Un grito

by • 21 marzo, 2022 • Crítica de arte, La ComarcaComments (1)651

La obra de Raúl Gómez entraña un gesto de melancolía y un acto de denuncia. Con los años uno aprende a discernir, con cierta lucidez, los límites que median entre lo urgente y lo importante. Eso, en parte, hace Raúl. Su obra se traduce en eco de uno de los temas más acuciantes del debate contemporáneo de la agenda global. Y no es otro que el del cambio climático y las consecuencias de éste para el planeta cuyos índices de calentamiento y de deterioro son directamente proporcional a la estulticia humana y a su impulso bárbaro. Sin embargo, lo reconozca él o no, la obra advierte de otros lados sensibles que señalan hacia la propia condición del ser humano y sus dobleces, centrándose en ese ámbito del desvío ontológico en el que el hombre es trascendido en su animal humanidad

Raúl Gómez, ODA-VIRUS. Óleo sobre lienzo 30×40 pulgadas.

Raúl ha decidido pensar en la incertidumbre como en un folio en blanco. Piensa en ella como la señal más evidente de un mundo que extravió los órdenes gramaticales de su existencia y se entregó a la barbarie y la desidia. Y esa entrega tiene lugar sobre el supuesto de una tautología: destruyo porque destruyo. El artista es consciente de que el desajuste climático y la transformación atroz de los perfiles lábiles del planeta en manos del hombre y en nombre de eso que extrañamente llamamos civilización, no es otra cosa que la puesta en práctica de los regímenes de la ignorancia y de la arrogancia. El mundo visual de Raúl está atravesado, en sentido metafórico, de gritos y de súplicas. La obra, en su misma extrañeza, se posiciona como queja, como espacio de señalización del conflicto, pero sin apelar al panfleto o al manifiesto de turno. 

Raúl Gómez, Aventuras mitológicas. Óleo sobre lienzo, 36×48 pulgadas.

Toda su obra, o una gran parte de ella, se centra, con destreza técnica y en algunos casos con gran belleza, en la problematización de ese conflicto inminente y en los lazos de la presunta responsabilidad del hombre y el arte con los signos de su tiempo. Sus lienzos y sus dibujos (estos últimos muy particulares), resultan una declaración manifiesta y una suerte de mapa alegórico con infinitas capas de sentidos. Al margen de las consideraciones políticas y contextuales contenidas en sus imágenes, está el hecho de que ellas mismas se convierten, por fuerza, en radiografía del grito y reflejo del yo. No perder de vista que Raúl, al igual que yo, somos migrantes, desplazados. Ambos, de alguna manera, nos convertimos en figuras errantes, en sujetos que van marcando un paso sobre la propia idea del espacio fragmentado y desigual. Al ser una parte constitutiva de esa otredad, ocurre entonces que se ponderan los estamentos de una frondosa sensibilidad. De tal suerte, lo qué está ahí fuera no nos resulta ajeno, el dolor del otro se asume como propio y la vida acontece en medio de una gimnasia que se orquesta sobre la prueba y error. 

Raúl Gómez, El uber de mis recuerdos. Óleo sobre lienzo 30×40 pulgadas.

El riesgo y la observación sistémica se convierten en nuestros mejores aliados frente a la intemperie y a la aspereza de lo cotidiano. La condición errante, es así, por fuerza de todas las combinatorias, la señal más evidente de nuestras vidas. Raúl sabe que no existe arte sin la puesta en escena de los rituales de la emoción. Sin ella, al término, todo se reduce al teatro de la falsedad y al desencuentro de las mentiras. Es por ello que se esfuerza en iluminar sus piezas y atribuir contenido sensible a las mismas. Las obras vienen a ser entonces fragmentos de la escritura del malestar. En ellas se condensan la voluntad de conciencia y el deseo de un mundo mejor y posible.

Raúl Gómez, S.O.S. Planet. Carboncillo sobre lienzo 30×40 pulgadas.

Muchas de sus superficies hablan también de la escisión y del viaje. Ese viaje que emprendimos sin certezas y sin las seguridades de la que suele disfrutar cualquier otro paseante de turno. Esta es la razón, quizás, por lo que igualmente advierto cierta anarquía en la dramaturgia general de su poética. Señalo esto, a sabiendas de que Raúl, ha decidido fraguar, por voluntad propia, un modelo de actuación estética el que la idea de lo fragmentario, lo insinuante y lo alegórico, resultan señales de un devenir. Este principio justifica su no sujeción y su auténtica emancipación de la idea tremebunda de catástrofe. Sabe y sabemos que ese cambio en la jerarquía del clima y del universo supone un verdadero desastre, pero la solución, parece decirnos Raúl, no está en la reproducción alarmante de cada escenografía del terror, sino, a diferencia de ello, en la refundación afectiva del mapa y de sus bordes.

Raúl Gómez, Un lugar en el arcoíris. Carboncillo y óleo líquido 36×36 pulgadas.

Lejos de alistarse en las filas de los derrotistas o abdicar frente al drama, prefiere la enunciación poética y la búsqueda -aunque infructuosa- de un pacto reconciliador. De tal suerte, es desde todo punto de vista pertinente reconocer que la obra de este artista se presenta como un movimiento y una necesaria aprobación hacia el cambio en las dinámicas de esas relaciones conflictivas entre el sujeto y su medio. Él busca, desde la extrañeza de sus imágenes, el recurso de la interpelación persuasiva, la tan necesitada maniobra de reconciliación entre las partes. Este motivo hace que la obra reclame la atención crítica y anuncie, fácticamente, los que podrían ser sus derroteros. La obra de esta artista se erige, entonces, como un ejercicio en el proceso de concienciación y sensibilización social, siempre desde el ámbito del arte. Frente a la fuerte agresión que las acciones antrópicas han supuesto para el medio, con consecuencias muchas veces irreversibles, las imágenes de Raúl desean introducir un ánimo reconciliador en medio de tanta nota altisonante.

Raúl Gómez, No hay agua. Óleo sobre lienzo 30×40 pulgadas.

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One Response to Un grito

  1. Avatar AreLys dice:

    Su obra es auténtica y conmovedora.
    Evidencia una sensibilidad muy poética, a veces con cierta alegoría nostálgica, que suele confluir con la crudeza insondable de los tiempos pasados y presentes.
    No edulcora ni superficializa la expresión artística, más bien se muestra profunda y rigurosa, reflexiva y diáfana, singular.
    Me declaro admiradora y le auguro muchos éxitos.

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