Aprovechando su reciente paso por Madrid como parte del proyecto NOSOTRAS, exposición internacional colectiva de artistas mujeres en Estudio Dagoberto Rodríguez, íntimo amigo de la familia, y de la segunda edición de AQUÍ / PLATAFORMA DE ARTE CONTEMPORÁNO, dedicamos la entrada de hoy a la joven artista peruana Alexandra Bornhorst, “Lele” para su familia y amigos.

El trabajo de Alexandra Bornhorst se presente, antes que nada, como un ejercicio de admiración asumiendo el hecho estético como un homenaje y una declaración. De una parte, rinde culto a la memoria de su bisabuela Inga Steinvorth de Goetz, la primera mujer alemana que investigó la cultura Yanomami en el Alto Orinoco, en Venezuela, embargada en expediciones que duraron más de treinta años y a su abuela Elvira Carrasco de Vega quien creció y vivió en territorios precolombinos rodeada de huacas en Trujillo, en Perú; de otra parte, sustantiva (y recupera) el potencial simbólico de las culturas Yanomani y Moche en un cruce y montaje de sentidos desde donde aflora una obra con inequívocos sesgos antropológicos, pero tremendamente íntima y visceral. Alexandra realiza un buceo premeditado en esas fuentes que podríamos entender como una suerte de pesquisa ontológica. Husmea en el poder de la palabra, de los símbolos y de los rituales en la búsqueda afanosa de su propia redefinición (y sanación) como sujeto.
Es así que el significado de sus piezas (pinturas, performances e instalaciones), se configura como resultado de paradigmas contradictorios y a visiones cognitivas del sujeto que habla a través de ella. No creo equivocarme al afirmar que su trabajo es un ejercicio de autorreconocimiento destinado a aprehender esencialidades a partir de la experiencia. Sus obras, de esta manera, traducen un acto de fe anclado sobre la enorme voluntad de perpetuar y de conservar la memoria cultural, familiar y personal.
La fragilidad, parece decirnos, es consustancial a la vida. Es desde ese heroísmo de la debilidad y la fortaleza desde donde se prescribe un relato estético que hunde sus raíces en el plasma de saberes ocultos y universales. La grandeza de las cosas pasa por la humildad de efímero. La obra de Alexandra no es un episodio de artefactos más o menos bien concebidos; es, a diferencia de ello, un viaje espiritual en el que se pretende curar las heridas sin ignorar que la cicatriz desarma… La cicatriz, la herida, la escritura, el ritual y el testimonio se convierten, al cabo, en escudo contra la desidia.

Sobre la artista:
Alexandra Bornhorst (Lima, Perú, 1997). Es una artista visual y fotógrafa profesional. Sus estudios incluyen fotografía y arte en el Centro de la Imagen, el Instituto Peruano de Arte y Diseño (IPAD) y la Escuela de Arte Corriente Alterna. Además, tiene experiencia en la gestión de galerías y ferias de arte internacionales. Su proyecto artístico se enfoca en la recuperación de su legado familiar en cruce con los saberes ancestrales de las culturas Yanomami (Venezuela) y precolombinas del norte de Perú, explorando diversos soportes.
Ha participado en exposiciones colectivas en Perú y España. En Madrid, ha expuesto en “AQUÍ / Plataforma de Arte Contemporánea” en el estudio de Maikel Sotomayor y en la muestra “Nosotras” en el estudio de Dagoberto Rodríguez. En Lima, en la feria Art Lima, en el Museo Amano, la Casa de la cultura de San Isidro y en Ñan Culture House. También en el Museo de Túcume en Lambayeque. Ha dictado el “Master Class Art Lima: Crea tu portafolio de fotógrafo profesional” y ha llevado el curso de “Plantas Medicinales Indígenas y Rituales de la Selva: Ceremonias de Curanderismo para el Bienestar Físico, Espiritual y Energético” de Adriana Ayales. Asimismo, ha colaborado en publicaciones para el diario El Comercio y el diario digital Lucidez. Apoya como fotógrafa a la ONG Derecho para todos. Actualmente, vive en Lima y está enfocada en su nueva producción y en su primera exposición individual proyectada para el 2024 en NOW: Gallery (Lima), galería que la representa. Alexandra Bornhorst (Lima, Perú, 1997) es una artista visual y fotógrafa profesional. Sus estudios incluyen fotografía y arte en el Centro de la Imagen, el Instituto Peruano de Arte y Diseño (IPAD) y la Escuela de Arte Corriente Alterna. Además, tiene experiencia en la gestión de galerías y ferias de arte internacionales. Su proyecto artístico se enfoca en la recuperación de su legado familiar en cruce con los saberes ancestrales de las culturas Yanomami (Venezuela) y precolombinas del norte de Perú, explorando diversos soportes.

En primera persona:
Mi trabajo se centra en las alianzas simbólicas, siempre legítimas, entre el pasado y el presente. La relación entre lo cosmogónico, lo ancestral y lo contemporáneo, orquestan la hermenéutica de toda mi creación. A través del uso de distintas técnicas y formatos como la performance, la instalación, la fotografía, la cerámica y el dibujo, indago en espacios y memorias biográficas y personales tomando en cuenta su reconfiguración en elementos modernos, originales y divergentes en su mirada del mundo. En el cosmos resultante encuentro diálogos con lo material y lo espiritual que me permiten explorar aquellos escenarios notables por su historia, contexto o experiencia que hayan exteriorizado en mí cierto tipo de afección o consecuencia.
Al tener raíces peruanas y venezolanas, mi obra se nutre de dos contextos diferentes que, a lo largo del tiempo, estuvieron conectados desde la historia y el estilo de vida. En especial, exploro en el uso formal de creaciones de la cultura Yanomami y precolombinas del norte del Perú, en los valores compartidos que ambas culturas han proyectado en nuestro cosmos contemporáneo. El estudio de la iconografía y sus significados es una herramienta que utilizo para la narración de historias y procesos personales de crecimiento y transformación. Mi creación artística puede verse como una reflexión del espacio que implica un proceso de recuperación del mismo. Al darle una forma concreta a los fenómenos envolventes que interactúan y cambian con el tiempo, instauro una especie de ritual o rescate del lugar mediante una intención liberadora, que le permita desplazarse hacia una propia finalidad.
Interpreto mi propio mundo donde propongo, por una parte, un ejercicio de curanderismo y de revisión personal; por otro lado, busco gestionar y explorar otras formas de entender las relaciones entre pasado y presente, selladas en un vínculo inexorable con mi historia afectiva. Cada una de mis piezas están cargadas de significados que responden a sentidos personales y que conforman una especie de gramática en la que la sintaxis de sus elementos resulta en extremo importante.

AQUÍ / PLATAFORMA DE ARTE CONTEMPORÁNEO:
Mis pumas es el título de la pieza que he preparado para esta nueva edición del proyecto AQUÍ, coincidiendo con el evento APERTURA en Madrid. Consiste en una instalación, a modo de altar, en la que propongo, por una parte, un ejercicio de sanación y de revisión personal; de otra, busco gestionar y explorar otras formas de entender las relaciones entre pasado y presente selladas en un vínculo inexorable con la historia de mi contexto afectivo.
Este altar está compuesto en base a la acumulación de piedras y de distintos objetos que he ido seleccionando cuidadosamente en muchos de mis viajes dentro de Perú, Venezuela y Guatemala. Cada uno de estos elementos, en apariencia tal vez intrascendentes, están cargados de significados que, o bien tienen que ver con el contexto (y las circunstancias) donde fueron recogidos o bien responden a sentidos atribuidos por mí. Con independencia de la voluntad performática de la pieza y de ciertas cuotas de improvisación que tienen que ver con la puesta en escena y los espacios en los que intervengo, intento no dejar nada al azar. Es por ello que cada pieza se organiza como una especie de gramática en la que la sintaxis de cada uno de sus elementos resulta en extremo importante.
El altar está compuesto por los cuatro elementos: agua, tierra, aire y fuego y los objetos están ordenados de acorde a ellos. Se puede ver a mi niña interior como deidad, mi madrina Christiane que murió por una picadura de serpiente, la misma imagen de la serpiente como parte de un proceso de duelo y objetos que cargan un significado importante para mi. El tiempo aquí existe como un círculo. Uno de los elementos principales del altar son las piedras recogidas del mar de Lima. El juego con piedras es una forma de peregrinaje: las recojo en la playa y desde ahí las traigo a casa subiendo las escaleras de un acantilado en Lima, Perú. Elegir la piedra y luego cargarla se volvió una suerte de performance que me enseñó a desafiarme. Vivo con la noción de que todo el mundo tiene “piedras” dentro suyo, lo difícil es darles luz y nombre a ellas. Las mías tenían carga: miedo, depresión, ansiedad, obsesión, duelo, negación. La piedra, mientras más pesada era, al llegar a casa y después de sostenerla tanto tiempo soltarla, estos nombres que venían con sensaciones incómodas se volvían cada vez más ligeras. El sacrificio fue y sigue siendo para mi: el alcohol, el tabaco, el cigarro electrónico, todo lo que estoy entregando para mi evolución como persona y especialmente para la elevación de mi espíritu. Aparte de modificar el cuerpo, la piedra me enseñó a enfrentar mi mente, a decidir quién quiero ser hoy. De esta forma se volvió un ritual para anclarme al presente.

Los dos pumas que presento en la exposición son dos felinos esculpidos en arcilla de 25 cm x 60 cm cada uno. Ellos protegen la mesa de altar de 2 metros por 1 metro donde van las piedras y los distintos objetos que he recolectado de acorde a los cuatro elementos: aire, fuego, agua y tierra. Los pumas actúan como dos elementos de protección para el altar, posicionando uno a cada lado. A los pumas se les puede sacar la cabeza para dentro llenarlo de ofrendas tales como plantas, tierra y huayruros traídos de Perú. El puma está antropomorfizado y estilizado haciendo referencia al puma que tenía mi abuela de mascota llamado “Miau”. Un majestuoso animal que fue rescatado por mi bisabuela de las selvas en Venezuela alrededor de los años setenta y que tenía en casa como un animal domesticado. Hay tantas historias que caracterizaron este puma que se han ido contando de generación en generación hasta que llegó a mi y se volvió una divinidad, un elemento introductorio a mi propia cosmología. Así en realidad haya existido solo un puma en la casa de mi abuela, yo decidí crear dos, ya que representan la dualidad: la masculinidad y la feminidad, la luz y la oscuridad, la vida y la muerte. Recreando mi propia historia orientada hacia el pasado, el puma es mi espejo y yo soy el suyo, ya que esas dualidades que existen en el animal también existen dentro de mi.
El puma en las culturas precolombinas representa el “Kai Pacha” que es el plano en el que nosotros los humanos vivimos, conectando el mundo celestial con el inframundo. También hago una alegoría de mi propia versión de los “Los Leones de Fu”, los felinos que se ponían a la entrada de diferentes espacios para protegerlos.

Cultura y legado familiar:
El encuentro entre la cultura Yanomami y la cultura Moche trata sobre un legado que se ha ido pasando de generación a generación dentro de mi familia. Mi bisabuela, Inga Steinvorth de Goetz, fue la primera mujer alemana que investigó la cultura Yanomami en el Alto Orinoco, Venezuela, haciendo expediciones por más de treinta años. Por otro lado, mi abuela Elvira Carrasco de Vega creció en territorios precolombinos, rodeada de huacas en Trujillo, Perú. Desde que tengo memoria estas culturas han estado presentes en mi vida gracias a ellas mediante historias, fotos y anotaciones. Mientras fui creciendo encontré que las representaciones y las imágenes que veía parecidas en ambas no eran coincidencia. En la cultura Yanomami las líneas onduladas son el símbolo del brujo, del curandero. En la cultura Moche, las líneas onduladas también se encuentran tatuadas en los brazos de los curanderos como la Dama de Cao. Así llegué a la conclusión de que vivimos en un mundo mentalmente interconectado mediante símbolos y patrones que se repiten en distintas culturas.
El video parte de un proyecto que juega con la idea de una mujer viajera, que comienza su ruta en el Alto Orinoco, Venezuela, y llega hasta Trujillo, Perú. En el performance puedo existir como el punto de encuentro entre ambas culturas, enfatizando los rasgos que comparten estos dos imaginarios y fusionando los que no. El audio está compuesto de recortes de música Mochica, cantos Yanomami, la canción “Las simples cosas” de Chavela Vargas, la voz de mi abuela Elvira, y la voz de mi bisabuela Inga. El performance es acompañado de distintas piezas como huacos, plantas y un libro con anotaciones del viaje. El vestido que usé fue intervenido posteriormente con simbolismos cósmicos y la idea del círculo como una totalidad envolvente.
El performance está inspirado en un ritual de fuego del cual participé en Guatemala y del poder que uno tiene de sanarse a uno mismo. Comienzo adornando el manto con 365 huairuros por 365 días de protección del año. Dibujo un círculo para comenzar el ritual. Las líneas que cruzan se asocian a la dualidad que existe, la polaridad, día-noche, vida-muerte, blanco-negro. Coloco los colores rojo, negro, blanco y amarillo. En la cultura Maya, el color rojo representa la parte física de las personas. Es lo que quiero sanar ahora mediante la vela donde existe el fuego. Las otras partes de los humanos: amarillo=emocional… negro=espiritual…. blanco=mental también están presentes a través de pintura.
En el video recito 100 veces la frase de sanción para los virus que escribe Louise Hay en su libro “Sana tu cuerpo: Las causas mentales de la enfermedad física y la forma metafísica de superarlas”. Según sus estudios, uno es más propenso a contraer un virus si tiene amargura y falta de alegría en su vida. La manera de sanarse es repetir la frase: “Con amor dejo fluir libremente la alegría en mi vida. Me amo”. Los movimientos son circulares, invocando el fuego para la curación. Cierro el ritual agradeciendo. La vela se deja prendida. Realizo el performance en mi cuarto para limpiar también las energías del espacio. Se escucha música Maya y de la serpiente cascabel inspirada en la Serpiente Emplumada, divinidad en la mitología Maya. También se repite un mantra para la limpieza del espacio y música de alta vibración 432 Hz.
En memoria de mi casa soñada
Me mudé a Santiago Basurco cuando tenía doce años, y mis vecinos de la casa de al frente, eran la dirección Santiago Basurco 185, que en parte era mentira, porque la casa ocupaba casi 8,000 metros cuadrados, teniendo como dirección tres calles distintas. Siempre imaginé cómo era esta casa por dentro, que se veía por fuera tan elegante, tan secreta, tan para una niña de doce años, perfectamente rosada. Tenía buganvilias naranjas, y una torre como de princesas, y detrás de esos árboles inmensos que tapaban la vista a ella, detrás de los portones de madera que nunca los veía abiertos, existía un mundo del que voy a hablar en el pasado, porque mucho de lo que había ya no hay, y sé que pronto no quedará nada.
San Isidro en los años 40 era un distrito conocido como “Ciudad Jardín”, porque en la mayoría del territorio existían casonas neocoloniales con jardines infinitos, palmeras y árboles. Hoy, basta caminar cinco minutos por San Isidro para escuchar que entre lo lindo hay ruidos de construcción, el taladro constante, las bocinas, ver que todo se llena de polvo, la grúa llevándose al carro, el tráfico, la calle cerrada. Puede que suene imaginativa cuando digo que verdaderamente creo en el poder restaurador que me generaba el jardín de esa casa. Aromas que nunca antes había olido y silencios desorbitantes.
Donde existe el edificio moderno, también existen las ruinas de un espacio y de una naturaleza desaparecida. Yo por suerte pude despedirme de ella y después de todos estos años dejar que se transforme. Con este círculo a base de restos rescatados de las paredes de la mansión Lamotte genero mi propio portal. Al sentarme al centro y cerrar los ojos me lleva otra vez a ella…

Magic Stones
El juego de las piedras trata acerca de bajar las escaleras desde el malecón de Miraflores hasta llegar a la playa de la Costa Verde. Ahí, a la orilla del mar, uno tiene elegir una piedra que le pese, no puedes dudar al elegirla, tiene que ser intuitivo y rápido. Con la piedra seleccionada, hay que ahora subir las escaleras desde la playa hasta el malecón. Las reglas son tres. La primera es que no puedes soltar la piedra ni una sola vez. La segunda regla es que no puedes descansar, así vayas lento o rápido entre los mil escalones, tienes que seguir caminando. La tercera es que te tienes que tomar el ejercicio con seriedad y hacerlo meditativamente. Al llegar arriba, puedes soltar la piedra en el jardín sintiendo una descarga momentánea porque de nuevo hay que bajar las escaleras ahora corriendo para subir otra piedra más, si puedes, aún más pesada.
Este juego para mí se volvió un peregrinaje, la verdad es que todo el mundo tiene “piedras” dentro suyo, lo difícil es darle luz y darle nombre a ellas. El juego se volvió un performance que me enseñó a desafiarme y a tenerme paciencia. Empecé a ponerle intenciones a las piedras, había dejado varios vicios de un día para el otro, entonces cargar piedras se volvió un ritual para anclarme al presente, para vivir un día a la vez. Las piedras tenían nombre: miedo, depresión, ansiedad, obsesión, duelo, negación, la piedra, y mientras más pesada era, al llegar arriba y soltarla, estos nombres que venían con sensaciones incómodas se volvían cada vez más ligeras. El sacrificio: el alcohol, el tabaco, el cigarro electrónico, todo lo estoy entregando para mi elevación como persona
y para mi espíritu. Cargando piedras, modificando el cuerpo. La piedra me enseñó a enfrentar mi mente, a decidir quien quiero ser hoy, enfrentó mi cuerpo, mi espíritu, cambió mis prioridades, saco a la luz el dolor y lo dejo en el jardín del malecón.
Fur Nane
Los Yanomamis creen que existen tres partes necesarias para la esencia vital de los seres humanos. El “Alma de la muerte”, el “Alma de sombra” y el “Alma espejo”. El “Alma de la muerte” es el alma que es liberada por la muerte. El “Alma de sombra”, que en otras culturas se entiende como “Ki”, “Chi”, “Yerod”, “Prana”, es el alma que vive dentro del cuerpo y sin ella no puede haber existencia. La última alma es el “Alma espejo” la cual siempre reside fuera del cuerpo. Los Yanomamis ubican este “Alma espejo” o alter ego en animales. El alma espejo de los hombres es un águila, el de los bebés es una lagartija, pero el de las mujeres no está claramente definido, puede variar y tomar diferentes formas. Después de la muerte, las tres almas se unen y ascienden al cielo donde existen en un mundo invisible pero siempre conectado al mundo material.
Mi madrina Christiane falleció por una picadura de serpiente Mapanare en Venezuela paseando a sus perros. Su partida fue tan inesperada que la serpiente se volvió un símbolo para mí que me ancla al presente: un día estás como puede que el siguiente no. En esta performance trato a la serpiente en toda su capacidad como el “Alma espejo” de mi tía Christiane con la intención de asimilar su viaje a otro campo dimensional y utilizo las serpientes de madera para recoger la energía de la tierra. En el performance uso distintos elementos como una túnica con simbología Moche, y converse, haciendo referencia a los zapatos que usaba mi bisabuela Inga en sus expediciones a la selva.
Altar
La función de mi altar es poder conectarme conmigo misma mediante distintos objetos. Los curanderos normalmente tienen dos altares: uno donde trabajan y el otro que los protege. El altar de protección es muy importante cuando uno esta trabajando con ancestros. Esta mesa ocupa el puesto de un altar de protección. Uso mi niña interior como musa y principal deidad, el puma de mi bisabuela como animal espiritual, diferentes piedras recogidas a lo largo de los años con diferentes significados traídas de distintas partes de Perú y Guatemala. El altar esta compuesto por los cuatro elementos: agua, tierra, aire y fuego y los objetos están ordenados de acorde a ellos.
El manto fue pintado el día de mi cumpleaños sobre la huaca que está en mi casa de campo en Trujillo, Perú, en donde hay dos huacas importantes. La huaca me invita a su espacio, me regala su textura y su energía. Cuando me siento sobre ella puedo volver al pasado y sentir que viajo al futuro. El tiempo como un círculo donde puedo volver a nacer constantemente. La figura de la serpiente me atraviesa y como un ancla me trae otra vez al presente.
Etiquetas: Alexandra Bornhorst Last modified: 5 septiembre, 2024



