Woman Art House. Frida Kahlo

by • 16 noviembre, 2018 • Woman Art HouseComments (0)546

Admirada por muchos, conocida por todos, Frida Kahlo (1907-1954) es la gran artista mexicana del siglo XX. Abordar su práctica artística, que casi siempre se enreda con su biografía, evitando los clichés, es el reto que pretendido en el último hilo para Woman Art House.

«¿Por qué hablar, entonces, de Frida Kahlo? Porque la obra de Frida me encanta, así de simple; me impresionó particularmente desde que ví el primer cuadro. Es de las pocas obras plásticas que  me hacen estremecer, que me hacen experimentar fuertes sensaciones entre las que domina el placer; a veces porque lo que veo me parece bello, a veces triste, a veces… Me gusta la obra de Frida porque me dice, me comunica muchas cosas de todo tipo; sería una mentira si dijera: me gusta porque sí.» Eli Bartra, Frida Kahlo. Mujer, ideología, arte. México, 1987. Icaria Editorial, Barcelona, 1994.

FRIDA LA COJA

Frida Kahlo nace en 1907, aunque continuamente afirma haber nacido en 1910, al mismo tiempo que la Revolución Mexicana, que tras los 30 años de dictadura de Porfirio Díaz aspiraba a realizar profundos cambios sociales en el México poscolonial. Su simpatía primero y compromiso posterior por el mexicanismo es uno de los punto de partida en su trayectoria pictórica, que debe entenderse como resultado de las confluencias entre la cultura popular, la tradición pictórica colonial y los cambios socio culturales en el México de principios del siglo XX. Con frecuencia recurre a sus orígenes como una manera de expresar su compromiso revolucionario.

En la pintura de 1936, Mis abuelos, mis padres y yo Frida Kahlo se representa en el jardín de la Casa Azul, su casa natal y hoy Museo Frida Kahlo. Está acompañada de sus padres, a quienes ha retratado tomando como referencia la única fotografía de día de su matrimonio. Su madre es Matilde Calderón, hija de Isabel González, de origen español, y Antonio Calderón, un fotógrafo de origen indio, que aparecen representados sobre un paisaje desértico, mexicano. Su padre, Guillermo Kahlo, llega a México en 1891 procedente de una familia judía húngara emigrada a Alemania. Sus abuelos paternos son representados en esta pintura sobre un océano, simbolizando su procedencia europea. Por mediación de su suegro trabajará para el gobierno de Porfirio Díaz en el inventario fotográfico de los monumentos prehispánicos y coloniales de México. En 1949 retoma su árbol genealógico pintando una versión posterior que queda inconclusa. Estas obras funcionan como las pinturas de castas, género propio del Virreinato de la Nueva España del siglo XVIII con un gran desarrollo y circulación tanto en México como en Europa. Frida Kahlo retoma el género de las pinturas de castas para representarse como el resultado de la mezcla de razas del Nuevo México.

La pequeña Frida Kahlo se siente tremendamente vinculada a la figura de su padre. Así lo muestra en el Retrato de mi padre (1952), donde toma como modelo un retrato de Guillermo Kahlo de 1925, e incorpora una dedicatoria llena de admiración, a la manera de la pintura mexicana colonial del siglo XIX.

«Pinté a mi padre, Wilhem Kahlo, de origen húngaro-alemán, artista fotógrafo de profesión, de carácter generoso, inteligente y fino; valiente porque padeció durante sesenta años epilepsia, pero jamás dejó de trabajar y luchar contra Hitler. Con adoración, su hija, Frida Kahlo.»

El vínculo con la figura paterna se muestra evidente en obras como este retrato. En cambio hacia su madre no siente la misma unión. La propia artista narra este desarraigo cuando tras el nacimiento de su hermana es amamantada por una ama indígena. En Mi nana y yo (1937), Frida Kahlo se autorepresenta como bebe-adulta sostenida por la ama con máscara precolombina. A medio camino entre las maternidades cristianas occidentales y la diosa precolombina de la maternidad la imagen viene a reforzar el origen mestizo de la pintora. Frida Kahlo inventa esta iconografía mestiza de sí misma para tomar partido por ese México revolucionario que apuesta por la tradición indígena y popular frente a la cultura colonial. La identidad ciertamente mestiza de Frida Kahlo, oculta de manera intencionada su origen burgués.

A los seis años Frida Kahlo enferma de poliomielitis, sufriendo un retraso en el crecimiento muscular de su pierna y pie derechos que durante mucho tiempo ocultará bajo pantalones y largas faldas mexicanas. La gran desgracia de “Frida la coja” sucede el 17 de septiembre de 1925, cuando regresando de la escuela, el autobús en el que viajaba colisiona con un tranvía. Un accidente en el que fallecieron varios viajeros y que dejó en ella importantes secuelas de por vida. Este hecho tiene un gran impacto en la artista pues el accidente reaparecerá sufriendo sus consecuencias físicas y emocionales. A pesar de ello y de la importancia que aparentemente su autobiografía tiene en su obra pictórica, la artista nunca pintaría sobre el accidente a excepción de un pequeño retablo de 1943. Este retablo es un exvoto anónimo del que se apropia y manipula, incorporando sus rasgos y texto para convertirlo en su propio agradecimiento.

El accidente de tranvía obliga a Frida Kahlo a permanecer inmóvil en la cama durante varios meses. Para pasar el tiempo toma la caja de colores y pinceles de su padre y comienza a pintar en una estructura de caballete acoplado a la cama con un baldaquino cubierto con espejos. Este es el comienzo de los innumerables autorretratos que conforman la mayor parte de su obra pictórica:

«ME RETRATO A MÍ MISMA PORQUE PASO MUCHO TIEMPO SOLA Y PORQUE SOY EL MOTIVO QUE MEJOR CONOZCO».

Hacia 1928 Frida Kahlo comienza a relacionarse con el grupo de artistas e intelectuales relacionados con el “mexicanismo”. Este movimiento aboga por revalorizar la cultura popular mexicana exaltando las ideas nacionales y la función social del arte. Estas relaciones van a mexicanizar a la artista, convirtiéndola en la imagen de la mujer típica mexicana afín al proletariado y las clases indígenas. Esto se muestra continuamente en sus autorretratos en los que remite a las confluencias culturales precolombinas y coloniales que comparten lugar en sus autorepresentaciones. Desde el punto de vista del mexicanismo, podríamos leer su obra como “auténtica” al representarse como mestiza: resultado de la mezcla de sangre india y española. Este es el lenguaje pictórico que mejor le caracteriza, utilizando constantemente símbolos e imágenes procedentes del arte popular mexicano, la cultura precolombina, representaciones de santos y creencias populares que aún perviven en la cotidianidad mexicana.

Frida Kahlo habitúa a vestir trajes regionales mexicanos, expresando así su identificación con la población indígena. Son muy comunes las imágenes de la artista con el traje de tehuana, procedente de Oaxaca, o el huipil bordado. Esta construcción de sí misma es resultado de algo más performático, una especie de travestismo cultural que Frida Kahlo va a convertir al mismo tiempo en una cuestión política-nacionalista y creativa.

En esta construcción de su propio imaginario, realidad y fantasía se funden, de la misma manera que en la cultura visual mexicana. Esto se entiende en Europa como surrealista, un término erróneo si consideramos que nunca se alejó de la realidad. Poco tienen de surrealismo obras como Henry Ford hospital o Mi nacimiento, ambas obras realizadas en 1932 mientras residía en Detroit. Ese verano Frida Kahlo sufre un aborto, que no será el primero ni el último como consecuencia del accidente sufrido en 1925. Unos meses más tarde recibe la noticia de la muerte de su madre. En estas obras Frida Kahlo pinta la realidad tal y como ella la siente. Como en las pinturas de exvotos populares mexicanos, representa su desgracia, la pérdida y el dolor, combinando hechos biográficos con elementos fantásticos, a los que dota de un absoluto simbolismo.

La prueba de que nunca se va a alejar de la realidad se muestra en el empleo que hace de la misma para reflejar su estado emocional. La realidad es traducida a imágenes pictóricas que no se deben simplificar a partir de su biografía. Es algo que resulta paradójico en Unos cuantos piquetitos (1935) en donde representa un hecho real: un cruel feminicidio por celos y la declaración del asesino: «¡Pero si no eran más que unos cuantos piquetitos!». Es muy recurrente interpretar esta obra dentro de la esperpéntica relación matrimonial de Frida Kahlo en este momento. Pero recurrir a esto, es obviar la denuncia evidente y rotunda que la artista está articulando contra la violencia hacia las mujeres. En esta obra se nombra el feminicidio sin ambigüedad, como un tipo de violencia específica hacia las mujeres, adelantándose incluso al interés de las prácticas artísticas feministas a partir de la década de los 70 por las cuestiones de género.

En 1938 llegan a México Jacqueline Lamba y André Breton cuyo contacto supone la primera exposición de Frida Kahlo fuera del país. Fue el propio Breton quien considera y presenta su obra como una especie de surrealismo “ingenuo” con dotes de humor. Nada encuentro de surrealista o de ingenuidad en estas obras o en el retablo del suicidio de la aspirante a actriz Dorothy Hale, que Frida Kahlo pintó por encargo mientras exponía en Nueva York en 1938.

«NO VOLVERÉ A ACEPTAR DINERO DE UN HOMBRE MIENTRAS VIVA»

Tras exponer en Nueva York (1938) y París (1939), Frida Kahlo regresa a México y comienza los trámites de divorcio. Instalada en la Casa Azul inaugura una etapa de relativa soledad en la que intentará vivir de la pintura. Es en este momento cuando realiza una de sus obras más icónicas. Se trata del autorretrato Las dos Fridas (1939) en el que representa a la Frida mexicana con traje de Tehuana y a la europea con traje de encaje. Ambas Fridas con el corazón desnudo están unidas por una arteria que amenaza con desangrar.

A partir de esta obra realiza una serie de autorretratos en los que se va despojando de la Frida femenina y mexicana que se espera de ella. En Autorretrato con pelo cortado (1940) se ha liberado de los atributos femeninos; ahora viste traje masculino y ha cortado su cabello violentamente.

En la década de los 40 Frida Kahlo inaugura exposiciones dentro y fuera de México, recibe numerosos encargos, comienza a dar clases de pintura dentro de los programas nacionales educativos; pero al mismo tiempo su salud va empeorando notablemente. Recurre a iconografías tradicionales cristianas para representar su dolor como en La columna rota (1944) en donde los clavos y la columna simbolizan su propio martirio.

En los últimos años de su vida Frida Kahlo realiza pocos autorretratos. Su dedicación va a centrarse casi exclusivamente en la producción de naturalezas muertas que ella titula “naturalezas vivas”. En este momento su pincelada se vuelve más evasiva, probablemente por el abuso de analgésicos. En 1942 empieza a escribir un diario con interesantes apuntes sobre sus últimos años de vida, en los que se mezclan experiencias y sentimientos vitales e interesantes aspectos sobre los acontecimientos políticos y sociales tanto mexicanos como internacionales.

La obra de Frida Kahlo me resulta tremendamente contradictoria y excesivamente mitificada. Probablemente fue la propia Frida quien participó en la construcción de la imagen mitificada de sí misma. En realidad es una artista popular que recoge el legado inmediatamente anterior de la pintura mexicana y la cultura visual. En sus exvotos y autorretratos exalta la mexicanidad posrevolucionaria mostrando un alto contenido político en busca de una identidad que se distancie del neocolonialismo cultural.


El próximo domingo 18 de noviembre Sara Torres Sifón presenta a la pionera de la abstracción Hilma af Klint. Podés seguir el hilo desde el perfil en Twitter de @saratorressif y el hashtag #WomanArtHouse.

Post Relacionado

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *