«He encontrado un papel mío entre otros, en el que llamo a la arquitectura ‘’música petrificada’’. Realmente hay algo de esto; la tensión mental producida por la arquitectura se aproxima a la producida por la música».
Conversaciones de Goethe con Johann Peter Eckermann. Johann Wolfgang Goethe. Texto extraído de Pensamiento, palabras y música de Arthur Schopenhauer. Edición de 2005.

La cuestión de que la arquitectura tiene un parecido importante con la música suele ser atribuida al escritor y teórico Johann Wolfgang Goethe, quien aparentemente relacionó de forma somera ambas artes. A pesar de que el filósofo Arthur Schopenhauer no estuviera demasiado de acuerdo con las fuentes que recogen este pensamiento, sí es cierto que entendió lo que planteaba Goethe como la semejanza entre el ritmo y la simetría. Se trata de algo lo cual tienen en común la arquitectura y la música; una idea puramente formal.
Sin embargo, el ritmo y la simetría realmente son extrapolables a otras artes, por ejemplo, la pintura. Cuando un edificio está mal construido a nivel tectónico, puede derrumbarse solo. Las melodías no colapsan porque son etéreas, pero si no están bien realizadas, chirrían y resultan molestas. Con la pintura ocurre algo ligeramente parecido, ya que, de no aplicarse el ritmo ni la simetría, termina por originarse una composición caótica. Por supuesto que puede gustarle a alguien e incluso es más fácil que sea considerada bella frente a una arquitectura mal hecha o una melodía tocada de forma equivocada. Con todo, en el caso de la pintura de Jesús Risueño (Ciudad Real, 1962), mantener un riguroso orden es crucial en la plástica. Si para Goethe la arquitectura era música petrificada, para Risueño la pintura es música llanamente visible; perceptible con los ojos y facturada con la ductilidad de los pigmentos.
El carácter meticuloso de nuestro autor se manifiesta en la perfección en sus piezas, creadas de manera cuidadosa y fruto de la reflexión concienzuda. Los deuteragonistas de su trayectoria reciente son tanto los paisajes como las naturalezas muertas y bodegones. Sí, deuteragonistas, pues se convierten en telón de fondo en su arte, en el cual prima la experimentación para rescatar y mostrar los valores intrínsecos de la pintura, que son los auténticos protagonistas. Recordando al artista László Moholy-Nagy, «[t]oda deformación, fragmentación, disolución de los objetos, toda impresión de su representación naturalista ha surgido del deseo subconsciente de elevar sus formas y colores, descargados de sus referencias naturalistas, a medios de expresión soberanos, ópticamente totales» (¿Ismo o arte?, László Moholy-Nagy, 1926).

Sus obras se realizan paulatinamente, siguiendo un dibujo meticuloso por parte de Risueño, amante de la geometría y de los contornos bien definidos, aunque sean sutiles. Así, consigue destacar las formas y su importancia. Al ver sus lienzos, el público descubre la trascendencia del ritmo y la simetría que mencionaba Schopenhauer a colación de la «música petrificada» goethiana. Las composiciones de nuestro protagonista son dinámicas y se acompasan; cada elemento se encuentra armonizado con el otro; el orden está establecido desde el comienzo de la pieza. Cabe añadir que su plástica no se basa en el concepto de simetría como proporción de unas partes y otras de la composición, sino, como ya se adelantó, en la armonía entre los citados elementos.
Mientras, los colores emergen del soporte con intensidad, incorporando diferentes densidades de materia que enriquecen la obra, texturizándola. De este modo, se pierde el valor referencial; la «representación naturalista» se diluye para dar lugar a la primacía de los «medios de expresión soberanos, ópticamente totales». Se trata de todo un ejercicio de síntesis de los motivos de la realidad para trasladarlos al cuadro, alcanzando el máximo efectismo plástico.
Imágenes cortesía del artista.
Etiquetas: Jesús Risueño Last modified: 25 marzo, 2024






