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Ernesto Crespo

Written by: arte Arte Contemporáneo Crítica de arte Exposiciones

La inocencia de “El jardinero”. Reseña sobre el solo show de Ernesto Crespo

Hay metáforas que nos acompañan desde siempre, que heredamos sin cuestionar siquiera su carácter ambiguo, porque ya habitan en cierto automatismo cotidiano; metáforas que resignificamos a lo largo de los siglos porque cada época se antoja de imprimir su propio espíritu, su propio ánimo. Ernesto Crespo (Artemisa, Cuba, 1994) ve en el jardín un área que nos pertenece; pero esa pertenencia no se establece desde una relación de poder, sino desde el intercambio, no es un lugar que se invade, sino que nos identifica y al que nos debemos. “El jardinero” es quien que se esfuerza por mantenerlo vivo, y en él se inspira el título de su exposición que, coordinada por Lariot Collective, ocupó Plus Artis desde el 22 al 29 de marzo.

El gran jardín © Ernesto Crespo

«Tiene un poco del Teatro Martí de La Habana y también mucho de invención» -me comenta el día de la apertura frente a “El gran jardín”. Creo entonces que este es un elemento clave para acceder a la muestra. Si por un momento nos detenemos a pensar en la narración, podemos asumir que el acto de ficcionar es indisociable a ella; aunque pretendamos recordar y reconstruir los hechos tal cual han sucedido, estamos a la deriva de la memoria. Pensamos, por tanto, en la narración como la representación de los hechos y no los hechos en sí mismos, el arte representa la realidad, la interpreta y en ese ejercicio crea una propia. No percibo, entonces, una bitácora de su cotidianidad fáctica más inmediata. Por el contrario, el velo cromático que cubre a todas las piezas y las agrupa con coherencia, nos habla quizás de una ensoñación, de una mirada personal que filtra sus estímulos, el relato de acontecimientos específicos dentro de una historia.

Volvamos a la pieza que inaugura el recorrido. El escenario es un jardín y Ernesto hace que esta vez no lo veamos desde las butacas, no somos el público que juzga. La función no ha empezado y, desde el fondo, descubrimos la armadura detrás de la belleza, las estructuras que sostienen un entorno que es una ilusión. Eso hace la escenografía cuando quiere imitar la realidad, nos induce a su engaño para hacernos padecer los giros del drama al que le sirve de contexto. Pero hoy no, hoy somos cómplices, hoy entendemos la magia desde otro lugar de enunciación, inmerso(a)s en el andamiaje en el que usualmente no se repara.

El escenario es “El gran jardín” que podemos acomodar a nuestro antojo. Su maqueta espera por el halago o la intromisión de la mirada inconforme. De cualquier forma, es más que el descubrimiento del proceso artístico, más que el paso anterior a la pintura, es ella misma objeto escultórico, la evidencia de que podemos ser quiénes configuren su propio contexto. Es de esperar que Ernesto domine todo lo que conforma una puesta en escena, todo aquello que estructura y hace posible el emplazamiento del acto teatral. En el año 2021 se graduó de la especialidad de Diseño Escénico por la Universidad de las Artes en La Habana (ISA), disciplina que ha inspirado su obra visual y de la que ha extraído, además, una metodología acertada y oportuna para la confección del dispositivo artístico.

Maqueta de El gran jardín © Ernesto Crespo

Aparece, por supuesto, la imagen del jardinero. He querido ver al mismo hombre, quizás en diferentes momentos de su vida: blanco, puede que estadounidense, vestido a la moda de los años cuarenta-cincuenta, pareciera un personaje cinematográfico; otro rasgo que subraya la veladura del absurdo, de la autonomía de la creación. En una obra ha tenido que emular con el ciprés para podarlo, sus piernas desproporcionalmente altas le hacen alcanzar el tope del árbol, su mutación le ha permitido el contacto. En el fondo unas colinas planas, como recortes de papel, se superponen resaltando el artificio en el paisaje que poco tiene de natural y mucho de construido. Sobre otro fondo de igual configuración, bajo un cenital, se encuentra inmerso en la labor de recortar los finos límites que ha creado la yerba entre la tierra, trabajo que amerita paciencia y esmero, a veces imperceptible para quienes transitan habitualmente por esos suelos, pero sin lugar a dudas necesario. Así es también el trabajo de “El tramoyista”, a quien consagra esta pieza en homenaje a su dedicación, invisible para el público, pero vital para el espectáculo.

Siete piezas -dispuestas una a continuación de la otra- componen “El injerto”, como si se tratara de fotogramas, enfatizando así su voluntad narrativa. En un plano detalle describe cómo unas manos cortan una rama que posteriormente será plantada. Por tanto, no se trata solo de la acción que acontece durante estos siete momentos, sino todo lo que ocurrirá después, nos provoca avizorar el nuevo emplazamiento para esa nueva planta que ganará independencia. ¿Ese nuevo árbol será “El ficus” emplazado a pocos metros? Especulaciones, en definitiva, el fin último de la ambigüedad. Per sí es cierto que una vez más nos sorprende la factura de la pieza, la pintura logra con la figuración sobre la madera recortada según la silueta del ficus, la descripción de la realidad.

El injerto © Ernesto Crespo

En “El naranjo” está nuevamente el jardinero en un ambiente no muy diferente a los anteriores. Con sus tijeras arranca un trozo de papel del lugar donde están las ramas y las hojas. Todo el árbol es de papel o de un material que se le asemeja. La pintura logra la representación dentro de la representación, la imagen dentro de la imagen. Platón contempla sonriente. La simulación nos reta desde la estructura de elementos que se incorporan orgánicamente en un contexto que a priori no le pertenece.

Cierta candidez podemos percibir en estas imágenes, pero es que ese mismo calificativo nos lleva a reflexionar sobre el empecinado optimismo y también nos hace recordar la importancia de enfocarnos en el aquí y el ahora, de potenciar lo que tenemos entre las manos, de cultivar nuestro propio jardín. Aquí es donde el simulacro se luce. Nos han manipulado. Cada ángulo desde el que pinta, cada fragmento ¿absurdo? que habita en aquellos paisajes artificiosos, nos restriega la farsa, la invención, pero con la mejor de las intenciones, valorar y empatizar con los protagónicos de esta puesta teatral, esos que generalmente no salen a proscenio a saludar al público.

Otra vez el arte y la vida se confunden, se camuflan. La realidad es artificio, creación, como también lo es la jardinería. Y el jardín de Ernesto Crespo es un montaje al que no deberíamos acceder desde una expectación pasiva, somos cómplices de su proceso.

Etiquetas: , , Last modified: 4 abril, 2025