Espérame en el cielo corazón, si es que te vas primero. No me pregunten por qué, pero esta frase resuena en mi cabeza cada vez que pienso en las pinturas de Irving Rodríguez. Ellas despliegan una atmósfera de extrañamiento y de cierto misterio: cifran una suerte de delirio existencial y hasta metafísico. Y no importa tanto desde dónde se les mire; lo cierto es que en ellas se cumple esa sentencia según la cual de la belleza también nacen monstruos, y tantos que nacen de ella. Otros, sin embargo, nacen de las entrañas de su propia identidad como monstruo. En otra instancia está ese momento -clave en cuales quieras de las vidas que conozco- donde el hombre es trascendido por su animal humanidad.
Una de las habilidades de este guaperas del arte cubano, que ahora mismo se produce y se gestiona en la isla, es ese don para entender la pintura como una sucesión de relatos, suerte de narración gótica de la que afloran mil demonios (o unos cuantos). Elegante en su rotundidad, sofisticada en su estilización y exquisita en sus significados (manifiestos o latentes), las pinturas de Irving no dejan de ser un gran retrato de la vida y sus dobleces. Sabe, lo hace bien, mover sagazmente los hilos del destino y de su presente para que sus pinturas reclamen la atención crítica y puede, quién sabe, la valoración afectiva de la historia que vendrá después. Eso está por ver; tal vez yo no lo vea. Es una situación que tiene que ver con el curso del tiempo y de sus malabares. Ambos, además, cumplimos año el mismo día de este estúpido calendario que les recuerda unos lo divino que están y a otros nos dice: “wowwwww, qué te pasó”.
Quizás para algunos críticos la polémica acerca de lo trascendental o lo trascendente, ocupe un espacio central en sus disertaciones acerca del arte y de sus funciones. Yo creo que la aportación de un discurso pictórico a su tiempo reside en la capacidad de arbitraje de todo tipo de recursos y de simbolismos que enfaticen el desvío retórico y la afirmación de la metáfora como situaciones intrínsecas a la pintura misma. La pintura no existe, no al menos la que yo respeto, para hacer crónica de su tiempo; sino para traducirse en pregunta, para defender su estatus de interlocución: incisivo siempre.
Estas obras, sin lugar a dudas, refrendan mundos interiores, paralelos y fugaces; mundos que incluso pudieran entrar en disputa; pero hablan más, creo yo, de este momento, de estas circunstancias del ahora en las que el mundo no puede, le resulta imposible, disimular sus rostros más dolientes y sus máscaras más lascivas. Bien sabemos que al final: toda máscara se convierte también en rostro. Las obras de Irving son el reflejo de una subjetividad que él se ha ocupado de articular y de construir con mucho celo; pero son también, y con distancia, el espejo de un estado de cosas. Como en todo artista cubano habita en él la incertidumbre, el temor o la duda acerca de para qué hago esto, qué sentido tiene seguir produciendo arte en un país que se evapora por segundos, en el que la Institución Arte está en crisis, en el que los árbitros de la gestión cultural y de la educación estética rozan el analfabetismo o se ponen las gafas de la ceguera: ojos que no ven, corazón que no siente.
Hay algo en Irving que le delata, más ahora que le conozco un poco, y es su sensibilidad; sensibilidad “extrañada” porque muy a menudo es contradictoria. Lo mismo te habla de energías espirituales, que de la suerte que tuvo al adoptar una gata, con el mismo tono de voz (bueno, no tanto el mismo) con el que es capaz de anunciarte “mis cuadros son perros de pelea”. Y se queda así, tan tranquilo e inmutable. ¿Qué lugar puede ocupar una persona en la gran historia del mundo? ¿Qué somos para la historia que se guarece en las pinturas? ¿Cuál es nuestro tamaño en el inmenso curso de la vida? Irving, con esa sensibilidad de la que hablo, a su manera y como puede, creo que es muy capaz de tener respuestas para cada uno de estos interrogantes. Quizás por ello su alarde resulte, a ratos, hasta un gesto de timidez que no de inmadurez. Porque si también hay algo que he descubierto en él, es su peculiar habilidad para obrar con cierta sabiduría y humildad; combinación que es francamente difícil de hallar entre perros y monstruos, entre lobos y cabras, entre tigres y ratas.
Estimo que uno de los grandes valores de su pintura reside en la formulación de ese gran bestiario en el que comulgan todo tipo de bichos y de hombres (y de subjetividades venidas a menos). Ese mismo que muestra la irrefutable insignificancia como individuos y nuestro inmenso valor como personas. Su pintura no es nada y a la vez lo es todo. Ella carga con una fuerza simbólica que resulta indiscutiblemente seductora, al tiempo que paralizante. No por gusto, muchas de sus superficies incorporan elementos ajenos a la pintura como pueden ser pelos, plumas, ramas y pequeños objetos encontrados. Esas incorporaciones están más cerca de cierto fetichismo y de cierta espiritualidad (o presentimiento), que de la búsqueda efectista de composición y de lenguaje. Hay cierto interés en impregnar, en marcar y en poseer a sus propios “perros de pelea”. Fantaseando con esa ilusión dejé alguna que otra secreción mía sobre uno de sus cuadros (un pelo, tal vez) para ver si el destino, en un caprichoso giro de los acontecimientos, me concede el privilegio de encontrarme con su cuerpo triunfante y desnudo frente al rostro de la historia. Eso sí, de la forma más irrisoria: la única posible.
Irving se discute en dos extremos; bueno, él no, su pintura. Advierto dos líneas inequívocas que marcan su narrativa. Una de ellas sombría y gris que maneja los recursos de una opacidad aplastante con tanta gracia y virtuosismo que genera envidia; la otra, sin embargo, de una vibración luminosa y hasta crepuscular que recuerda las pinturas de Vincent van Gogh, los recursos de las nuevas fieras y de lo mejor del color y de la luz en el trágico destino de la pintura occidental. Él insiste en que son “perros de pelea”; yo reitero en la idea de que son gestos estéticos y transgresores que defienden el valor de la pintura donde muchos “escupen babas” sobre un lienzo en blanco. Sin ir más lejos, hoy, en Post-it 12, he tenido la mala suerte de ver obras mediocres hasta el empacho de mi hígado y hasta el rendimiento de mis fuerzas interpretativas, que, demás está decir, pueden ser feroces cuando quiero y tengo ganas.
Llevo meses en la isla observando, visitando exposiciones, visitando talleres de artistas. Y he asistido, como crítico avisado, al advenimiento del reino del epígono: el arte cubano contemporáneo es casi, y si me apuran, un auténtico fraude en toda regla. Visito exposiciones para “descubrir” las voces de los otros, de los que se fueron o de los que ya no están. Nombres de los ochentas y de los noventas (no los voy a mencionar porque el analfabetismo ajeno no es mi responsabilidad) habitan “al descaro” en muchas de las exposiciones a las que, por cortesía, visito. El arte cubano contemporáneo, y siento haber sido cómplice de ello, es un refrito, una prueba de lo que ya fue: un postureo exhibicionista de poéticas que mucho antes certificaron un nombre y una voz. Qué está pasando, dónde está la mirada curatorial auténtica, esa que debe discernir y ponderar, esa que debe advertir y legitimar, esa que debe decantar y rechazar, esa que debe -por que le toca- decir no. Existe una gravedad: la gravedad del chiste y del talón. Tendría que decir, como Miran Hernández, “que peligroso es tu amor para mí, que dulce y amargo…”
Todo lo anterior para decir, y a sabiendas de las críticas que caerán -hay coraza suficiente para ello- que Irving tiene sello, tiene logros, tiene virtud, tiene voz: él es poética. Su mundo se puebla de animales raros que son reflejo de lo que somos, de lo que aspiramos a negar o de lo que buscamos reafirmar. Esa singular conexión entre lo visible y lo oculto, entre lo que se sospecha y lo que hace evidente, terminan por cerrar el ciclo de una pintura atravesada por una profunda espiritualidad. Ojalá y sus pinturas sean de las pocas evidencias que queden cuando todo haya desaparecido.




