus diversificados recorridos astrales. Cabría decir que, sugerido, casi geográfico, el color resulta evocador: el turquesa, breve, como una herencia; el rojo, muy seguro, por momentos excelso, distribuyendo el peso de la oxigenación en las prendas; el negro, purificadora ceniza solar. La textura es manifiesta, cosmogónica: se deja sentir en su lírica visual. Sus vestidos son crisálidas, argumentos que flotaron como olas sobre la piel. Estos vestidos son desencubrimientos que, ahora, reclaman la cosmología del exilio. La gente no lo sabe, pero ahí está, perturbando el presente, la mariposa química del recuerdo. Una memoria arquetípica, voluptuosamente genética, que complace la maestría del que traza los mapas sanguíneos, los relámpagos furiosos del universo, la guía suprema de nuestro encaminado espíritu. (Extraído de “UNIVERSUS DEI. Vestigios de lo sagrado en la plástica de Marisa Caichiolo, de Rael Salvador).

Marisa Caichiolo. Sacred Seed. Cortesía de la artista.

IX

La práctica artística de Marisa Caichiolo, a través de la escultura, la instalación, la performance y la fotografía, se asienta en capas de metáforas y experiencias de vida. Su repertorio de objetos, materiales e imágenes, hace uso de la memoria personal y colectiva generacional para construir y representar escenarios surrealistas des los que se derivan múltiples interpretaciones.

Caichiolo ensaya una rigurosa reflexión sobre la piel, la suya y la de los demás. Y lo hace tanto en su función literal como la vestimenta de nuestras almas, así como en su dimensión poética en tanto que símbolo de individualidad, fuerza, encarnación del ser, límite respecto a los demás, herramienta política, lugar de rituales, elemento mágico y amparo del deseo.

Su indagación en la temática de la piel, involucra tratamientos esculturales de vestimenta simple y ceremonial, así como reflexiones sobre la noción de la piel como una especie de lugar o más bien como un hogar que protege y contiene aquello que vive dentro de ella, tal como (del mismo modo que) la piel protege el corazón. A menudo, sus performances generan momentos íntimos e icónicos en lugares históricos que poseen una importancia personal o colectiva, lo que nuevamente demuestra una conexión entre los conceptos de espacio e historia y la capacidad narrativa del cuerpo, lo cual logra ampliar con el uso emotivo de textiles y vestimenta en relación con el entorno.

En este contexto binario, nos presenta objetos y materiales evocativos que están íntimamente ligados a su propia experiencia dentro de su cuerpo de mujer y su familia matriarcal. Al combinar elementos de la naturaleza con reliquias que trasmiten tradiciones culturales y privadas, junto con la técnica de bordado y el uso de su propio cabello en calidad de hilo literal y metafórico, nos habla directamente sobre cómo la identidad pasa por nuestro cuerpo y, claro, nuestra piel. (Extraído de “Marisa Caichiolo: Límites permeables”, de Shana Nys Dambrot).

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