Sobre Disonancias

by • 14 febrero, 2022 • Cuba, ExposicionesComments (0)729

Disonancias, puesto el juicio por encima del romanticismo del gusto, me pareció una muestra bastante lograda.  Fue llegar al Centro de Desarrollo de las Artes Visuales (CDAV) y respirar un ambiente apreciablemente limpio. Desaciertos marcados hubo, pero desde la percepción de este crítico en ciernes, la exposición discurrió por aguas transitables. Las diferentes salas se vistieron de gala, con pequeños parches y remiendos, mas aún así, luciendo elegantes. 

Vista de la exposición

Nomás entrar,  Adonis Muiño me recibió con una sentencia que quizás resuma gran parte de mi transitar por la muestra: «¡Deja que llegues al pabellón del medio, donde están las del Migue, son una locura, ya verás!» Miguel Machado ya me tiene acostumbrado a toda la potencia visual que presentan sus obras, no era novedad aquel pronosticado impacto. Desde que vi su nombre en la promoción me sugestioné para bien, sabía que tendría otra vez esos imponentes lienzos delante y con el recibimiento de Muiño, entré al CDAV ansioso por llegar donde estaban. Pero antes, fui hallando otras narrativas bien interesantes. 

Soy un apreciador que cree en los impactos y ofrezco total fidelidad a mis sentidos a la hora de buscar estremecimiento y deslumbre, rasgo que me lleva a pasar por alto aquello que no capte mi atención a primera instancia. Debo admitir también que voy desenrumbado por el interior de las galerías apelando al golpe y la sinestesia.  Por tanto, este texto será nomás un pequeño recuento de todo lo que de una forma u otra – sea para bien o no – obtuvo mi interés y miradas. 

Los dibujos de «Mi amigo imaginario», serie de Rolo Fernández, fue lo primero que hallé en Disonancias. Ya los conocía de su página en Instagram donde me parecieron bien interesantes, sobre todo «Isósceles» y sus alusiones. Recuerdo la compartí en una ocasión citando las palabras: «Rolo Fernández trabajando con las dimensiones de una mentira». Las diferentes aristas de esta serie extrapolan la niñez o la ilusión a la actualidad de un contexto; no sé si es por el Peter Pan que llevo arraigado, pero estos dibujos los siento zigzagueantes por la línea del buen gusto ocupando en la muestra un espacio interante a la vez que íntimo 

Adrián Socorro es uno de los pintores que más disfruto en mi actualidad, siempre estoy pendiente a todo lo que comparte de su trabajo, tengo una afinidad sensitiva con su estilo que me lleva a la Argentina de los años sesenta y sus denominadas «neofiguraciones» y un poco más atrás, pero él lleva vigencia, con el dulce alarido de la consecuencia temporal y autonomía; si me ponen delante, un lienzo de Socorro sin firmar, seguro lo sabré reconocer. Las insinuaciones de las cuatro piezas de Adrián atrapan su sala. Las distintas escenas empapan la mirada, tanto con lo libidinoso como con las lágrimas de la «puta triste» de la última tela. El acto del auto abandono y la negación del ánima a través de la virtualidad y sus monstruos, regañan en ellas. Socorro desfigura a trazos lo intrínseco de una época que duerme y come corporizando lo incorpóreo, seduciendo al engaño dejando de ser. Ni la linfa, ni las eyaculaciones, ni los desnudos, ni senos o falos, ni quién sabe qué más, son la esencia de la tetralogía, es sino el desprendimiento del ser por el ser, en colores, en matices, en formas e insinuaciones, en la marca más profunda que esgrime el ethos de su creador sobre una tela con carbón y óleo. 

Volví a encontrar, escaleras arriba, a un Mallo González visceral como siempre, esta vez inundado en azules. Desde el Drappus – serie del artista expuesta en Luz y Oficios – siento marcada afinidad por la profundidad de esos guiños al neoplasticismo. Como «Se hunde», aparece titulada una de las dos piezas que lo representan. Esa obra, ese título, ese azul, son un latigazo, un fuetazo en este tiempo de Bienal; así tan tenue que el sufijo pega carente de onomatopeya, pero deja buenas marcas.

Vista de la exposición

En esa misma sala figuran cuatro piezas de El Chiki (Alejandro Jurado). Estas no son específicamente las que más le aplaudiría a este artista que tan precisa visualidad tiene, lo cual no quiere decir que carezcan de atractivo; quizás un enriquecimiento mayor del soporte le hubiera sido de mucha ayuda. Disfruté bastante el empaste que logró entre los colores y el dinamismo de las incipientes formas que, de una pieza a otra, se iban complementando. Estos paisajes – abiertos interpeladores de la imaginación o el recuerdo – refrescan la ascensión y constituyen, junto a las obras de Mallo, un muy bien logrado nivel dentro del espacio museográfico dispuesto por los diferentes pisos.

Desde el Pos-it vengo siguiendo de cerca a Miguel Osorio. La muestra que está (o estuvo) en Galería Galiano, dentro de lo que logro concebir como una buena exposición, no entra; mas la propuesta de Osorio que allá encontré, «Dermis after Rorschach», me enervó; residuos de tatuaje de un seropositivo (tinta, papel, agujas, sangre), un montaje acaparador, más todo el espectro que rodea a Rorschach y su test de interpretaciones… ¡cuando menos explosivo! Mucha historia y discurso en una pieza, mucha fuerza, demasiadas lágrimas me figuro y un alma libre o digna de liberar. En Disonancias, este artista mostró otra cara del ortoedro. Me resultó escalofriante la utilización en el pie de obra de la palabra «sarcófago», secundada por «pastillas retro virales y sangre». Habla la discursiva, de una ‘sangre presuntamente «envenenada»‘ y de una «pureza químicamente enferma», de la analogía del cambio de estado del agua durante el deshielo para aludir al tránsito de la vida a la muerte. El VIH es una constante en la obra de Osorio, de ahí enrumba su arte que es un piñazo, un golpe seco que obliga a aterrizar consciencia, a visibilizar, a desmitificar, a saber que los demonios del artista suelen ser la mejor carga de numen vivo, aunque el creador se halle, o se sepa, muerto. 

En mi mente estoy cruzando los diferentes sitios de la exposición y he trocado muchos, no recuerdo con exactitud las disposiciones aunque he preferido enfocarme en las individualidades. Quizás sea parte de esa disonancia aludida en el título, el cual, realmente no me gustó, me pareció acaparador y rancio, pero quién sabe si trataba un posible efecto colateral a futuro. Sigo mi recuento, acompañado ahora por la disonancia en la memoria. 

Otra de las artistas que conocí en el Pos-it es Evelyn Aguilar y aunque desde la virtualidad seguía un poco antes sus piezas, no fue hasta esa muestra que palpé directamente su trabajo sobre planchas de metal. En esta ocasión presenta una estética similar, en cuanto a clima, soporte e intencionalidad visual. Me pareció, de cierta forma, interesante.

Acojo mucho al arte que logra en mí un retroceso, una retrospectiva. Giselle Lucía Navarro y su propuesta lo consiguieron. Vi el telar, la máquina de coser, los hilos, los alfileres, las costuras. Vi la obra acabada de alguna viejecita que no recuerdo o que ni siquiera existe, ni existió. Vi tenso el hilo de la vida y volví a pensar en la muerte, pero esa vez – a diferencia de cuando estuve frente al trabajo de Osorio – no tuve miedo, fue curioso. 

Saberse delante de la obra nacida de un Premio Nacional de Artes Plásticas, al menos para mí, constituye un reto tremendo. Una concepción causalista del humano encierra «Petrus» de José Angel Toirac. Una supremacía del ser como obra, del hombre (especie) actual como pináculo de la creación, pero como víctima inequívoca de la impermanencia. Cierra el texto con un desafío, quizás una cuestionante, ¿una afrenta? Me pareció correcto, ya su nombre había golpeado la mesa; todos estaban con la vista en alto, no podía haber fallos. 

Vista de la exposición

La fotografía pasó intrascendente ante mis ojos y me figuro que muchos hayan experimentado lo mismo. Sucede que la propuesta curatorial no se logró compensar, o balancear. Quizás suenen demasiado concluyentes estas líneas, pero no hay en Disonancias una opción fotográfica que logre aguantar el oleaje de la muestra. Las propuestas de Julio César García y Reinaldo Cid me parecieron buenas con destellos más allá, aunque no para esta ocasión. Otras como las de Rolando Cabrera, las hallé insuficientes y faltas de contenido. Simplemente rostros lindos, momentos, o risas que no pasan de una estética desenfadada, desfasada, carente de narrativa y un tanto irrespetuosa – hasta con el propio artista – en la disposición. En tanto un texto acompañante intentaba — quizás — ser puntal para tales carencias estilísticas, lo que no salía sino como una pretensión más. No creo que Cabrera sea un mal fotógrafo, pero en esa ocasión no se siente, ni remotamente, el embate de un artista. Tosquedades como esta en niveles a los cuales deben llegar espacios como Disonancias, son inadmisibles, aun más cuando en el pabellón adyacente arrasaban la visualidad y dejaban sin opción a la mirada, los lienzos de Miguel Machado. 

En una gran L están dispuestas las telas de Machado consumiendo toda una sección de la exposición. Avasalladoras, envolventes, arrastran en efecto tsunami la mirada, al sentir y a cada observador que no sabe donde posarse. Ahí estaban esos guiños a Manet imponiéndose. Fue entrar y estallar. Los había apreciado ya a través de Instagram, pero no es lo mismo. Tener esas seis telas impecablemente trabajadas delante y seguir de cerca cada trazo fue cuando menos mágico. Lo colosal, lo sublime, lo magnánimo; la pulcritud del arte todo, se encuentra en Miguel Machado. Él es un apéndice de su obra y viceversa, él es el suspiro mientras su creación el jadeo. Asfixia pararse delante de un Machado, esa estética pesa desde el soporte al discurso. El pie de obra decía textualmente: «Prefiero no intentar convencerme de nada. Yo sé cosas sin saber cómo las aprendí. Hago cosas sin saber porqué. Cada una de mis pinturas interrumpe lo casual, congelando el caos, el presente. Es una extensión de mi existencia». Leí por primera vez esa alusión a la obra como extensión del cuerpo en un texto de Arnold Hauser donde relataba las diferentes facetas del arte oriental, específicamente el japonés. Explicaba que en esa cultura, la hoja que figuraba en tinta y papel no era arte, sino fibra, una parte más del árbol; así con cada elemento y ejemplo posible. Machado se encuentra indagando por una filosofía estética similar, llena de eternidades, por eso se sabe infinito, fragmentado en un cuerpo orgánico y múltiples cuerpos artísticos. Resuena lo concéntrico de él y su obra en un todo vivo, en energía compacta que se metamorfosea en poesía. 

Debería hacer una encuesta y preguntarle a cada persona que visitó Disonancias si recuerda qué obras compartían sala con las de Machado. Me atrevo a decir que muchos – quizás la mayoría – no sabrían responder; yo tampoco sé decir con certeza. Si mal no recuerdo frente a Machado estaban dos piezas de Daniel Madruga, de las cuales no tengo mucho para decir, pues quedaban tan mínimas frente a la magnificencia de sus adyacentes más cercanos que es como si no existieran en galería. Este ha sido el principal desacierto de varias de las colectivas que he visitado en lo que va de Bienal: la invisibilización por mala disposición. Hay que saber poner cada cosa en su sitio y más a Miguel Machado. No muchos en la escena pictórica actual en Cuba llegan a su fuerza y derroche de talento, por lo tanto, solo pocos tienen el peso justo para competir en tales divisiones. Se quiera o no, una exposición es también un espacio de constante comparación y competencia, por eso el trabajo museográfico tiene que ser impecable, no le toca al curador establecer las diferencias de jerarquía, sino al espectador desde su juicio e imaginario.

Un piso más arriba Liesther Amador  presentó una pieza la cual, amén de que me haya gustado, la vi como más discurso que obra. Esta me dejó un sabor que me encanta, y es el sabor del misterio, uno que sé no lograré aclarar. Con una utilización del espacio interesante, una actividad interactiva de igual condición (con lupas, fotos) y un vídeo documental de fondo, Amador lograba atrapar miradas, pero no desbordamientos. Me parecen este tipo de obras no muy funcionales en una muestra colectiva con la poética narrativa de Disonancias y menos si la colocan compartiendo sala con otras tan explícitas y exactas como las de Cuti Ragazzone, y sus estilos de inmanente y mañosa  frescura. 

«Hábitat», pieza de Ira Koronenko, aunque justo a la entrada, fue la última que rocé en Disonancias. Una profundidad naturalista alberga esta pieza con la que me pasó exactamente igual que con Amador, aunque esta más abarcadora e impositiva. Me iban chocando los pedazos de nylon plástico colgado mientras aguantaba el respirar figurándome estar en lo hondo. Avanzaba por un mar que no me decía mucho, pero me ayudaba a inventarme historias marinas y saladas. Pensé mientras salía que me llamaba Esteban y era el muerto de «El ahogado más hermoso del mundo»; tal vez al Gabo le hubiera gustado la idea. 

Disonancias no será una de esas muestras que se impregnan en la memoria de un buen apreciador, pero disfruté mi estancia por las diferentes salas. Otra vez desde algunas individualidades me llevé en los ojos el impacto y al pecho lo plúmbeo de la satisfacción que ofrece el arte, sus connotaciones, sus especificidades. Siguen latiendo bien intenso nombres que se están encargando de escribir un presente exquisito; me alegro de estar invitado a la degustación.

Disonancias aunque me pareció bastante acertada, arrastra con un sinfín de lagunas y vacíos. Pero recurriré a la semántica y masticaré al pie la acepción académica de su nombre, eso justificará muchas de sus faltas. 


XIV Bienal de La Habana. Colectiva Disonancias. Centro de Desarrollo de las Artes Visuales (CDAV). Hasta el 24 de marzo de 2022.

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