Punto rojo

by • 21 junio, 2022 • Crítica de arte, La ComarcaComments (0)576

Si te llega un mensaje de WhatsApp y al abrirlo descubres que es la imagen de la Venus de Milo con una nariz de payaso, entonces no cabe duda de que se trata de una pieza de dEmo. Y es que la ironía, la parodia y el cachondeo resultan las claves discursivas que justifican las operaciones semánticas y los escarceos de este artista. Si existe un artista español que ha comprendido, con exactitud meridiana, de qué va el ecosistema del arte, ese es, sin duda alguna, Eladio de Mora (dEmo). Su audacia y su inteligencia le ponen en los más alto de la lista de los que entienden, como pocos, la gran utopía de la vanguardia de vincular el arte con la vida.

dEmo
© dEmo

El arma más poderosa de dEmo es el humor y la mayor virtud de su obra es que en ella se da un inteligentísimo proceso de fetichización de lo doméstico y de lo ordinario elevado a categoría cultural. Conozco a muy pocos artistas que sean capaces de administrar tantas audiencias y salir airoso -siempre- de esa gestión. La propuesta de dEmo se emplaza en ese umbral del gusto que afecta a todos por igual. Desde el público más exigente y honesto que es el infantil hasta el público más adulto, la obra gusta por igual a todos. Y esto no quiere decir, en modo alguno, que la ingenuidad sea condición per se de su relato. Al contrario de lo que muchos creen saber, su obra maneja, con una destreza envidiable, los recursos del doble sentido y las estrategias de la persuasión. dEmo es un tipo en extremo inteligente y audaz. Sabe, y mucho, que el valor del arte y su eficacia social no se discuten ya en la alta esfera definida por un grupo de académicos apoltronados en sus respectivos bunkers. El artista es consciente de que es en el contrato social favorable y en el capital de relaciones afectivas y rentables, donde, en verdad, la propuesta artística se granjea su posibilidad de ser.

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Tuve la suerte de estar entre los primeros críticos que emitieron juicios de valor sobre su obra, de modo que conozco muy bien sus itinerarios y derivas, así como su enorme tenacidad a prueba de bombas. Entonces, de esto hace ya unos cuantos años, el sistema institucional y galerístico del arte español era más cerrado, ortodoxo y conservador de lo que es hoy. Cuando las galerías de arte, a ratos extremo conservadoras y aburridas, no hacían más que postergar sus solicitudes e ignorar su trabajo porque les resultaba sospechoso o no era depositario del “rango conceptual” deseado, dEmo decidió “asaltar” las fachadas de los museos. Recuerdo ahora mismo los buzos en el la fachada del IVAM de Valencia, los osos en el DA2 de Salamanca, el oso rojo totémico a la entrada de IFEMA presidiendo la feria ARCO, el Museo Baroja en Gijón, el Museo de Arte Contemporáneo de Santo Domingo Cifuentes en Guadalajara, el Museum Arterra Contemporary de Viena de Austria, el Museo Nacional de Bellas Artes de Cuba en La Habana, el Museo MACAY de Arte Contemporáneo de Yucatán en México, entre otros.

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Una legión de osos multicolores, patos que alcanzan dimensiones insospechadas, buzos blancos inquietantes y espectrales, flores enormes, rinocerontes enardecidos en su embestida, vacas de todos los tamaños y colores, cerdos, gatos y robots, “penetraron”, nunca mejor dicho, el centro de poder de la Institución-Arte española. Esa fue, sin duda, una de las operaciones más perversas y efectivas que consiguió llevar a cabo el artista frente a la ignorancia, arrogancia y miopía de unos cuantos galeristas. Fue así que, de repente, el crédito de prestigio y la legitimación acompañan desde entonces el nombre del artista. A contracorriente o no, gustosos o no, reticentes o no, tenemos que aceptar que se trata de uno de los artistas españoles más singulares, más originales y de mayor pegada internacional en estos momentos.

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Su abecedario visual resulta desde todo punto de vista inconfundible. La estética pop, el mundo de la moda y de la industria en su sentido más lapso, le han servido de base para la articulación de una voz propia que invade -con desfachatez y mucha guasa- cualquier espacio (artístico o no) de la geografía global. dEmo es, en puridad, un artista competente y oportuno. Sabe escoger el momento y jerarquizar sus oportunidades. El buen carácter y su eterna sonrisa le han hecho disfrutar de grandes cuotas de afecto. Entre la aprobación social y el efectismo hedonista de su obra, logra moverse como pez en el agua. De ahí que su presencia sea expansiva sin tener por ello que resultar avasallante.

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© dEmo

La dimensión lúdica es, si acaso, el espacio de mayor vitalidad de su propuesta. dEmo es el rey de la escultura moderna española. Se pavonea entre morfologías distintas, proporciones que son modestas y escandalosas a un tiempo, tipologías objetuales en extremo variopintas y una escala de color a la que no le hace mella ninguna epifanía barroca. Su habilidad asertiva y su falta de pudor (en el mejor de los sentidos) se convierten en sus grandes aliadas. Esa es la razón por la que consigue restituir el valor de los elementos cotidianos para asegurarlos como iconos de la cultura contemporánea. dEmo es, y él lo sabe, el Andy Warhol del arte español, sin pretender que esta comparación levante ronchas y desate la ira ajena.

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Cada época tiende a pensar, por defecto egocéntrico, que es la última, que nada bueno vendrá después. O, peor aun, que cada revolución vanguardista terminará, más tarde, por convertirse en reducto fecal y en excrecencia. Sea de una forma u otra, sea verdad o mentira, sea especulación o hecho, lo cierto es que este artista, con todas esas presunciones a cuestas, ha manifestado siempre una confianza ciega en la escultura. Y esa devoción personal está justificada por el hecho de comprender que ésta no es tan solo un objeto, una proposición volumétrica y fáctica, sino, y más importante aun, una escisión en el paisaje urbano, un comentario, una interrogación, un gesto. Todo esto sin perder de vista jamás que más vale una sonrisa que mil palabras y promesas estériles. El mundo agradece, más que nunca, la escultura de dEmo. Luego de tanta pandemia, de tanta retórica totalitarista y de tanta muerte, buscamos color, expresividad y sentido de libertad. La Reina de la Salsa ya lo dijo y todos lo repetimos “no hay que llorar que la vida es un carnaval”. La obra de dEmo celebra la vida sin que por ello la cosa concluya en una epifanía ridícula.

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De su responsabilidad para con el hecho estético y de sus complicidades contextuales ha hablado él mismo. A la pregunta acerca de las intenciones de su obra, responde “primero, que no cause ningún daño a la gente. Cuando un político me pregunta qué pasa cuando colocas una escultura en una rotonda, les contesto que lo mismo que sucedió con la menina de Burgos. Era carísima y la gente criticaba, pero a los dos meses no dejaban que se la llevaran. Con la escultura se crean vínculos afectivos y de identidad con el sitio donde se emplaza. La gente termina por asumirlas como propias, se producen y gestionan sentimientos de pertenencia”. Sobre la necesidad de hacer y de decir, precisa que “es una forma de vivir. Desde pequeño tengo esa sensibilidad y es como respirar para mí. Sin el arte no sabría que hacer, es una forma de libertad, de expresarte y un motor del pensamiento. Para mí la escultura es como un altavoz. Cuando hago instalaciones temporales y repito los osos y pongo la misma pieza en los mismos colores, cada vez quieren ver un oso de diferente color. Esto es como un altavoz que da la misma idea de forma multiplicada”.

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Bien dice el refrán que “la experiencia es un grado”. De esa, precisamente, se sirve el artista, quien acumula un currículum de vértigo, para amasar lo escultórico en términos discursivos y en sus variantes prácticas. El propio artista ha llegado a afirmar que “la creación artística es una forma de ver la vida de manera diferente, es una experiencia que obliga a meditar al mismo tiempo que exige y demanda de otras respuestas”. Si en el panorama español existe un conocedor de la cultura posmoderna como desautorización sistémica de los absolutos, ese es dEmo. Este artista es más que consciente de la crisis por la que atraviesa toda voluntad de querer hacer algo nuevo o diferente. No por gusto señaló en una entrevista que “yo creo que, como en la moda, está todo inventado. Todo existe, solamente es necesario darle otra vuelta y sacarlo de contexto”.

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Esa capacidad para advertir los signos de su tiempo y hacerse con ellos, es una de las características de su trabajo. Por ello no se esfuerza en ser más original que nadie, sino en ser más eficaz que muchos. No se trata de innovar sino de refundar lo existente, de otorgar nuevos sentidos, de orquestar nuevos mapas, de rescatar la voluntad elocutiva del arte. dEmo sabe que el acceso a la eternidad no se da a través del éxtasis o el empacho de lo único, de la búsqueda afanosa y torpe de lo singular irrepetible. Ese acceso se produce, solo y únicamente, cuando se tiene claro que el arte no va hacia ninguna parte ni guarda una relación mística con el futuro, cuando se sabe que el arte es todo esto que pasa ahora mismo mientras que los eruditos de manual y los críticos de repertorio se hacen las mismas preguntas de siempre.

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