Cachito Vallés (Sevilla, 1986) construye una poética del tiempo que respira, y en su primera gran exposición institucional demuestra que el arte andaluz no necesita gritos para decir cosas importantes, porque aquí todo funciona por acumulación, por capas de sentido que se posan lentamente sobre el espectador mientras recorre los espacios que ahora acogen una reflexión extensa sobre la percepción y la experiencia del transcurrir.
En esta ocasión el CAAC reúne 32 piezas, once de ellas creadas específicamente para este lugar. No es casualidad que el artista entienda -el diálogo con la arquitectura como parte esencial de su método-, porque los espacios no funcionan como simples contenedores sino como interlocutores activos de un discurso que se teje entre lo industrial y lo espiritual, entre el vestigio histórico y la intervención contemporánea. Cachito transforma esos lugares en territorios de experiencia sensorial donde el pasado monástico y el presente tecnológico conversan sin estridencias. Sus piezas nacen de la programación ejecutada por máquinas que él mismo diseña, pero el resultado tiene algo profundamente orgánico que desarma las expectativas sobre lo que puede ser el arte generado por algoritmos. Aquí la tecnología no se impone como protagonista sino que se disuelve en favor de lo sensorial, permitiendo que las formas fluyan y generen ritmos visuales que parecen latir con vida propia sobre diferentes soportes y mediante técnicas diversas que comparten un mismo origen conceptual basado en la repetición, la geometría y cierta fascinación por los sistemas que evolucionan en el tiempo.
Vallés trabaja desde dos tradiciones que podrían parecer distantes pero que él enlaza con naturalidad admirable. Por un lado está la abstracción norteamericana con su búsqueda de lo sublime a través del color y la forma, y por otro el legado del Centro de Cálculo de Madrid donde se exploraba el arte como sistema regido por lógicas matemáticas. A esto añade la influencia de la música experimental que incorpora el azar y la desmaterialización del tiempo como elementos compositivos, construyendo así un lenguaje que convierte conceptos científicos en propuestas cargadas de simbolismo personal que hablan tanto al intelecto como a los sentidos. La luz se revela como el verdadero material con el que piensa, desplegándose en instalaciones que responden a la presencia del visitante o reproducen patrones biológicos mediante recursos técnicos que nunca se exhiben como alarde sino como herramienta al servicio de una investigación paciente sobre cómo percibimos y habitamos el espacio, sobre cómo el cuerpo se relaciona con fenómenos que van desde lo astronómico hasta lo íntimo, desde la grandeza del universo hasta el ritmo de nuestra propia respiración convertido en secuencias luminosas que pulsan con una extraña familiaridad.
Mencionar también el trabajo de Yolanda Torrubia, comisaria de la exposición, que para mi gusto ha logrado articular un recorrido que ofrece una visión global de las preocupaciones del artista pero no desde la retrospectiva, sino más bien con la intención de construir una experiencia coherente que profundiza en su pensamiento científico y poético ligado a la experiencia tecnológica desde el sur. Este proyecto demuestra la capacidad de Vallés para abordar cuestiones fundamentales sin caer en el discurso grandilocuente, planteando preguntas sobre la trascendencia, el posicionamiento del individuo y los significados de la luz desde la geometría y la experiencia directa, nunca desde la retórica; y eso se nota en cada decisión formal, en cada instalación que presenta, porque entiende la belleza no como decoración sino como problema intelectual que merece atención sostenida. Un espacio donde el pensamiento se encuentra con la sensación y ambos se transforman a la vez.
Esta exposición confirma que estamos ante un creador maduro, capaz de sostener un proyecto ambicioso sin perder coherencia entre las distintas piezas que componen un recorrido pensado con precisión para dialogar con la arquitectura histórica del lugar. ¿El resultado? Una experiencia que permite desplegar la amplitud de su investigación y demostrar que el pensamiento científico y la intuición poética pueden coexistir en obras que tocan algo profundo sin necesidad de explicación verbal…obras que funcionan porque confían en la capacidad del espectador para dejarse habitar por el tiempo y el transitar.
Fechas: Hasta el 24 de mayo de 2026
Lugar: CAAC, Sevilla






