Lírica

by • 8 marzo, 2022 • Crítica de arte, La ComarcaComments (1)657

Escucho El coro de los esclavos, en Nabucco, de Verdi, mientras observo las piezas de Horacio Silva y es como si el texto de esta tragedia lírica y su pintura, copularan en la suspensión de un tiempo otro, de un tiempo paralelo a este tiempo -real y presente- que no deja de ser menos trágico que el anterior. Y la pregunta de urgencia es, ¿cómo es posible llamarse Horacio y no ser, por fuerza de los azares y de los remolinos de las confluencias, un tipo de sensibilidad aguzada y aires de poeta? No es posible, claro está. Tanto es así que el curso de las coincidencias no deja de maravillarme, de asombrarme incluso. Horacio fue el más célebre poeta lírico y satírico en lengua latina hasta hoy conocido. Pero también, vaya cosas de la historia y de la vida, fue hijo de un esclavo liberto. Todo esto para señalar un cosmos de confluencias -antojadizas y posibles- entre la música que escucho, su gramática pictórica, su nombre, el ejercicio libre de la crítica y yo.

Horacio Silva. Cabeza dorada. Cortesía del artista.

Su obra, definitivamente, me fascina. Esta hipérbole afectiva no resulta en modo alguno gratuita. Se debe, por el contrario, a esa suerte de extrañeza que habita en cada superficie suya. Horacio, ni él mismo podría negarlo, es un poeta, un tipo fino, un delicado de esos de los que en su momento hablara Cioran. Su relato no es otro que ese que se argumenta sobre los recursos de la inteligencia y de la curiosidad. Ese mismo que aporta una visión suficiente y total a la obra. Estas piezas, seguramente me acusen por estas digresiones más cerca de lo subjetivo que de lo intelectual, revelan una realidad incuestionable: la bondad, la mordacidad y el escarnio, nunca se abrazan en un mismo plano. Estas superficies especulares dispensan cuotas de bondad, de elevada espiritualidad y de lirismo confesado. Ello sin desestimar el adagio trágico que, en el fondo, contiene toda representación serena y hasta nostálgica.

Horacio Silva. Cruzando el puente. Cortesía del artista.

Basta un paseo premeditado por el insondable paisaje de toda su producción, para advertir eso que se llama consolidación y ajuste de la poética. La obra de Horacio es hermosa, limpia, elegante, fruitiva, rozando una idea de sutileza que, a ratos, revela ambiciones eróticas literales y manifiestas. Es un tipo de pintura que engendra, de facto, una dimensión mágica, un umbral metafórico, una digresión lírica, una suerte de exaltación de lo esencial frente a la estridencia de esa otra pintura deseosa del reclamo crítico y convertida al cabo en panfleto social de tercera. Se presume en ella una afectación positiva y un apego denodado a las variantes gramaticales del paradigma onírico-mágico. Lo que procura un sentido o impresión teatral latente. Subrayo los términos sentido e impresión, porque no es un hecho concreto o un sistema de signos y de señales rastreables en la textura de la obra, más bien lo contrario, tiene que ver con el aura, con el poder que ejercen las obras sobre el que observa y se pierde en ellas. Es como si, de repente, ellas gestionasen la inmanencia de un acontecer que de manera más o menos explícita hablara de providencia, de bondad exponencial a tiempo que de perversión polimórfica. Es esa ambigüedad, esa tensión peregrina que se asienta entre las antípodas de los deseos, de presunta consumación y de los hechos, otra de sus cualidades que la hacen tan atractiva. 

Horacio Silva. Deshaciendo el nudo. Cortesía del artista.

Descubro en ella el trasfondo de una poderosa subjetividad, la prefiguración de un escenario teatral en el que la voz de la pintura adquiere rango de personaje. Sus piezas me confieren paz, me animan a pensar en un sitio otro en el que los argumentos críticos no tienen que rivalizar con la impotencia de su escuálida remuneración. Su pintura se me antoja divina y estupenda toda vez que, a diferencia de mucha otra, no necesita, si quiera, de este texto para existir. Ella es lenguaje autónomo, autoridad simbólica, convencimiento per se. Ella, reitero, es una pintura excelente y goza, entre muchas, de dos grandes virtudes: honestidad y belleza. Honestidad determinada por su franqueza y su falta de arrogancia y de ardides en la pretensión de un desvío retórico que no es tal; belleza, porque todo indica que le va la vida en ello. La obra de Silva persigue la belleza como hace el gladiador con su presa en las arenas de un coliseo ya perdido en la espesura del tiempo. Entre presa y gladiador se cumple, entonces, la máxima sobre la que se organiza la puesta en escena de todo ritual erótico, ese en el que la persecución del objeto díscolo del deseo en fuga se convierte en la ambición primera y última de esta dramaturgia de peligrosa proximidad y doloroso rechazo.

Horacio Silva. En el jardín de las Hespérides. Cortesía del artista.

Es desde todo punto de vista presumible, su carácter hedonista, dionisíaco y apolíneo. De hecho, existen múltiples confluencias gestuales, cromáticas, gramaticales y de énfasis que parecen permanecer en un denso letargo de hibernación y que revelan esa arquitectura latente de una poética que sustantiva el carácter anterior. Todo en ella es sutileza, confinamiento de los detalles, horadación de los tiempos de la materia. Su pintura, en un gesto travesti frente al espejo, parece sonrojarse ante su propia licencia poética. Se descubre perpleja, llena de temores y de dudas, pero se sabe airosa en el diálogo con su tiempo y con esa perspectiva que vendrá después.

Horacio Silva. Jardín Mojado. Cortesía del artista.

La experiencia estética que privilegia el significado por encima del significante (o viceversa), no merece la atención en la narrativa pictórica de Horacio tan gustosa ella por el equilibrio de las fuerzas y el acoplamiento de los contrarios. Su pintura deviene, al cabo, en una zona de reconciliación en la que sema y soma, jamás rivalizan. Algo en ella me transporta hacia infinitos enclaves del arte, de la cultura toda y de la misma práctica de producción de sentidos. Reconozco el influjo de un pensamiento zen, la modulación elíptica de los estilemas del Ukiyo-e o pintura del mundo flotante, la sintonía con toda la genealogía -siempre inacabada- de la abstracción, desde la más expresionista hasta la más lírica y el rompimiento y la superación de todo logos que tiende al absoluto y a la permanencia de lo rígido. Sin duda alguna señalo su obra como un ejercicio estético de restitución de la fe. Y no hablo de la fe en Dios o en cualquier otra entidad abstracta que nos rebasa y nos sujeta a las exigencias dictatoriales de un credo; hablo, distinto de ello, de la fe en la belleza misma, en la redención que puede ser alcanzada a través de la obra de arte. Hablo de esa fe que todo buceo premeditado e indiscreto en las superficies de sus piezas, es capaz de poner en evidencia.

Horacio Silva. Niebla. Cortesía del artista.

Vivimos en época de barricadas y de euforias. Vivimos en una época de miedos, de resurgimientos escalofriantes de totalitarismos extremos, de agotamiento de las utopías, de defunción de la fe, de maltrato permanente a la subjetividad, de emergencia descarada de pitonisas y de agoreros que decretan defunciones antojadizas y arbitrarias. Y es en medio de esta misma época, precisamente, donde la pintura de Horacio redefine su musculatura, adquiere relieve mayor y pone a prueba los límites de su propia anatomía.

Las metáforas fálicas y las trampas semióticas de inclinación narcisista que descubro en tantos registros pictóricos de este instante contemporáneo no echan raíces en la pintura de Horacio. Es estúpido pensar que toda observación revela una verdad, cuando cierto es que toda mirada no deja de ser una segregación de la verdad misma. De modo que mis impresiones y mis derivas escriturales poco o nada tienen que ver con la verdad, con un criterio de autoridad o con un dogma. Ellas son, si acaso, pura proyección, deformación inequívoca de un yo que mira con extrañeza a un otro.

Horacio Silva. Sólo con tocarte. Cortesía del artista.

Convertir la crítica y su ejercicio en una suerte de verdad absoluta, no es sino un acto de fatalidad del que muchos críticos no pueden escapar. La crítica, en tanto que escritura reflexiva y subjetiva, será siempre una manifestación indecorosa de nuestras agitaciones, de nuestras adhesiones, de nuestros síntomas. Ningún texto crítico, por mucho derroche de sagacidad y de voluntad interpretativa, podrá certificar un paradigma de verdad sobre la obra de un artista. Por lo que estas palabras respecto de la obra monumental de Horacio Silva, no son más que un disfraz tranquilizar de mi propia carencia, la máscara de un saber que no es tanto, el disimulo del fracaso y el deseo volátil de aprehender en el cuerpo de un texto una dimensión que siempre escapa, se fuga, trasciende.

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One Response to Lírica

  1. Avatar Paco López Francés dice:

    Muy interesante la página.

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