Coreografía

by • 24 junio, 2022 • Crítica de arte, La ComarcaComments (0)535

Aprovechamos el marco de esta gran celebración de los discursos fotográficos que gestiona PHotoESPAÑA, Festival Internacional de Fotografía, para publicar estos apuntes críticos sobre el trabajo más reciente de la artista alemana Claudia Rogge.

Claudia Rogge
© Claudia Rogge

Observo con atención la nueva serie de Claudia Rogge y me desconcierta el nivel de precisión, de agudeza y de astucia de esta artista. Sus nuevas piezas plantean una indagación inteligente en las dimensiones estéticas y en las derivas sociológicas del patrón, así como en su esencia (y consecuencia) dogmática. Al virtuosismo retiniano de su narrativa le acompaña (y se le opone) un comentario crítico e interpelante que afecta directamente a la obscenidad ideológica organizada sobre la(s) política(s) de la representación y la reproducción mimética. La obra de Claudia contempla -extrañamente- un hedonismo político y una voluntad exegética que ponen a prueba la propia competencia del discurso fotográfico y su estatus de veracidad.

Hoy concebimos mejor el infierno que cualquier edad de oro. Las crisis suelen profundizarse más que nunca teniendo un efecto dominó en las tramas sociales. Es en este contexto en el que el reconocimiento y la producción de patrones adquiere profundos relieves socio-antropológicos toda vez que, de alguna manera, sirven para conferir orden estructural y sistémico a un mundo que no deja de evidenciar los signos de su escepticismo y el extravío de cualquier utopía. La idea de que el patrón es una suerte de artefacto cultural de fuerte impacto e injerencia en la psicología colectiva y las nociones de gusto, es una de las razones argumentales de la que se sirve el trabajo fotográfico de Rogge. La artista es consciente de la voluntad mimética del ser humano y de la industria como modeladora de sistemas de comportamientos gregarios y compulsivos. El ser cultural no existe fuera (ni al margen) del patrón. Pasamos la vida produciendo y reproduciendo patrones, ya sean tangibles o intangibles. Los textiles resultan una prueba fáctica e irrefutable de esos procesos de reproducción que tienen sus raíces en la propia fuerza de la naturaleza y sus continuos ciclos de repetición. De ahí que, en estas nuevas imágenes, la artista explora las relaciones y los mestizajes que podrían generarse entre los tejidos y la piel.

Claudia Rogge
© Claudia Rogge

Claudia sella, como una suerte de tatuaje, la piel de sus modelos. Así, las repeticiones del tejido y del ornamento sobre la piel, diluyen las fronteras taxativas ejercitando una performance de la contaminación y de la reproducción. La repetición de las poses y de los elementos seriados activan los mecanismos de una gran coreografía. La operación de Claudia consiste en la selección y aislamiento de un motivo que luego será repetido en el marco de un conjunto potencialmente infinito. De tal suerte, la imagen genera un movimiento interno que concluye por ser, en puridad, desconcertante. De esa rítmica afloran conjeturas conceptuales que potencian al valor de estas instantáneas.

La obra de esta artista es, a todas luces, un ejercicio de manipulación/replicación. Y esa operatoria de colonización y de malversación respecto de la imagen de base no es sino una elocuente metáfora del terror que supone, para el mundo contemporáneo, las prácticas violentas de la ingeniería genética y el rendimiento del totalitarismo. Claudia trabaja desde la seducción y el simulacro, orquesta un relato visual poderosamente atractivo que disfruta de la exaltación de lo bello, teniendo en cuenta que la belleza es, en sí misma, una trampa hermenéutica. De ahí que sus demandas sean otras y que sus preocupaciones traspasen el umbral de lo representado en beneficio de lo discursivo replicante. La urdimbre tejida en estas nuevas obras de la artista surge del estudio y de la observación de la gramática de los patrones generados a partir de la acumulación de elementos de índole corporal y textil.

Queda claro que existe una relación muy compleja entre el cuerpo humano y la ropa. Esta última es una especie de segunda piel, una instancia que revela mucho sobre la identidad sexual, cultural y racial del sujeto. La obra de Claudia intenta reflexionar sobre el carácter y las dimensiones ontológicas de este tipo de relación, atendiendo siempre al cariz conflictivo de esas aproximaciones.

Claudia Rogge
© Claudia Rogge

El mundo contemporáneo está atravesado por el estigma de la violencia que muchas veces está activada por las propias maquinarias estatales. Esa violencia no solo se expresa a través de la persecución, la represión y la sospecha; sino también por medio de la homogeneización y la dispensación de maniobras miméticas: todos igual a todos. La emergencia sanitaria mundial, resultado de la pandemia, demostró hasta qué punto somos objeto de una parametrización y subordinación instrumentadas por las estructuras de poder. De repente nos convertimos en una masa homogénea sujeta a unos protocolos de actuación que sofocaban cualquier gesto subversivo o emancipador. Estas piezas de Rogge, en parte, resultan una especie de eco o de síntesis de esta experiencia de control totalitario y represivo. De ahí la recurrencia al patrón como figura de representación/represión. Rogge consigue atribuir a la imagen hedonista una poderosa significación simbólica admitiendo que la trama de repeticiones se asocia, en gran medida, a un tipo de performatividad violenta.

La narración fotográfica de Claudia se plantea, entonces, como un ejercicio metonímico que enfatiza operaciones de contigüidad y desplazamientos semánticos. La metonimia implica, precisamente, “un cambio semántico que consiste en darle el nombre de un objeto a otro, es decir, de nombrar un objeto con el nombre de otro objeto o cosa diferente”. En este caso, Claudia usa la imagen fotográfica para nombrar un fenómeno social. Sus instantáneas vienen a ser la consumación poética de un trauma colectivo y de una experiencia de homogeneización capaces de gestionar una incuestionable sucesión de significados y de lecturas poliédricas. Quizás sea esta la razón por la que no es del todo descabellado apelar al concepto o noción de “comisura” que introdujo Kristine Stile a la hora de comprender (o de especular) las conexiones o posibles vínculos entre el repertorio de imágenes de esta artista y el orden social conflictivo que aflora como susurro testimonial en el tejido hermenéutico de este registro. Entre la obra acabada y el proceso de conceptualización media una suerte de interfaz que transforma las señales de un ámbito a otro.

Claudia Rogge
© Claudia Rogge

El vestuario, los textiles y la moda, son, también, dispositivos culturales que entrañan particulares formas de violencia. La urdimbre que se orquesta a partir de estos escenarios revela una tácita instrumentalización de los gustos y deseos colectivos que se reducen -así- a las previsiones y los diagnósticos de un grupo de poder. La serialización que plantea Claudia en sus imágenes es, por tanto, una forma de denuncia al tiempo que expande el campo de la exégesis sobre los procesos culturales de replicación, de reproducción, de mímesis y de homogeneización totalitaria. Sus instantáneas hablan de esa voluntad dominante que se expresa a la hora de etiquetar, inventariar y catalogar las unidades indivisibles (e inconfesables) del sujeto y de su subjetividad.

Sería estúpido imaginar esa ingenuidad o asepsia en el contexto de estas fotografías de la artista alemana. Si partimos del hecho de que toda posición, personal y política, supone, de facto, un rechazo a la verdad y una evidencia de fatalidad, entonces habría que leer estas imágenes como una clarísima performance de la obscenidad. Lo obsceno habla de una contraescena que explicita aquello que los sistemas de regulación moral consideran impropio o contraproducente según la legitimidad de lo que puede y debe ser visible. Es aquí, precisamente, donde reside la perversión coreográfica que despliegan sus imágenes. En ellas se certifica el proceso de (in)visibilidad -ahora edulcorado por los criterios artísticos- que ponen en juegos los mecanismos hegemónicos. De este modo, y tal vez hasta de una forma inconsciente, es que su narrativa visual propone una interpelación y un desmontaje de las retóricas de la violencia.

Claudia Rogge
© Claudia Rogge

Los proyectos estéticos que emprenden comentarios críticos, ya sean desde el orden retiniano o desde la contestación política explícita, comprometen el sistema de los juicios de valor. No todo lo explícito y evidente se convierte en subversivo, como tampoco los desplazamientos alegóricos redundan en lo banal. La visualidad de Claudia disfruta del posicionamiento exacto y preciso. Su destreza como fotógrafa y como mujer inteligente y aguda le llevan a la organización de un mapa en el que los recursos conceptuales y las estrategias visuales se acoplan bajo el régimen de la sintonía. Los esquemas de autoridad a los que inevitablemente conducen las repeticiones, las programaciones estandarizadas y la conversión de la voluntad cívica en obediencia/sumisión, quedan expuestos en la hechura textual de estas superficies. Las afecciones y las idealizaciones de esos modelos son intervenidos por la artista para dar cuenta de su fracaso y de su tiranía.

Ocurre que, muchas veces, las negociaciones entre el discurso del arte y el discurso político, generan la fructificación expedita del desastre y del panfleto. Esto no sucede con la propuesta de Claudia. La artista es capaz de establecer una fina tensión entre la representación y el conflicto. Su obra comparte un sentir afín al drama de la parametrización social desde posiciones y prefiguraciones formales que entrañan loables cuotas de perversión y de seducción. El fenómeno gregario y de domesticación del sujeto en masa, quedan expresados en esta proposición estética tan gustosa del detalle y la pulcritud. La crítica al régimen patriarcal, a las estrategias persuasivas de control y al paradigma de las falsas libertades, están en la base discursiva de esta nueva serie de la artista. Las piezas de Claudia Rogge señalan esas alianzas que se tejen entre la imagen y la crítica de la cultura.

Las repeticiones, bien lo sabe la artista, terminan muchas veces en el vaciamiento de sentidos y en la militarización de los comportamientos, pero también generan mecanismos culturales y resultados antropológicos que alimentan las mitologías urbanas y las estéticas corporales de la replicación y de la insubordinación.

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