Iroko Moforibale

by • 20 enero, 2022 • Crítica de arte, Exposiciones, La Comarca, PremiosComments (0)717

Gabriela Pez es, sin discusión, una de las voces femeninas más jóvenes del arte cubano a la que auguro un largo recorrido. Su obra es de una simplicidad y de una profundidad desconcertantes, al tiempo que goza de una belleza hiriente y angular. A diferencia de algunas de sus contemporáneas, cuyas propuestas resultan en extremo deudoras de poéticas anteriores o que necesitan usurpar el crédito ajeno para certificar -si acaso- una postura sospechosamente propia, Gabriela apuesta por una obra que destila honestidad y transparencia. Advierto en ella una elocuencia y un sosiego que serán -el tiempo siempre gana-, su pasaporte al éxito futuro. Esta exposición me acerca a una artista y no a un producto de las circunstancias, me revela una sensibilidad poderosa que no necesita de la pose o de la etiqueta. Gabriela articula una obra de ascendencia cultural dura en la que los argumentos de base ya existen en el imaginario colectivo. No necesita, por tanto, de la reproducción palmaria o de la invención de lo dado; sino, muy al contrario, de la floración y emergencia de todas esas voces a través de la suya. La obra se convierte así en una ofrenda, en un tributo, en un homenaje, en un gesto de amor y de reconciliación. De tal suerte, tal y como afirma el curador de la muestra, “cada pieza, entonces, debería tomarse como una confesión ética, en la que la artista nos descubre por medio de una estética sutil, depurada, una imaginería en la que se entrelazan el sueño, la memoria, el mito, la sexualidad, el género y la raza, entre otros asuntos concurrentes (…)”

Gabriela Pez. Cortesía de la artista.

La exposición, firmada por el brillante crítico y curador cubano Jorge Peré, se puede visitar, desde este viernes, en la Sala María Zambrano del Centro Hispanoamericano de Cultura en La Habana. Su puesta en escena y su consumación concreta en este hermoso proyecto ha sido gracias a la beca de artes visuales que concede Habana Espacios Creativos, en la que Gabriela ha tenido la oportunidad de investigar en las texturas infinitas del papel mediante la experimentación en sus procesos artesanales, llegando a descubrir el algodón de ceiba.

Aquí les comparto el hermoso texto del curador: 

Gabriela Pez y su viaje a la semilla 
Jorge Peré

La obra plástica de la joven artista Gabriela Pez podría leerse como un intento de regresión al oficio y ciertas prácticas artesanales que en la noción más común de arte contemporáneo se advierten subestimadas, cuando no rotuladas como “géneros menores”. La artista esboza una conjunción entre el dibujo y la acuarela para darle origen a un imaginario visual relativo a la naturaleza y su contemplación metódica, a una suerte de paisaje que suscita una visión entre lo místico y lo profano.

Gabriela Pez. Cortesía de la artista.

Asimismo, la figura humana deviene esencial en sus recreaciones pictóricas, puesto que frecuenta el autorretrato como medio en función de originar en sus obras un espacio de diálogo profundamente íntimo e individual. Cada pieza, entonces, debería tomarse como una confesión ética, en la que la artista nos descubre por medio de una estética sutil, depurada, una imaginería en la que se entrelazan el sueño, la memoria, el mito, la sexualidad, el género y la raza, entre otros asuntos concurrentes.

En sus series más recientes, las cuales denotan cierta maduración de índole conceptual y plástica, Gabriela asiste a un proceso de mayor compenetración con lo natural –universo que está presente en su obra desde los inicios, como motivo de representación–, que se expande desde lo ideo-estético hasta la consecución misma de sus pinturas. Esta radical integración en su obra de los recursos que ofrece la naturaleza, se debe a un estudio que la ha llevado a encontrar pigmentos naturales y –lo más definitivo– acertar en la forma de concebir, con sus propias manos, un soporte en donde se condensan, idealmente, las pretensiones de su narrativa estética.

Gabriela Pez. Cortesía de la artista.

El periplo de Gabriela Pez hasta este momento deja cuenta de un acto de maduración desde todo punto de vista. No solo porque ya se le echa a ver cierto dominio técnico del medio que la ocupa, sino también –y más esencialmente– por la cualidad intelectiva que develan sus piezas. Si antes la joven artista experimentó el deseo de interrogar el medio –algo que aún no ha dejado de hacer– y desplazarse por varios ejes temáticos, al abarcar la naturaleza, el cuerpo, la sexualidad y el género, ahora la advertimos regodeándose plenamente en sus parciales conquistas: una manera de decir, una voz propia, una poética en continua gestación.

Mucho tienen que ver las lecturas que Gabriela ha venido incorporando a su acerbo, el acercamiento que ha tenido hacia ciertos autores y textos esenciales para comprender un segmento exponencial de nuestra cultura, relativo a la raza y las religiones de origen africano. Se ha entendido, sobre todo, con dos autoras imprescindibles: Lydia Cabrera y Natalia Bolívar Aróstegui. De manera que en su proceso creativo más reciente se ha enfrascado en interpretar y estetizar los imaginarios místicos, surreales, que derivan de la oralidad, los patakíes que conforman el corpus literario de Ifá y toda esa tradición de creencias afrodescendientes que se amalgaman en nuestra cultura.

Gabriela Pez. Cortesía de la artista.

Los secretos de Iroko

De la artista emana una energía limpia, sobria, que no deja indiferente. Acercarnos ha sido experimentar la paz, la mesura, el sosiego y una voluntad inspiradora. Gaby jamás dice nada a la ligera, porque sí. Cuanto viene de sus manos es pura honestidad, pues ella no sabe mentir cuando se trata de su obra.

La muestra que hemos inaugurado, fruto de un largo proceso que no comenzó hace meses -como algunos podrían pensar- sino desde que nos conocemos Gabriela y yo, más que un ejercicio curatorial, más que la opera prima de una artista prometedora, es la floración de una poética que ha venido gestándose lentamente, implicando símbolos, textos y voces que trascienden el tiempo y llegan a Gaby como una ensoñación.

La artista, creo advertir, ha asistido a un autorreconocimiento de su negritud, del peso histórico que esa negritud refiere y de todo lo que en ella habita como imaginario cultural. Ha asumido lo artesanal como un principio de ofrenda, al entrar en un ciclo y un tiempo perfectos, de reciclajes naturales, indagaciones, tanteos y descubrimientos al seno de ese cuerpo vivo que es el monte.

Gabriela Pez. Cortesía de la artista.

Del monte se ha traído el algodón, susurros de rezos, visiones ocultas que marcan un destino, una vida toda. Del monte se trajo el aroma impregnada y la depositó en sus papeles, probándonos a todos que lo más hermoso, casi siempre, suele ser lo más simple. De ahí viene Gaby. Desde allí nos habla. Aprehendió la esencia de Iroko y ahora nos hace cómplices de su salto, de su entrada en un nuevo estadio creativo.

Iroko, el árbol sagrado, milenario, robusto, de espinas y raíces que se hunden en lo más profundo de inle ogguere. Iroko, el árbol que reclama ofrendas, sacrificios, para contentar a las deidades, pues nadie conoce mejor el secreto de los Orisas; pues no existe un mayor testigo puesto en el mundo por Olodumare, para hacer valer los designios y profecías oraculares, los avatares de la adivinación cuando se lanzan las semillas de Ifá. Iroko es madre y padre de los hombres y mujeres. Iroko reina en el monte. Iroko habla todos los dialectos étnicos. Iroko es el gran altar de la naturaleza.

Gaby ha venido a dejarnos esta ofrenda o Ebo, nos hace partícipe de una (su) ritualización de la estética que también podría leerse como una estetización del ritual. Ago ilé…  

Gabriela Pez. Cortesía de la artista.

En tanto propuesta, «Iroko Moforibale» debe ser entendida como un tributo al acerbo cultural de origen africano que conforma una parte indispensable de la identidad insular. En ella resuenan, como dije antes, los secretos y la literatura de Lydia Cabrera y Natalia Bolívar; además, está la poesía negra guilleniana, los ensayos de Don Fernando Ortiz y el Alejo Carpentier de «Ecue Yamba-O». En ella, también asoma como influencia inevitable la visualidad e imaginería irrepetible de los grabados de Belkis Ayón y el paisajismo mítico de Wifredo Lam.

«Iroko Moforibale» se compone desde ese enjambre de voces ocultas, de historias extendidas en la oralidad popular, de lenguas y ritos negros que han vencido la colonialidad y el tiempo.

Jorge Peré / La Habana /Cuba 

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