Algunas plantas tropicales, emergen con sus grandes, exóticas y robustas hojas verdes envolviendo sus flores. A veces cuelgan y otras desafían la gravedad. Colores vibrantes, inflorescencias en múltiples planos, proporcionando un efecto casi tridimensional. Estas plantas pertenecen a un ecosistema tropical, lejos de ahí, aunque pueden llegar a adaptarse, la aclimatación no siempre es favorable, ni mucho menos fácil. Una planta que pasa por el desarraigo porta consigo cicatrices que quedan solo visibles por dentro.

En las obras de arte, podemos encontrar huellas sobre las raíces del artista, unas veces se muestran como detalles sutiles otras son muy claras. Colores que manan desde la savia de su más tierna infancia, lugares íntimos, personales y a la vez universales. En este caso, hablamos de una artista que lleva consigo la colorida vitalidad de esas plantas tropicales.

Alejandra Caicedo (Cali, Colombia 1996), también conocida como La Rue, es una artista de origen afro-latinoamericano. Se licenció en Bellas Artes, en la Universidad del Valle, Cali, Colombia. En 2021 se traslada a Alemania, donde cursa un Master en Bellas Artes en la Universidad de Hamburgo con una excelente calificación final, lugar donde reside desde entonces. Ha realizado exhibiciones individuales y colectivas en Barcelona, Hamburgo, Bélgica o Múnich entre otros. Desde 2025 es cofundadora y coordinadora de un proyecto llamado “Community Space Hamburg”, que organiza y planifica talleres, exposiciones y diversos eventos culturales.

Sus imágenes luminosas de tonos pastel recuerdan al realismo mágico de la literatura de su compatriota Gabriel García Márquez. Trenzas imposibles en su longitud o plantas creciendo desde el interior de unos zapatos, nos muestran el mundo personal creativo de Alejandra Caicedo. Representa una voz fuerte dentro del arte contemporáneo latinoamericano de su generación. Su manifestación artística abarca la pintura, la escultura y el arte urbano.

“Crecí en un contexto latinoamericano donde el arte urbano tiene una presencia muy fuerte, incluso más visible que el arte institucional. En países como Colombia, México o Brasil, el muralismo y el grafiti no son prácticas periféricas: son formas de expresión directa, política y cotidiana. El arte está en la calle, dialoga con la ciudad y forma parte de su identidad. Para mí era natural entender la pintura no solo como algo que pertenece al lienzo o a la galería, sino como una herramienta que puede habitar el espacio público. El mural genera un diálogo inmediato con la sociedad. No se encuentra en un lugar exclusivo para quienes ya están interesados en el arte, sino que aparece en el recorrido diario de cualquier persona. Esa accesibilidad lo convierte en un lenguaje más horizontal y más vivo. Además, el proceso de creación en la calle es profundamente relacional. La obra no se construye en aislamiento; está atravesada por el entorno, por las conversaciones con vecinos y transeúntes, por las dinámicas del barrio, por el clima y la arquitectura. Muchas veces la pieza se transforma bajo la influencia del lugar donde nace. Eso me enseñó a entender la pintura como algo dinámico, no estático. Cuando empecé a pintar murales como mujer en una ciudad como Cali, en un país como Colombia, también comprendí que ocupar la calle no es un gesto neutral. La calle no siempre es un espacio seguro para mujeres, y la escena del arte urbano ha estado históricamente dominada por hombres. Subirme a un andamio y firmar un muro era también afirmar mi derecho de estar ahí. No solo quería representar figuras femeninas; quería que esas imágenes existieran a gran escala, visibles, imposibles de ignorar. Pintar en la calle fue una forma de presencia, de posicionamiento y de afirmación identitaria. Fue entender que el arte puede ser bello, pero también directo, social y profundamente político”, cuenta la artista.

En todas estas expresiones, sus recuerdos personales se plasman fundidos con las sensaciones de un cuerpo migrante, el suyo propio. Lo exótico y colorido se fragmenta en sus obras, como el alma de quien porta una memoria muy distinta al lugar donde ahora habita.
Podemos vestirnos como ellos, comer lo que comen, ir a los sitios que frecuentan; pero su arte desvela la verdad de quien no nació en ese lugar: nunca te sientes completamente en casa. Y ellos, al igual que tú, saben que no perteneces a ese sitio, aunque se te acoja como un igual. Alejandra Caicedo construye y conforma todas esas piezas. La migración te lleva hacia una inevitable transformación interna. Cuando sales de la zona confortable del hogar, ya no vuelves a ser nunca el mismo. Se genera entonces un nuevo y rico espacio personal donde habitar llamado: entre dos tierras. Las líneas se difuminan y se funden en un nuevo yo. Caicedo lo muestra a través del arte, ese espejo que nunca miente.

“Salir de mi lugar de origen me obligó a reconstruirme desde un lugar intermedio. Migrar no es simplemente cambiar de país, es entrar en una zona donde ya no se pertenece del todo al lugar de partida, pero tampoco completamente al lugar de llegada. Con el tiempo entendí que ese estado no era solo una sensación personal, sino algo que ha sido pensado teóricamente. El concepto “tercer espacio” desarrollado por Homi K.Bhabha, describe precisamente ese territorio intermedio donde las identidades se configuran. Me hizo entenderme un poco más para crear desde ahí. Porque no es una mezcla simple, sino un espacio de negociación constante y transformación. Como artista, habitar ese tercer espacio me dio mayor profundidad conceptual. Empecé a comprender mi trabajo no solo como producción visual, sino como una práctica atravesada por desplazamiento, memoria, género y por las lecturas culturales que se proyectan sobre el cuerpo. Mi pintura dejó de ser únicamente intuitiva y se volvió más consciente de las estructuras históricas y simbólicas que la atraviesan. Como persona, ese proceso me dio una mirada más compleja sobre la pertenencia. Aprendí que se puede amar el lugar de origen sin idealizarlo y habitar el nuevo contexto sin diluirse en él. La madurez llegó cuando entendí que mi identidad no necesita resolverse en una sola pertenencia, sino que puede existir en ese espacio intermedio”, expresa Alejandra.

Quizá lo exótico no solo sea la sensualidad tropical, sus obras muestran la dualidad entre su tierra y la dulcificada imagen del Norte Global, ¿dónde se encuentra el paraíso entonces? La artista aborda las erróneas expectativas de quien vive entre culturas. Esta vivencia personal genera espacios que parecen irresueltos en sus obras, por esa contradicción entre lo que soy, de donde vengo y donde estoy. El estilo de Alejandra Caicedo es como un paraíso donde si te quedas un rato, notas que algo no está del todo bien… y justo de eso trata. Esa calma no es tan mansa y los espacios te preparan para algo que acabara de pasar o estuviera por hacerlo.
Esa planta que debe echar raíces en otro lugar encara el duelo y tiene el cometido de reconstruirse a sí misma porque la adaptación es la clave de la supervivencia. Alejandra Caicedo lo sabe y lo expresa de manera natural, compartiendo un proceso no solo personal, sino que forma parte de la existencia humana universal, salir del hogar para encontrar nuevas y quizá mejores oportunidades. Sin perder en ningún momento la savia que corre por sus venas, la afro-latinoamericana.

“Mis últimas creaciones surgen de mi experiencia migratoria y de las transformaciones que ese proceso ha generado en mi manera de entender el territorio, el deseo y la pertenencia. Esa vivencia, atravesada también por la nostalgia, es la que ha dado su fruto a “Problemas en el paraíso”. La migración implica impulso y proyección, pero también memoria. La distancia activa recuerdos que no pertenecen intactos: se intensifican, se reinterpretan, se vuelven materia sensible. No hablo desde la negación de la promesa, sino desde lo que ocurre cuando esa promesa se vive en el cuerpo y se confronta con la experiencia cotidiana. En mi mundo interno conviven presente y recuerdo sin fundirse del todo. Hay una reconfiguración constante. La identidad se reconfigura, se desplaza; aprende a habitar distintos territorios al mismo tiempo. Trabajo desde esa condición de “tránsito”, desde una tensión sostenida entro lo que se deja y lo que se construye. “Problemas en el paraíso” no es una crítica ni una idealización, sino el resultado de esa experiencia compleja donde deseo, nostalgia y transformación coexisten y se convierten en pintura”, expone Caicedo.
El carnoso y delicado fruto de la papaya, muestra la sensualidad del paraíso tropical, en contraste las amargas semillas de su interior. Adéntrate en su mundo creativo, descubre rincones perdidos, el brillo de unas atrayentes perlas que parecen esconder una trampa o coloridos mangos que saben a recuerdos suspendidos en el aire.

En 2026 estará presente en Art Brussel en Bélgica con Tom Reichenstein Gallery y llegará a Madrid de la mano de la Galería Gaby Vera, donde presentará su primera exposición individual, titulada «Problemas en el Paraíso», a partir del 26 de febrero.
“Las nuevas oportunidades que llegan las estoy viviendo con entusiasmo y conciencia. Para mí no son un punto de llegada, sino parte de un proceso que viene creciendo desde hace años. Estoy enfocada en construir una trayectoria sólida y coherente a largo plazo, y estas oportunidades forman parte de ese camino”, explica Alejandra.
Un paraíso que te invita a recordar cuál es el tuyo propio; quizá antes no te habías dado cuenta de que consiste en la capacidad de estar bien y ser feliz en el lugar donde te encuentres.









Excelente artista y ser humano