Artista IA seleccionada por el jurado creAtIva AI Art Book Vol/9 ‘ART: it is argument’.
Cuando me acerco a la serie Braids de Lena Korolevich, lo primero que encuentro es una comprensión nítida del retrato como espacio de construcción simbólica. Aunque las imágenes han sido creadas con inteligencia artificial, su base no está en el efecto tecnológico, sino en una mirada formada en la fotografía. Esa experiencia previa se percibe en la manera de contener el encuadre, de medir la distancia con el rostro y de sostener la presencia de cada figura sin caer en la espectacularidad. Lo que Lena propone no es una sustitución del pensamiento fotográfico, sino su expansión hacia un territorio nuevo en el que la imagen generada sigue dependiendo de una sensibilidad autoral clara.

La serie reúne hombres de distintas edades, procedencias y tonalidades de piel. Cada uno mantiene una identidad propia, una expresión particular y una temperatura emocional distinta, pero todos aparecen atravesados por un mismo elemento: la trenza. Ese motivo repetido funciona como nexo visual entre las piezas y, sobre todo, como símbolo. La trenza introduce una idea de vulnerabilidad, apertura y valentía interior que desplaza de forma sutil los códigos más rígidos asociados a la representación de la masculinidad. Ahí reside uno de los mayores aciertos del proyecto: no necesita formular una tesis de manera explícita para desmontar el estereotipo; le basta con alterar los signos que lo sostienen.
En Braids, la masculinidad no aparece como bloque cerrado ni como categoría estable, sino como una construcción que puede abrirse a la delicadeza, a la introspección y a la fragilidad sin perder densidad. Ese desplazamiento no se resuelve desde el dramatismo, sino desde una serenidad muy medida. Los retratos no imponen una narrativa, pero sí sugieren una continuidad humana que atraviesa edades, culturas y apariencias. Todos son diferentes y, al mismo tiempo, todos participan de una misma condición. En ese sentido, la serie me remite a la sobriedad analítica del retrato contemporáneo de Rineke Dijkstra, no por una cercanía formal exacta, sino por esa capacidad de situar al sujeto en un estado de exposición contenida, donde identidad y vulnerabilidad quedan suspendidas en la imagen.
Formalmente, la obra se sostiene en una economía visual muy precisa. Los fondos limpios, la repetición de perfiles y frontalidades, la contención cromática y la cercanía del retrato construyen una secuencia coherente donde la diferencia no rompe la unidad. El realismo de las imágenes tampoco busca imitar el mundo visible de manera literal. Su función es otra: operar como lenguaje. Lena trabaja con una apariencia verosímil para situar al espectador en un espacio ambiguo, entre lo reconocible y lo construido, entre la familiaridad del retrato y la conciencia de estar ante una imagen generada. Esa tensión me lleva también a pensar en Orlando de Sally Potter, donde la identidad se desplaza y se reformula sin quedar fijada de una vez por todas. En la obra de Korolevich no hay relato cinematográfico, pero sí una concepción semejante de la identidad como materia mutable, atravesada por signos culturales y visuales.
También valoro la claridad con la que la artista entiende la relación entre ser humano y sistema generativo. La dirección conceptual, la lógica visual y la estructura del proyecto proceden de una voluntad autoral que sabe exactamente qué quiere construir. La inteligencia artificial interviene aquí como herramienta de materialización y variación, no como núcleo del sentido. Como comisario de arte digital, me interesa especialmente esta posición, porque aparta la obra del virtuosismo vacío y la sitúa en un lugar mucho más exigente: el de la edición, la coherencia y la intención.
En un momento en el que gran parte de la producción con IA todavía se mide por su capacidad de impresionar, Braids encuentra un valor menos inmediato pero más sólido. Su fuerza está en la contención, en la lectura y en la manera en que une retrato, identidad y símbolo sin perder precisión visual. Lena Korolevich demuestra que la inteligencia artificial puede ser una extensión legítima del pensamiento fotográfico cuando existe detrás una mirada capaz de ordenar, filtrar y dotar de sentido a la imagen. Y esa, precisamente, es la diferencia entre generar imágenes y construir una obra.
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Texto revisado mediante herramientas de IA
Etiquetas: creAtIva | AI Art Book, Lena Korolevich Last modified: 7 julio, 2026





