Woman Art House: Dora Maar

by • 1 abril, 2019 • Woman Art HouseComments (0)833

Dora Maar fue una artista plástica, pintora, fotógrafa y escultora francesa. Muchos la recuerdan solo como la musa y pareja de Pablo Picasso, pero es hora de que la historia de su sitio a esta artista cargada de talento. El pasado domingo hablamos sobre ella en #womanarthouse y en este artículo resumimos todo lo que se dijo. ¡Empezamos!

Nacida en Tous en noviembre de 1907 bajo el nombre de Henriette Theodora Markovitch, Dora creció en una familia cosmopolita entre París y Argentina, aprendió a hablar francés y castellano, y vivió rodeada de cultura (gracias a su padre, un arquitecto croata, y a su madre, una violinista francesa).

De todo aquel ambiente en casa nacería su admiración por el arte. Aunque mostró desde muy joven mucho interés por la pintura y la fotografía, escogió finalmente el arte de la instantánea y decidió comenzar su formación artística en la reconocida Academia de André Lothe. Fue allí donde consiguió grandes amigos y conoció, además, a Henri Cartier-Bresson, un año más joven y todavía lejos de ser reconocido como el gran fotógrafo que luego fue. Él mismo describía a Maar como “una fotógrafa extraordinaria, en su obra siempre hay algo muy sobrecogedor y algo muy misterioso.”

Tras terminar, ¿qué hacer? ¿Por qué no continuar sus estudios? Así lo hizo en L’École de Photographie de la Ville de Paris y, para poder asumir el gasto que suponía revelar sus fotografías, algunos cuentan que impartió clases privadas a Pierre Kéfer a cambio de que le dejara usar el taller.

Desde sus épocas de estudiante Dora rompió las reglas de la época. Viajó sola a España, expuso en numerosos lugares y se introdujo en los círculos más vanguardistas del París de los años 20 y 30. ¡Era una integrante prominente de la vanguardia parisina!

En sus primeros años la artista sobrevive y consigue dinero gracias a trabajos relacionados con el mundo de la moda y la publicidad. Pero en 1934 entró en contacto con el grupo surrealista tras conocer a George Bataille. Dentro del movimiento surrealismo fue muy prolífica: experimentó con el fotomontaje, el fotocollage, la sobreimpresión o el desenfoque y rompió con los convencionalismos a través de la libre asociación de imágenes, buscando las formas ocultas de los objetos. Sus fotografías de entonces están envueltas en un halo enigmático, místico y en cierta medida tenebroso que reflejan muy bien su propio carácter: melancólica, inteligente y emocionalmente compleja.

Además, afectada por los acontecimientos políticos, visitó Barcelona, París o Londres para crear fotografías en las que captó la realidad social: pobreza, desesperación y marginalidad. ¡Fue una tenaz activista de izquierdas que reflejaba su descontento social! Sus fotografías de perdedores y excluidos fueron muy valoradas por los expertos.

Gracias al hecho de poder beber del ambiente en el que estaba, nunca dejó de experimentar. Desde producciones cinematográficas hasta esculturas abstractas, su obra es difícil de definir. Aún podemos destacar que en su trabajo se distinguen cuatro líneas principales:

– La fotografía de calle, donde combinó humor y crítica social.
– La fotografía surrealista, movimiento de éxito en la época.
– Los retratos, entre los que destacaban sus amigos y círculo próximo.
– Y la fotografía de moda y publicidad.

Conocía cada uno de los efectos que el cambio de luz o el desenfoque podía conseguir en su fotografía, creando imágenes con un aire onírico, misterioso y enigmático.

Su vida cambió un día cuando Pablo Picasso entró en la cafetería Les Deux Magots de París, donde ella estaba. Dora realizaba un juego extraño: intercalaba entre sus dedos una navaja que finalmente, cuando se cortaba, teñía sus guantes de rojo y ese desafío al mundo interesó al artista malagueño. Él tenía 55 años; ella, 29. Iniciaron una tortuosa relación amorosa que duró cerca de diez años.

Desde un principio hubo un gran entendimiento intelectual entre ambos e inicialmente Maar experimentó, innovó y creó grandes obras, con imágenes tan conocidas como el “Retrato de Ubú” (un icono del surrealismo que condensa las ideas sobre el origen siniestro y aparentemente inocente de lo monstruoso).


Años después, Dora captó también con su cámara el proceso productivo de una de las obras maestras de la época: el Guernica. El cuadro evolucionó ante la cámara de la fotógrafa desde un gigantesco boceto a una obra maestra. Su objetivo plasmó minuciosamente toda la metamorfosis de los personajes, un trabajo por el que nunca llegó a cobrar nada, ni siquiera los derechos de reproducción que tan bien le hubieran venido en los difíciles años posteriores. Aún así hay que darle la posición que le corresponde: con este trabajo Dora se anticipó a lo que más tarde se conocería como el género foto-documental entre el arte y el periodismo.

Tristemente la figura y el talento de Dora Maar fueron eclipsados durante largo tiempo por la relación que mantuvo con Picasso, en parte “devorada” por el mito del genio del pintor. Tal como afirma la critica y comisaria Victoria Combalia, “Picasso le reconocía su valía como artista, pero Dora Maar me dijo en una ocasión que los hombres roban mucho las ideas. Y esto es verdad. A ella también le pasó. Tenemos que entender que Picasso nunca pensó que ella le hiciera sombra, pero luego ella era excelente y él se lo reconocía, porque él entendía cuando las fotos eran buenas. Picasso se sentía superior a todos, a hombres, mujeres y a cualquiera.”

Durante toda la relación Dora fue la protagonista de los cuadros de Picasso pero el amor duró solo unos años. Françoise Gilot apareció en la vida de Picasso cuando el pintor empezó a considerar a Maar aburrida, desequilibrada y testaruda. En 1945 la relación terminó y Dora, según Picasso, empezó a mostrar un comportamiento extraño y paranoico. La vida de la artista francesa se transformó en un infierno.

Fue ingresada en el hospital de Sainte-Anne y le fueron aplicados tratamientos de electroshock. Paul Élouard acusó a Picasso de ser el responsable de tamaño sufrimiento. Ella misma comentó: “cuando Picasso me abandonó todos se pensaban que me suicidaría. No lo hice para no darle esa satisfacción”
Tras la ruptura, su nombre quedó oculto tras la sombra de Picasso y su figura fue quedando en el olvido. “Necesito construir un halo de misterio entorno a mí porque todavía soy demasiado conocida como mujer de Pablo” decía.
Anulada y humillada artísticamente, abrazó el catolicismo con una intensidad que sorprendió a muchos. Retomó su interés por la pintura plasmando pequeños paisajes de la campiña francesa y muy esporádicamente siguió fotografiando, como así lo mostró su legado.
Murió sola a los 90 años, en 1997 en un hospital de París y a su entierro acudieron solo 7 personas. El periodista Alan Riding escribió: “no era más que un pie de página en la vida de un gran artista que había muerto veinticuatro años antes”.

Para conocer más sobre esta gran mujer, podéis leer el libro “Dora Maar, con o sin Picasso”, publicado por la editorial Destino. (+info)

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