Woman Art House: Georgia O’Keeffe

by • 16 octubre, 2020 • Woman Art HouseComments (0)721

«Una flor es relativamente pequeña. Todo el mundo asocia muchas cosas con una flor. La idea de las flores. Nadie se toma tiempo para mirar una flor. Así que me dije –voy a pintar lo que veo– lo que la flor es para mí, pero lo voy a pintar grande y se sorprenderán de tomarse tiempo para mirarla»

Georgia O’Keeffe (1887 – 1986) nació en Sun Prairie, Wisconsin y con 12 años ya había decidido que quería ser artista. Se matriculó con 17 años en el Art Institute de Chicago y, tras difíciles problemas que interrumpieron su formación, se trasladó a Nueva York para continuar estudiando.

Como indica Lisa M. Messinger: «Todo hacía esperar que, como tantas mujeres de su generación, le aguardase una carrera en el diseño gráfico o la enseñanza artística, cosas que practicó en distintas épocas entre 1908 y 1918». Pero O’Keeffe se lanzó a la experimentación «radical» y personal, creando un universo característico y propio, basado en sus grandes pasiones como la naturaleza y la jardinería y en la admiración que sentía por el oeste americano y que, junto a su carácter fuerte y tenaz, y el desbordante talento que ha definido siempre a la artista, perfilaron su dilatada trayectoria.

Georgia O’Keeffe, Red Canna, 1924 (Georgia O’Keeffe Museum)

La ruptura con las prácticas artísticas al uso le hizo también concebir la idea de una dedicación exclusiva al trabajo de creación, una etapa crucial en su trayectoria donde sus dibujos y acuarelas pasaron a óleos sobre tela de mayor formato. En una época liderada por los artistas «pioneros del arte americano», Georgia O’Keeffe no se dejó eclipsar, siendo bautizada como la madre del modernismo americano y debutó en Nueva York en la galería de Alfred Stieglitz, quien más tarde se convertiría en su marido. O’Keeffe protagonizó muchas de las fotografías de este, en lo que ella denominaba como un juego de performance entre la artista y el fotógrafo.

Así, Las primeras obras de O’Keeffe se mueven entre formas lineales y sinuosas abstractas, que pintaba al escuchar música o a partir de recuerdos. Más tarde, pasó de acuarelas en blanco y negro a carbón, a combinaciones cromáticas e inesperadas con miles de matices que creaban gran diversidad de efectos visuales y emocionales en las obras. O’Keeffe comenzó a plasmar formas naturales, sensuales, desde perfiles ondulantes y redondeados a geometrías duras y facetadas. Su fama se cimentó en gran medida sobre el éxito repetido de aquellas pinturas botánicas, en particular las flores grandes y vistosas que empezó a hacer en los años veinte. Son imágenes plasmadas de manera exquisita, con realismo y fina percepción para el detalle.

Georgia O’Keeffe, Grey Lines with Black, Blue and Yellow, 1923 (Georgia O’Keeffe Museum)

La crítica se empeñaba en buscar una parte de autorretrato erótico oculto en las formas de Georgia O’Keeffe «para no herir la sensibilidad del espectador por el mero hecho de estar pintados por una mujer». Frustrada con este limitado punto de vista, O’Keeffe evolucionó de la abstracción al realismo fotográfico, para hacer evidente su interés, no por la sexualidad femenina, sino por las maravillas de la naturaleza. Así, la artista añade un punto de vista diferente ante las tradicionales representaciones de las flores. Ahora son monumentales, ocupan todo el lienzo y se abren hacia el espectador con variaciones tonales y mostrando los diferentes ciclos de las plantas.

Otra faceta también conocida de la artista tuvo lugar durante su estancia en Nueva York, donde admiraba y disfrutaba de la arquitectura moderna, realizando paisajes urbanos. O’Keeffe pinta las luces de la ciudad con gran intensidad y lo combina con tonos más ocres y neutros. Uno de los más conocidos lo encontramos en el Museo Thyssen de Madrid: Calle de Nueva York con luna un óleo de 1925.

Georgia O’Keeffe, Calle de Nueva York con luna, 1925 (Museo Nacional Thyssen-Bornemisza)

Durante su vida, Georgia O’Keeffe había realizado numerosos viajes a Nuevo México, donde pasaba largas temporadas dibujando, atraída por los grandes y diferentes paisajes desérticos; pero tras la muerte de su marido y desde 1949, se estableció de forma permanente, en su casa-estudio de Abiquiu. Una etapa más independiente y personal de la artista en la que continuó explorando y dibujando los parajes monumentales que la rodeaban y los huesos de animales que recogía en su entorno.

Georgia O’Keeffe y el cráneo. Abiquiú, Nuevo México, 1960. Fotografía de Tony Vaccaro

Pero su retiro no frenó el éxito de su carrera, ya que durante la década de 1940 O’Keeffe tuvo dos exposiciones individuales, la primera en el Art Institute de Chicago (1943), y la segunda en 1946, cuando fue la primera mujer artista en tener una retrospectiva en The Museum of Modern Art (MoMA).

Sus obras representan ahora una relación peculiar entre el reino de los vivos y el espiritual con tintes de surrealismo: espectaculares cráneos de inmensos cuernos suspendidos en el aire, con elementos florales y paisajes inhóspitos. Estas últimas representaciones centraron más su última etapa, ya que O’Keeffe dibujó las montañas monumentales que la rodeaban, con tonos rojizos y un mayor enfoque en los trazos simples, en el color y en el contorno de las formas por encima de los estándares más realistas de la época.

Georgia O’Keeffe, Días de verano, 1936 (Nueva York, Whitney Museum of American Art)

La casa donde vivió, perfectamente integrada en el entorno, o las costumbres indígenas también fascinaban a la artista. Sorprende en esta etapa su poco conocida Escalera a la luna (1958), una representación de la relación simbólica de los indios y la madre tierra. Esta pintura, junto a las de cráneos y huesos de animales han sido descritas como una forma de “surrealismo del sudoeste” no muy alejada de las formas suspendidas de René Magritte.

Georgia O’Keeffe, Escalera a la luna, 1958 (Nueva York, Colección Emily Fisher Landau)

Georgia O’Keeffe continuó pintando hasta 1970 y falleció en 1986 en Santa Fe. Su espíritu pionero e incansable como mujer y artista dejó un amplio legado de originales obras que rompieron los estándares de la época en Estados Unidos. En 2014, se convirtió en la mujer artista más cara del mercado del arte al vender el lienzo Estramonio/flor blanca nº1 por 44,4 millones de dólares.

«De alguna manera, O’Keeffe culmina en la historia de la pintura una trayectoria liberadora que había inaugurado Hilma af Klint tres décadas antes que la norteamericana, pero sobre todo un referente de la abstracción que permitió a las mujeres artistas inventar su propio lenguaje para expresarse –sin esperar el permiso del sistema patriarcal–de una manera que hasta entonces era inconcebible.»
Peio H. Riaño en “Georgia O’Keeffe y la liberación femenina”, El País (2020)

Georgia O’Keeffe, Estramonio/flor blanca nº1, 1932

«Creo que hay algo sin explorar sobre las mujeres que solo una mujer puede ver»
Georgia O’Keeffe


El próximo domingo en Woman Art House se hablará de la artista Bridget Riley de la mano de Montaña Hurtado ¡No te lo pierdas!

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