Instagram: mis lances amatorios III

by • 10 enero, 2022 • Crítica de arte, La ComarcaComments (0)444

En esta tercera entrega de mis lances amatorios propongo unos comentarios críticos -al paso- sobre las propuestas de los artistas Omar Tirado, Alexander Höller, Gisi Reji, Cristina de Miguel, Lázaro Saavedra Nande, Claribel Calderius, Iván Marcos Perera, Jacobo Londres, Rubén Osoria, Sergio Femar y Salomón. 

La mesa está servida.

Omar Tirado

Me desconcierta la suspicacia, la inteligencia, la sensibilidad y el carácter de muchos artistas cubanos. Casi concluyo un texto sobre la obra de uno de ellos cuando, entre medias, me llega el dossier de Omar Tirado @artist_tirado. Aproveché el momento para tomar distancia de lo escrito, visionar su obra y relajarme. Pero esto último no fue posible. El vigor y la honestidad de su propuesta, me ponen en pie. Omar es un artista increíble, de una capacidad de asociación y de análisis envidiables. No he visto la obra en directo, especialmente la pintura, pero ocurre que esta limitación queda superada al leerla y al atender a sus razonamientos. Sus mapas domésticos, libres invenciones de una realidad que sirve de base, gustan de la sensibilidad barroca y se inclinan hacia la poesía. Descubro en ellos una hermosa reelaboración de la propia idea del palimpsesto pictórico. El espacio y todos los elementos que lo habitan están sujetos a la dinámica de una premeditada distorsión y arbitraje del sentido que conduce, de facto, al lugar de la metáfora. Las piezas de Omar, más allá de su obviedad física, manifiestan y resguardan estados de pensamiento y de digresiones emocionales. Son imágenes que remiten al barroco de Carpentier, a la lírica de Lezama y al travestismo de Sarduy. Disfruto de su osadía y de su falta de pudor a la hora de jugar con el lenguaje gestionando mezclas, citas y encuentros bien sugestivos. Aflora una suerte de gimnasia lúdica que me seduce. Volveré…

Alexander Höller

Alexander Höller y yo tenemos algo en común: somos los reyes de la provocación. Y lo somos no porque busquemos provocar, sino porque lo que hacemos genera malestar e incomodidad en los demás. Inequívoca señal de que existimos. Escribir como lo hago y decir a través del texto lo que realmente pienso, ha sido el objeto de infinitas controversias; lo mismo ocurre con él y con su obra. Sin embargo, debo subrayar, que su obra no busca provocar sino más bien reconciliar. Habla de una conexión cósmica, de perspectiva casi ontológica, entre el instinto predador del ser humano y la naturaleza, entre cierta noción de civilización y cierto impulso bárbaro. Me temo que el conflicto de este artista no reside en la obra que produce. De hecho, una buena parte de ella me resulta hasta ingenua al tiempo que hermosa. El conflicto reside en el contexto de recepción y en los mecanismos de validación/aprobación que ese contexto ejercita, apoyado en la “aceptación” o en la “exclusión”. Para la crítica alemana, deudora de una tradición formalista y de la hegemonía de lo retiniano, Höller debe resultar un artista cuestionable y perverso. Esto último, según se entienda, podría ser el mayor de los halagos. Lo cierto es que sus piezas, vistas en conjunto, construyen un mapa emocional. Este tío es de los que pinta porque tiene que pintar: vive la pintura, la huele, la siente, copula con ella, eyacula. Todo eso lo hace creyendo en ella y gozándola. Su imagen, sexy a rabiar, es también objeto del rumor entre conservadores y luteranos de moda. Pero al final, como reza el refrán, que hablen bien o mal, pero que hablen. 

Cristina de Miguel

Extraordinaria la pintura de Cristina de Miguel @cristina_de_miguel. Me fascina su desfachatez y desparpajo, su lucidez y su voluntad de goce. Es una pintura visceral e intuitiva que no se detiene frente a la elaboración de conceptos, sino que disfruta, a plenitud, del hecho mismo de ser. Hablamos de una pintura sellada bajo los inequívocos signos de una performatividad activa. Su poderío reside, precisamente, en esa libertad que manifiesta, en su espontaneidad, en su falta de pudor. Cristina advierte de un dominio del color y de la línea fuera de serie. Hace suyo el plano vacío con una habilidad que resulta envidiable. Denota destreza, suspicacia (que no ingenuidad) y mucha audacia a la hora de ensayar una “gramática desatinada” que le conduce al éxtasis de la pintura. Es una pintora de fuste, sin duda alguna. Estimula las retinas y esgrime una pincelada intempestiva que se mueve entre el libertinaje y la gravedad, entre lo central y lo periférico, entre el impulso hormonal y el deseo en paralaje. Es un tipo de obra que revela, de un extraño modo, una curiosidad cercana a la exaltación y al desencanto. Volveré… 

Lázaro Saavedra Nande

Conocí a Lázaro Saavedra Nande, alias “Lachy”, por un comentario conciliador en ese momento de tensión entre los artistas cubanos, el Ministerio de Cultura y el Estado represor. Entonces llamó mi atención. Una de las razones resulta bastante obvia: es un guapo de escándalo. Pero dejaré de lado estas confesiones y estos lances míos para referir algunos aspectos esenciales, creo, de su obra. Cierto es que hace vídeos, pinturas, performances, dibujos y un poco más. Y cierto es, también, que no creo que sea lo suficientemente virtuoso en todo lo que hace. Sin embargo, goza de una facultad esencial que reconozco en quienes producen arte: su descarado histrionismo y su honestidad palmaria. El humor, la ironía y una especie de erotismo erosivo, organizan la gramática de este joven artista al que no voy a asociar con nadie porque él es una voz autónoma e independiente. Y esa voz, sin rancios abolengos, está haciendo algo que le toca: relatar, a su modo, algunos de los signos de su trágico momento. La tentativa de buscarle al arte razones y motivos trascendentes, ha sido uno de esos males de la crítica que incrimina a los artistas y sus obras para enmascarar su debilidad y sus prejuicios. Si algo me gusta de Lázaro es su desparpajo, su aparente ligereza, su entrada en escena como sujeto perturbador y licencioso. La idea de la culpabilidad o de la gravedad conceptual devenida en “empacho” para algunos, no va con él. No le conozco como hacer afirmaciones demasiado serias, pero le imagino decirme, luego de este apunte azaroso y libre, “bro singa que la vida es pinga”. 

Claribel Calderius

Existe una inequívoca línea de actuación de lo artesanal en el escenario del arte cubano contemporáneo. Las voces protagonistas de esta “moderación estética”, son, en su mayoría, mujeres artistas de diferente rango intelectual, profesional y de compromiso. Una de esas voces es la de @claribelcalderius_, a quien tuve la suerte de exponer en una colectiva de artistas latinoamericanos en el Ateneo de Madrid, dentro del programa de PHotoESPAÑA 2018, con su hermosísimo proyecto “Los hijos de la patria”. Desde entonces y hasta hoy, Claribel ha venido desarrollando un trabajo sobre la base de un material sensible: las emociones. Si algo detecto como señal de su hacer, es esa extraña sensación epistolar que destilan sus piezas. Observo con atención cada “garabato” suyo y descubro en ellos la letra de un reclamo, de un llamado de atención, una suerte de presagio. Es como si entre todos se organizara la gramática de una carta que está por enviarse a un destinatario incierto. Se mezclan allí la pintura, el tejido, el bordado, el collage y la virtud de las manualidades todas. Resulta de esa mixtura de medios, de recursos y de intenciones, una obra que rebosa de sutilezas y de insinuaciones. Las piezas suelen estar acompañadas de frases extraídas de la literatura, lo cual adereza el posible ejercicio de interpretación toda vez que uno busca cazar el sentido del texto con la angularidad de las imágenes. Entonces la indiscreción se me antoja rigurosa, lamentando no tener conmigo a la artista para ensayar un escrutinio en el raro mapa de esas prefiguraciones suyas. Me quedo, faltándome esa declaración en primera persona, con lo que esos tapices me trasmiten. Al cabo todos somos animales de la experiencia, somos la acumulación de lecturas, de sensaciones y de cosas vistas. Asumo este registro como un acto de devolución, una señal de generosidad y una especie de expiación personal. Tanto es así que, sin abandonar sus funciones de madre, esposa, emprendedora y artista, también levanta la voz en contra de la incineración colectiva que sufren los artistas en Cuba. Es ahí cuando su vida y el resto de lo que hace adquieren un rango político.

Gisi Reji

De algún modo todos pensamos en un retorno al origen, en una vuelta a eso que, siendo nuestro, perdimos para siempre. Solo nos pertenece aquello que bien perdimos; el resto es incierto, proyección condicionada, pura especulación. El trabajo de @gisi_reji constituye, sin duda alguna, un ejercicio de memoria. Ella es artífice de la sutileza, del tiempo fugaz de lo sublime, del entusiasmo moderado por la minuciosidad. La fineza de su hacer, que fluye con una constancia incorruptible, la convierten en una suerte de poetisa de la nostalgia y en una hacedora de metáforas. Esas arquitecturas imposibles y esos libros traducidos en espacios habitables y vivos me recuerdan esa obsesión mía por la casa, por la vuelta a un hogar que ya no existe. La obra de esta artista cubana entrecruza los lenguajes del arte con los de la literatura y la arquitectura, dispensando de este modo un universo muy singular en el que ella siempre está presente. Si algo me gusta de su obra es esto último: la relativa poca distancia que advierto entre su yo (al parecer noble y sensible) y sus artefactos poéticos. Una fuerte vocación y una entrega absoluta, resultan clarísimas señales de su operatoria artística. Cuando observo sus piezas descubro el principio de una metodología de la redefinición. Es como si cada articulación se dispusiera a tejer nuevas cadenas de sentidos, nuevos significados, nuevas ilusiones que truecan la realidad y la ficción, lo concreto y lo evanescente. Cuando la curiosidad y la memoria son prodigiosas, no importa tanto el accidente del viaje. Al término, llegamos siempre a ese lugar que solo existe en nuestra imaginación. Al final, de una forma u otra, alcanzamos un pacto con la reconciliación.

Iván Marcos Perera

Hacía tiempo que no me impresionaba tanto el trabajo de un artista cubano como lo ha hecho hoy la propuesta de Iván Marcos Perera @ivanmperera. Se trata de una obra en extremo sofisticada y muy bien articulada: una obra que tiende más al fragmento que a la totalidad del sistema. Su narración intenta refutar la noción de “hecho” en beneficio del “supuesto”. La historia hace pasar por hechos lo que muchas veces no fueron más que grandes supuestos. Iván es un amante de las narraciones, pero especialmente del punto de vista del narrador. Hurga en ese sitio liminal, entre volátil y evanescente, en el que se gestiona la voz de los sucesos reales o ficticios. Sus obras demandan de un espectador competente, pero sobre todo sensible. Exigen ser ubicadas en un contexto de referencia que permita discernir la legibilidad de la metáfora, su potencial narrativo y su valor heurístico. Dos cualidades tipifican su operatoria estética: inteligencia y sensibilidad. Iván alcanza a construir una obra que goza de lucidez en la misma medida en que se entrega a la emoción. De nada sirven la erudición, la ironía y el arrojo desmedido si el desengaño no le acompaña. Esa sensación de duda, esa desconfianza casi epistemológica es la responsable de esta nueva orquestación simbólica que parece desplazarse fuera del tiempo. Su obra profundiza en lo cultural y en lo humano para llegar, de alguna extraña manera, a una sensación de vértigo. El cuerpo ausente se somatiza en cada espacio de enunciación. Conduce, elípticamente, a una especie de fetichización de lo ínfimo, lo fragmentario y del logos. La obra de Iván está atravesada por el banco de la historia, su cuerpo expone las evidencias de los arbitrajes y vasallajes de los relatos…

Jacobo Londres

Nada como el uso del humor y de la ironía para desestabilizar la “autoridad” de un campo. Especialmente si ese “campo” es el reducto fecal de las ratas y los lameculos: responsables directos en la fundación de la sapingocracia cubana.

De esto sabe mucho Javier Marimón, quien ensaya, en las redes sociales, un repliegue autoral bajo el alter ego de jacobo_londres. Sus vídeos son la puta hostia, él no va más de la parodia y de la burla consumada, necesaria y oportuna. Estas (des)caracterizaciones de “personajes” y de “aparecidos” de la cultura cubana: algunos con sospechosa carrera “intelectual” y otros cuyo oficio se suele llamar “lame culos”, merecerían un premio en uno de esos rancios salones nacionales o provinciales del humor o el Gran Premio, el auténtico reconocimiento que otorga el tiempo, ese que demuestra que las evidencias revisten mayor importancia que las palabras.

Los vídeos que Jacabo dedica a poner en evidencia la doble moral de “personalidades” artísticas, religiosas y políticas “cómplices” del aparato dictatorial y de las dinámicas terroristas del estado cubano, constituyen, de facto, una radiografía virulenta de esa sintomática esclerosis permanente que ha estigmatizado la historia de una nación. Una nación cuyo discurso cultural de los últimos sesenta años se organiza sobre la pedantería, la insolencia, el insulto, la desacreditación moral, el elitismo, el rebajamiento de la inteligencia del otro y la mentira. El gran relato apologeta de la épica y de los héroes haciendo el mundo (porque machista es y mucho), no es otra cosa que la epopeya de la mentira y de la infamia.

Las marionetas del habla y del pensamiento parametrado responden a la llamada de Dios, entiéndase por ello, al reclamo coercitivo y manipulador de #diazcanelsingao y su patrulla de matones. De entre todo este mosaico de inmoralidad e indecencia, cantan las piezas dedicadas a Flora Fong, Marilyn Bobes, Ray Fernández, Aleida Guevara, Norberto Codina, Reinaldo González, Vivian Martínez Tabares, Bruno Parrilla, Iroel Sánchez, Nancy Morejón y Silvio Rodríguez. Ese desmontaje de la mentira y esa desacreditación de la voz que se deshumaniza hasta extremos irrisorios en función del vómito político, resultan las nuevas y auténticas piezas reflexivas del arte cubano que importa.

Cuando se disponga de esa “curaduría” sobre el arte cubano que trasciende la pinturita de los bobos y las “curadurías” de los pollitos pintados, este registro de vídeos debería ser una pieza fundamental de ese panorama. Lo que comenzó como un juego desestabilizador/divertido adquiere rango de infracción y de síntoma. No dudaría, ni por un segundo, pensar estas digresiones incisivas de (JM) jacobo_londres como ejercicio visual poderoso que -desde ya- demanda de la atención crítica. 

Observo cada día a artistillos de quinta jugando a “producir arte contemporáneo”, o peor aun queriendo hacer “arte político”. El resultado no es sino el recetario de lugares comunes y de ridículos panfletos. Jacobo lo consigue, a diferencia de la impostación de los otros, sin excesivo esfuerzo aparente.

Rubén Osoria

La imagen fotográfica es siempre un instrumento de poder. Lo es porque, más allá de sus elucidaciones, elipsis y metáforas, puede revelar los múltiples rostros de la realidad haciendo énfasis en la musculatura del drama. La imagen congelada sirve como reverberación del conflicto latente que la justifica y estimula. Es en este sentido que el trabajo del joven fotógrafo cubano Ruber Osoria @ruber_osoria se presenta como un ensayo de radiografía desafiante y una suerte de auscultación permanente. Su narración es frontal, descarnada, lacerante. Maneja el lenguaje fotográfico con gran habilidad, lo que le permite enfatizar en el carácter narrativo de la imagen y en la facultad interpelante del “inquilino”. Osoria, como yo, es un desplazado, un inmigrante, un sujeto que debe (y tiene) que aprehender el vocabulario del otro, tiene que hacerse con los nuevos sonidos de esa ciudad desconocida, de esa tierra habitada ahora por él, de esa gramática antropológica que pretexta la diferencia como estandarte. Su imaginario es errante y es relator: hace de la realidad de fuera un texto que cuenta infinitas historias. En Contramaestre, su pueblo natal, en el Oriente de Cuba, prevalecía la dinámica social del saludo y de la cercanía. Ahora, en unas coordenadas geopolíticas ajenas, su obra adquiere una dimensión corporal. La imagen se convierte en el cuerpo y en la carne. La imagen es la única vía para poder habitar en esa otra parte del mundo…

Sergio Femar

Doy continuidad a mis escarceos y aproximaciones críticas, en esta nueva cuenta de Instagram, refiriendo el trabajo del joven artista español Sergio Femar @femarsergio. Entre las honradas excepciones que cité en mi otra cuenta de IG en el arbitraje del juicio sobre lo que me pareció JustMad, está la obra picto-escultórica de Femar. La suya es una propuesta que goza de dos virtudes: simplicidad efectiva y honestidad constatable. No advierto grandilocuencia ni interlocución forzosa entre la obra y su horizonte de reafirmación. Advierto, eso sí, bondad en el tratamiento de las morfologías y los ajustes entre pintura y residuo. Femar “construye” artefactos porosos, seductores y hasta enfáticos. Una suerte de gramática lírica residual amansa la voluptuosidad de lo que pudiera redundar en un gesto pretencioso. Sus piezas presumen, a un tiempo, de densidad y de ligereza. Se truecan poéticas y fútiles, ásperas y hermosas. A los efectos del apresamiento de un juicio de valor sobre ella, diría que, en primera instancia, me gustan; en segunda, alimentan la sed de escritura. Seguiremos sus próximos itinerarios. 

Salomón

En términos de apreciación crítica, “la objetividad” es un lujo y una falacia que pocas veces me permito. Si frente a todo lo que me seduce y si acerca de todo lo que escribo, pretendiera ser objetivo, sería un demente relamido o un arrogante sin causa. Al final soy arrogante y relamido, pero de otra “en-verga-dura”. Seguramente no sea objetivo si afirmo que Salmón @art_salomon_ se me antoja un excelente artista y un tipo sexy hasta el escándalo. La una y la otra no dejan de ser, por fuerza, razones argumentales resultantes de mi subjetividad. Sin embargo, y como puedo, hago una afirmación categórica de ambas: es bueno y está bueno. Dicho esto, hablemos de la obra. La suya es una profusión sexual y ritual desenfrenada. Salomón es de esos artistas a los que llamamos “intensos”. Es prolijo en su creación y manifiesta una incuestionable supremacía de la libertad y del dominio sobre el medio. Sus “murales” y el resto de toda su obra (al menos la que alcanzo a ver en IG) sacrifica la permanencia de los sintagmas recurrentes entre artistas y críticos cubanos para abrirse a la vulnerabilidad implícita en el acto honesto de hacer y de decir a su manera. Su hacer artístico, performático desde todo punto de vista -una vez que danza e involucra su dimensión corporal frente a cada obra-, cifra un horizonte de emociones que conectan con la memoria cultural y ritual. Observo sus prendas religiosas y ello me ofrece otra señal de compromiso: una forma de ser y de estar en este mundo. Una forma que compromete, también, el lenguaje del arte al convertirlo -entretanto- en un gesto reverencial que permite respirar el silencio de la memoria. La obra de Salmón es devoción, es aspiración, es reinvención y tiene, creo, mucho de amor. 

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