No hay expresión artística más accesible al público en general, gratuita y de casi obligada mirada, que la que se muestra en la calle.
La década de los 90 en España fue una época post-Transición, donde todavía presenciamos y vivimos los coletazos de un “desatarse” frente a la contención y represión. Éramos adolescentes de padres que nacieron y crecieron a lo largo de una dictadura. En esa época, el grafiti se consolidó como una huella de identidad local en el paisaje urbano. Pinturas al auspicio de la noche, clandestinas, en su gran mayoría ilegales y de alto riesgo, como los grafitis en trenes y metros. Todo espacio público maximizaba su visibilidad y marcaba territorios simbólicos.

Viajar en tren de una ciudad de provincia a Madrid se convertía en todo un espectáculo de grafitis según me iba aproximando al extrarradio de la capital. La problemática social del momento giraba en torno a un alto paro juvenil, los estragos de la heroína y la corrupción. Los grafitis no contenían frases explícitas de protesta, sino que, a través de la expresión de firmas, en su gran mayoría en tonos negro o plata, hacían latir la cultura de calle y de supervivencia.
Cada parada, estación, muro, tapia, fábrica en estado de semiabandono, incluso el mismo tren, eran espacios donde, a través de grafitis, decían o querían gritar “Existo”, “Este lugar existe”. Décadas después, lo que se consideraba vandalismo fue ganando reconocimiento a través de festivales y exposiciones. Nuevos materiales y colores ampliaron la estética y comenzaron a explorarse los murales de gran formato, paredes completas. Las primeras décadas del siglo XXI ven nacer el muralismo urbano contemporáneo, profesionalizado, con diversidad de discursos y divulgando a los cuatro vientos su mensaje, no solo por estar en la calle, sino también por el impulso de difusión generado por las redes sociales: “Venimos de aquí”.

Un ejemplo de la evolución y proceso a lo largo de las décadas es el artista Jonatan Carranza Sojo, (Madrigalejo, Cáceres, 1980), más conocido como Sojo. Estudió Arquitectura Técnica, disciplina que posteriormente abandonó para dedicarse de manera íntegra al arte. Complementó su formación artística en la Escuela de Bellas Artes “Eulogio Blasco” de Cáceres, centrándose en dibujo y grabado.
“Empecé a pintar tan pequeño, a los 12 años, que ni siquiera tengo la sensación de haber vivido un momento de inflexión. Desde que tengo memoria el dibujo ha sido algo que me hace disfrutar. A principios de los 90 llegó la corriente del grafiti a mi pequeño pueblo a través de un escritor de Getafe que firmaba como “Pike”, él supuso una conexión directa con este nuevo movimiento cultural que comenzaba a desarrollarse en Madrid. Tengo el recuerdo de quedarme fascinado con la primera pieza que pintó en Madrigalejo, un mural que ponía “For you”. Puede que esta sea la semilla de mi forma de entender el arte en la calle, un grafiti que no reproducía una firma, sino que pretendía ser un regalo para todo el que lo viese, unas letras elaboradas que se ofrecían al espectador con un “para ti””, nos cuenta Sojo.

El arte urbano deja de asociarse a barrios marginales, puentes, fábricas abandonadas y artistas “ilegales”. Los murales no solo reivindican una expresión, dialogan con una población que comienza a abrazar esos discursos. Los murales cobran vida a través de su volumen, la luz o la textura; se integran con la vecindad porque surgen también obras cocreadas con los vecinos. No ha dejado de existir el grafiti ilegal, pero el arte mural ya se considera una disciplina reconocida y reclamada desde instituciones públicas y privadas que valoran cada vez más su potencial cultural.
“Aunque mi contacto con el mundo del arte llegó a través de los aerosoles y el interés por la cultura urbana, la realidad es que pertenezco al mundo rural y mi sensibilidad está conectada a la tierra y a las relaciones humanas”, explica Sojo.

Además de Extremadura, su trabajo ha trascendido a otras ciudades españolas, como Gijón, donde creó el mural “La panderetera” (dedicado a las pandereteiras de la música tradicional asturiana).
Sojo ha participado en festivales de arte urbano como Asalto en Épila (Épila, 2025); Seis de Doce (Los Realejos, 2025); ESTAU (Estarreja, Portugal, 2024); Pitoresco (Vila Real, Portugal, 2023); 31330 (Villafranca, 2023); Proyecto Caminarte, AEXCID (Quito, Ecuador, 2022); Invasión (Plasencia, 2022); Das Artlon (Rheinberg, Alemania, 2022); Tons de Primavera (Viseu, Portugal, 2021); Barrioh (Huesca, 2019); y Asalto Alfamén (Zaragoza, 2018), así como en eventos como la Cumbre del Clima (Madrid, 2019). Como comisario de arte urbano, organiza proyectos y festivales como Muro Crítico o Paredes que Hablan. En el marco de estos proyectos ha creado murales como “Elsa”, en Montehermoso, un homenaje al traje tradicional regional, y “La Arracada de Aliseda”, una obra sobre el tesoro tartésico que ha alcanzado notoriedad internacional.

En sus muros, Sojo realiza intervenciones coloristas con una fuerte presencia del dibujo, uniendo la técnica del aerosol y el muralismo, desdibujando continuamente sus límites formales.
Cabe destacar el mural titulado “Musician” dedicado a la mujer y a la música en la Villa de Bagneux, París. Una obra de 37 metros de alto por 12 metros de ancho que no solo expresa, sino que suena a melodía, en un barrio donde se respira el mestizaje y la convivencia entre raíces europeas y africanas.

Su último mural en 2025 “Rojo sobre verde” lo realizó para el ayuntamiento de Guijo de Coria (Cáceres). “Vestir la indumentaria tradicional tiene algo de ritual, que nos conecta con un modo de transcender. Donde la naturaleza humana se muestra honesta, donde no puede haber más verdad en una mirada”, expresa el propio artista.
Las nuevas generaciones, que se mueven entre el ayer y un mañana cada vez con más elementos artificiales y efímeros, ven cómo desaparecen entre sus manos memorias y tradiciones de un tiempo que muestra de dónde venimos, nuestra pertenencia y nuestra identidad. Acercar un público joven a espacios que requieran un momento de observación, una parada frente a la vertiginosa entrada de inputs en sus vidas, es una importante labor que involucra también al mundo del arte; aporta, sin duda, sensibilidad, y eso puede mejorar sus vidas.

“Creo que vivimos un momento complicado, lleno de ruido, saturados de información e inundados de información falsa. Resulta muy difícil escuchar tu propia voz. A mí me encanta ver la música que hay en lo cotidiano y es lo que me gusta transmitir. Creo, además, que la forma en que lo contamos marca la diferencia, haciendo excepcional algo sencillo. Me gustaría que las nuevas generaciones puedan encontrar en mi obra un lugar en el que detenerse, encontrar vida y reconocer su propia verdad”, expresa Jonathan Carranza.
El artista Sojo ofrece, en sus murales, un canto a épocas cuando las manos no pulsaban tantas teclas y botones, pero llenas de callos mostraban una vida de innumerables trabajos manuales. El colorido de los mantos y toquillas tradicionales, manos que cosen y tocan instrumentos, rinden homenaje a nuestras raíces e iluminan el rostro de cualquier observador que se detenga ante ellos un instante.

“Mi formación en arquitectura me ha llevado a entender el espacio público como una capa más a la que aplicar belleza, utilidad y equilibrio para lograr influir en la calidad de vida de las personas que los habitan. Cuando afronto un mural me gusta transmitir la delicadeza que veo a mi alrededor. Esta puede estar en personas, objetos o naturalezas. A la hora de diseñar moldeo las composiciones de las obras como si fuesen elementos arquitectónicos, buscando tensiones y equilibrios que refuercen lo que quiero contar.
En los últimos años mi obra se ha vuelto más antropológica y he encontrado en la indumentaria tradicional un espejo en el que mirarnos con curiosidad. Para mí no es solo un modo de vestir, sino que es parte de un rito que por ancestral logra congelar el tiempo y abstraer a la persona que lo lleva dándole un acento casi místico.

Me interesa generar una nueva lectura de lo que entendemos por tradicional, repensar el folklore a través de una mirada contemporánea que nos recuerde los valores de otra forma de entender la vida para poner en duda la actual. Hacer un mural de este tipo en un entorno urbano, lleno de personas con ritmos acelerados, vestidos a la moda del momento con prendas de usar y tirar fabricadas a miles de kilómetros, bueno, creo que no estoy hablando de la idea romántica de folklore, estoy hablando de otra cosa”, explica el artista.
Sojo es un artista que engloba muchas facetas, entre ellas comunicar con la comunidad a través de sus murales, rescatar y poner en valor tradiciones locales. Un mural no es solo una pintura en la calle, en una fachada; es una reflexión artística, cuenta una historia, genera una emoción y fomenta una mirada crítica y sensible. Da voz a un conjunto, mostrando que el muralismo no es meramente decorativo, sino un lenguaje que puede transformar.
En cada mural rescata una historia que merece la pena ser escuchada. Sus murales hablan, vibran; acércate a ellos cuando tengas la posibilidad, te emocionarán.
Texto Beatriz García Montalvo






