Desde los años 1960, Eva Lootz ha sido pionera en el uso de materiales efímeros procedentes tanto de elementos de la naturaleza, sustancias orgánicas y biológicas como de materias industriales, experimentando sus propiedades químicas, mecánicas y físicas como inductoras de procesos y mutaciones sensoriales. El mercurio, la arena, el agua, el cobre, el latón, el plomo o el wolframio, la piedra, el mármol, la madera, el corcho y el caucho o polímeros como el vinilo, el plástico, el dibond, la parafina y la cera configuran en sus obras mapas, topografías, constelaciones que conectan, con sus sinergias y metamorfosis, cruces y puentes entre el lenguaje y la arquitectura, el feminismo, la ecología, la etnografía y ciencias como la ornitología, la minería, la metalurgia o la hidrografía. La inestabilidad y el fluir de la materia provoca fenómenos con causas complejas, no lineales y no predecibles e inducen ritmos, recorridos, bifurcaciones y cursos que construyen una cartografía de los devenires y de lo visible que convoca saberes desde lo sensible, rompiendo las convenciones de un conocimiento fijo.

En las obras de Eva Lootz, el sentido no está dado de antemano sino que surge en lo insólito y se atrapa al azar. A través del mirar con el rabillo del ojo, del roce de la mirada, en el no-saber, en lo imprevisto, en la sombra frente a la luz cegadora de la razón. Lo tengo en la punta de la lengua alude a los vacíos, los cortes, las interrupciones del saber y del lenguaje, a los espacios donde, frente al exceso de información, la hiper-estimulación e info/xicación del semiocapitalismo, algo queda sin decir, al borde, olvidado o impronunciable. O algo suprimido, incomprensible, que no se puede digerir, expulsado por la lengua del habla y del cuerpo. De ahí que a lo largo de las diversas salas de la Planta Noble del Casal Solleric, el lenguaje establece relaciones entre diversos conceptos y se asocia con órganos, miembros y prótesis corporales, con objetos y enseres de uso cotidiano, con sonidos y textos, liberando las palabras y las cosas del dominio del saber y de la representación: voces que hablan lenguas ininteligibles en peligro de extinción, susurros desconocidos y ocultos, trinos de pájaros, manos que anudan y enlazan figuras idiomáticas con juegos de cuerdas, palabras hendidas en superficies de cal que convocan a los dolores a decir su nombre, actos fallidos y citas ya lejanas que nos inducen a mirar un mundo que desaparece, lenguas de lacre, estaño, lana y fieltro y una lengua de cal que, extendiéndose en la superficie, se agrieta e invade lo transitable.
Atenta al cambio de paradigma que produce la revolución digital y con la intención de ampliar el marco epistemológico de nuestra tradición occidental, Eva Lootz estudia desde hace años culturas autóctonas, rescatando a la vez prácticas pre-modernas de nuestra propia tradición y de la memoria histórica, arquitectónica y etnológica. Su interés por la materia como inductora de estados, flujos y densidades, conectando procesos lingüísticos, fenomenológicos y cognitivos, ha llevado su investigación hacia la geografía, los recursos naturales, etnográficos o los topónimos de los lugares en donde vive, viaja, trabaja o expone su obra. El agua y las redes hidrográficas con sus nombres y figuras de meandros, afluentes, torrentes y ríos, cascadas de palabras, cúmulos de cisco y arenas que se derraman por los agujeros de sus contenedores, conos, sumideros y torbellinos, canteras y minas con las heridas milenarias de la tierra conforman en videos, instalaciones, dibujos y esculturas un laboratorio de paisajes, naturalezas insólitas que se vinculan a la memoria, a la historia o a la geología como proposiciones de enunciados semánticos. En Lo tengo en la punta de la lengua, Eva Lootz emplea un elemento etnográfico tradicional en Mallorca, la cal, para dos piezas inéditas: Lengua de cal y Que cada dolor diga su nombre. Producida en los hornos de cal durante siglos en Baleares, la cal –utilizada en la argamasa de la construcción, para enjalbegar muros, impermeabilizar charcas y aljibes, purificar el agua, eliminar virus y hongos, prevenir la putrefacción en aguas estancadas, desinfectar establos y piaras, fumigar viñas y en la medicina, para luchar contra las epidemias y las enfermedades contagiosas, limpiar y purificar los cadáveres y evitar la proliferación de bacterias–, condensa en ambas piezas de Eva Lootz una materia cuyo espesor, agrietado, hendido o perforado por las palabras, impulsa al cuerpo y al lenguaje a la evocación de lo impronunciable. Si, como concluyó el filósofo y matemático vienés Ludwig Wittgenstein al final de sus Proposiciones en el Tratactus Logico-Philosophicus (1921), “De lo que no se puede hablar, mejor es callarse”, la obra de Eva Lootz no es un cierre del silencio sino la apertura epistemológica de un lenguaje que formula, entreteje y plantea nuevos caminos y significados del arte, de lo real y del conocimiento.
Piedad Solans
Fechas: Hasta el 12 de abril de 2026
Lugar: Casal Solleric, Palma de Mallorca







